[T8, P.A.] Una tormenta sobre Hachinosu
#5
Los comerciantes parecieron reticentes a la oferta que el pirata les había ofrecido, y acabaron por rechazarla por un ademán, volviendo a sus cuestiones, agrupándose nuevamente bajo el umbral y continuando con su charla distraídamente. Sin embargo, aquel aura de temor y, ante todo, preocupación, no pareció irse a ningún lado. Era indudable que, fuese lo que fuese lo que estuviesen tratando, se trataba de alguna materia de urgencia para ellos, lo suficiente como para molestar con ella a una de las cabezas de la familia —si uno quería llamarla así, por peculiar que fuese— que regía sobre Hachinosu.

El muchacho al que había hablado Quetzalli pareció paralizarse de horror cuando escuchó sus susurros, aterrorizado ante el mero pensamiento de que aquel hombre enmascarado tuviese la asombrosa facultad de leerle la mente. Había oído leyendas de gente que pudiese hacer aquello, pero jamás se las había creído del todo. Sin embargo, el mismísimo Águila de Oro y Plata en persona había adivinado sus intenciones con pasmosa facilidad. Su grado de acierto era difícil de creer, por decir algo. Lo cierto es que él mismo no tenía muy claro qué esperaba a Tenoch al otro lado de lo que fuese aquello, pero confiaba en el buen juicio del pirata. El chico tragó saliva, al borde del llanto, pero pareció ser capaz de contenerse.

Cuando se incorporó tras su breve charla con el muchacho, Tenoch pudo percatarse de que el mendigo que momentos atrás reposaba a no mucha distancia de los comerciantes se había esfumado, probablemente teniendo cosas mejores que hacer. Su aura, que no parecía destacar por nada en particular, en ningún momento había sido hostil, ni había gozado de ningún color que resultase chocante para alguien así, por lo que su movimiento no debía de haber llamado la atención del enmascarado. Y todo el mundo sabía que nadie conocía mejor las calles que los mendigos, capaces de mapear hasta los rincones más insondables de las islas en que, cada noche, dormían bajo las estrellas, bajo la nieve o el viento.



Los transeúntes con los que Tenoch y los dos muchachos se cruzaron en su trayecto continuaron con aquel patrón de conducta que todos los demás habitantes de la isla habían mostrado hasta el momento; algunos se sorprendían, otros quedaban cerca de hacer grandes reverencias al paso del enmascarado, y otros lo ignoraban para seguir con el juego, la bebida o lo que fuera que ocupase sus horas de tiempo libre. Entre los edificios de piedra densa y amarillenta, los dos muchachos lo guiaron a través de varias avenidas y algún que otro callejón, tomando atajos que pocos conocían, y presumiblemente optimizando la ruta con los conocimientos de los que solo disponían los niños callejeros.

Debieron de caminar durante al menos media hora bajo los siempre atentos ojos de la Calavera Haibu, pasando junto a negocios, establecimientos y edificios de todo tipo: tabernas, pequeñas oficinas de prestamistas, anticuarios, casas de empeños, casas de grog, locales de comedia, tiendas de segunda mano, armerías, cambistas, forjas, talleres de cartografía, clínicas clandestinas, puestos de brochetas, panaderías, marisquerías, casas de té... Todo lo que un pirata pudiese soñar jamás, y mucho más. Hachinosu parecía prosperar en las manos de Ashura y sus asociados, a medida que piratas, comerciantes y buscavidas de todo pelaje de todos los rincones del ancho mar se asentaban allí en busca de una nueva vida. Todo estaba teñido de aquel aire de clandestinidad que caracterizaba a cualquier actividad, por legítima que fuese, que transcurriese en aquella isla. Por aquí y allá se cruzaban con edificios de todos los tipos y tamaños, casi todos ellos construidos en aquella particular piedra amarillenta, y la mayoría poblados, en sus fachadas, por vegetación asalvajada que pugnaba por hacerse con la arquitectura local. Algunas de las esquinas tenían cañones empotrados, fruto de quién sabe qué en tiempos pasados, y entre algunos edificios colindantes colgaban pasarelas de cuerdas y tablones. Lo más particular de Hachinosu era su profunda irregularidad, en su diversidad, fruto de quién sabía cuántos años de construcción clandestina y sin pasar por ningún filtro del Gobierno Mundial, con una gran parte de sus edificaciones hechas a espaldas de cualquier certificación, simplemente con los materiales disponibles a mano, a menudo reutilizados de otras edificaciones cercanas en ruinas.

Durante todo el camino, los chicos permanecieron callados como auténticas tumbas. Incluso si Tenoch intentaba hacerlos hablar o sonsacarles alguna pista de lo que pudiese estar cociéndose exactamente en aquel lugar, los chicos no soltaban prenda, sin siquiera interactuar prácticamente entre sí, a excepción de un par de indicaciones de qué camino seguir o por dónde ir. Sus auras conjuraban preocupación, desconocimiento, inquietud y, de alguna manera, un aplastante deseo de salir de aquella situación lo antes posible. Sin embargo, a Tenoch no le dio la impresión de que le deseasen ningún mal, lo cual encajaba con la impresión que había tenido de ellos en un principio.

Tras un caminar que pareció interminable a lo largo de las calles de Hachinosu, los muchachos guiaron al enmascarado hasta el lugar. Frente a él se alzaba algo que en un tiempo pretérito debía de haber sido alguna clase de capilla o iglesia, y que ahora, como tantos otros edificios a lo largo y ancho de la isla, parecía haber sido reutilizado para otra cuestión. Del lugar entraban y salían tipos de aspecto cuestionable con mucha frecuencia, y cada vez que la puerta se abría, el lugar parecía exhalar un suspiro de fétido olor a licor. Se trataba, cómo no, de una taberna, el negocio más lucrativo y seguro que uno podía abrir en la Isla Pirata.

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Los chicos no tardaron en esfumarse, como si no quisieran saber nada de aquel asunto. El edificio era, indudablemente, bastante grande, más que la mayoría de edificaciones a su alrededor, y se notaba. Empleando su Haki de Observación, Tenoch percibió cómo tras las puertas se arremolinaban cientos de clientes, parroquianos de la taberna que se repartían tanto a nivel de suelo como en pisos superiores, a través de lo que debían de ser las zonas altas de la nave y los campanarios, como en los inferiores, probablemente en sus sótanos. El lugar estaba lleno hasta la bandera, y sus auras se presentaban, cómo no, en una indistinguible miríada de colores, intenciones y humores de todo los tipos imaginables. En lo alto de la fachada, en lo que antaño debía de haber sido una pequeña joya arquitectónica,  se observaba un elaborado rosetón, si bien en un deplorable estado de conservación, y con únicamente algunos tablones, trapos y cuerdas en lugar de lo que en su día hubieran sido las vidrieras, rodeado por varios campanarios. Frente al propio Tenoch se encontraba la puerta principal, por la cual entraban todos los clientes, y alrededor de la cual se arremolinaban múltiples grupitos de borrachos y juerguistas que habían salido a tomar el aire. A uno de los lados parecía haber otra puerta, de menor tamaño, que parecía ser únicamente para los empleados del lugar. En la parte baja de aquella suerte de capilla, casi a ras de suelo, se observaban algunas pequeñas aberturas de ventilación protegidas por rejas oxidadas, parcialmente cubiertas por plantas, basura y pilas de cajas. De ellas emergía un aire húmedo, caliente y cargado. Detrás de la capilla se encontraba un viejo cementerio, ahora convertido en patio trasero, protegido por muros torcidos y al borde del derrumbe. Había mesas volcadas entre las maltrechas lápidas, aunque el lugar parecía ser el preferido para algunas reuniones privadas entre los habituales y la clientela más distinguida.



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RE: [T8, P.A.] Una tormenta sobre Hachinosu - por Stroud Nanashi - 26-05-2026, 02:38 PM

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