27-05-2026, 01:27 AM
La expectación estaba servida en aquel baile de gala. Los carruajes se sucedían unos tras otros, bajo el abrazo de un sol que todavía estaba lejos de abandonar la avenida. La vocecita de Kuroshiro se había sumado al murmullo creciente de las calles que se filtraba por la ventanilla y no pude evitar que arrancara en mí una suave sonrisa. Durante aquel viaje, fui incapaz de apartar la vista del exterior. Nos envolvía un aire de ensueño, propio de las novelas que versaban sobre la realeza. Creo que todos nos sentíamos un poco así: príncipes y princesas dueños de una vida sosegada, en las que las intrigas palaciegas no tenían cabida, porque solo había espacio para las hadas madrinas, los zapatitos de cristales perdidos o los besos de amor verdadero. Todos, menos Hasegawa. Su ausencia en el carruaje era el recordatorio de que a medianoche, el hechizo retornaría nuestro transporte en calabaza.
Para cuando el carruaje se detuvo, nuestro capitán ya aguardaba allí, maestro de ceremonias en un traje que destacaba el resplandor que siempre irradiaba. Incluso alguien como él, burlón en ocasiones y demasiado reservado en otras, debió verse embriagado por la escena que nos envolvía. Su mirada se perdió por unos instantes en el atuendo de Kuroshiro. Había visto suficientes expresiones embelesadas como para saber que la presencia de Kuroshiro había logrado remover algo en el interior de Hasegawa.
«¿Qué pensaría Omuyaga de ello?»
El colorido de trajes y vestidos pintaba las calles adoquinadas de un nuevo color que iba más allá de los floridos parterres. Los nuestros deberían haber sido tan solo otra simple pincelada. Sin embargo, fui consciente de la cantidad de miradas que recayeron directas sobre nosotros. No habría sido de extrañar que alguno de los murmullos se cuestionase la identidad que habitaba bajo nuestras máscaras. Si yo hubiera estado al otro lado, también nos habría mirado. Todos mis compañeros padecían de una belleza sin igual. Aunque para mí, la estrella era sin duda alguna Hae-won.
Extendí la mano hacia mi pareja para ayudarla a bajar del carruaje. La sonrisa, taimada hasta aquel instante, se increcento en una mueca de lo que muchos catalogarían como bobo enamorado. Estaba preciosa, ataviada con un vestido marfil dorado que caía vaporoso sobre su figura, dotándola de aquel aire celestial que siempre me había hipnotizado. El escote drapeado le aportaba un toque de elegancia clásica. Habría deseado que esa fiesta no nos supusiera un problema para bailar con ella durante toda la noche.
La realidad, sin embargo, estaba lejos de ser ese cuento de hadas que tanto soñábamos.
Pero para saber cómo habíamos llegado hasta allí, tenemos que remontarnos a unas seis horas antes, alrededor de las once menos cuarto de la mañana.
***
Unas horas antes…
Tras el reciente ascenso de Hasegawa como nuestro capitán, por fin habíamos acordado nuestro primer entrenamiento en conjunto. Algo que consideraba absolutamente necesario. Kutsukku había marcado un antes y un después en nuestras vidas y creo que todavía quedaban demasiados de esos elefantes azules en la habitación, ignorados en pos de readaptarnos a un nuevo entorno y rutina.
Aquel día iba a ser la mañana perfecta para que todos pudiéramos conocer las habilidades de nuestros compañeros. Nos ayudaría que Hasegawa elaborase instrucciones de formación en combate. Poco podíamos imaginar que la actividad se vería truncada por la presencia de hombres uniformados y la invitación a participar en un evento de los más cotizados por la alta sociedad.
Acepté el sobre que aquel hombre tan peculiar me ofrecía. Sonreí, asentí cordialmente y dediqué un breve gracias, antes de que la comitiva se diera media vuelta y Kuroshiro comenzase a revolotear a mi alrededor como una niña pequeña.
—Ya voy, ya voy —reí, antes de comenzar a recitar el contenido del sobre.
Por un instante, todo se convirtió en puro caos, emoción y grititos que se esfumaron tan pronto Kuroshiro arrastró consigo a Hae-won. Le ofrecí entonces la invitación a Hasegawa.
—¡Felicidades, Georgy! Le gustaste al tontatta con gigantismo.
—Yo le gustó a todo el mundo, capitán —respondí con calma y un guiño descarado.
Incluso si los tres éramos conscientes de que probablemente no habría espacio para bromas esa noche, tal y como nuestro capitán indicó poco después. Me limité a asentir.
—Tal vez podríamos elaborar una estrategia para anticiparnos a distintas posibilidades —sugerí. Después miré a Omuyaga—. ¿Te importaría si antes de partir te dejo mi arma y municiones para que las guardes en tu fortaleza?
Al contrario de muchos de los allí presentes, mi salud era una mierda. Sin mi pistola reglamentaria ni mis municiones, estaba perdido en caso de conflicto. Ese día no era uno de los especialmente malos. No me había levantado mareado, aunque el viento de levante traía consigo cierta humedad que despertaba pequeñas punzadas en mi cabeza. Al menos, eran soportables.
Tras la despedida, me dirigí a asearme antes de salir de compras. Elegí para ello un conjunto arreglado, ya que sabía que pasearía por la avenida principal, pero no excesivamente llamativo. Para ser honesto, ya era bastante consciente de que incluso vestido con la ropa más harapienta de todas, solía despertar el interés de la gente. Stanford siempre decía que mi cara bonita no era una que pudiera pasar desapercibida. Cuando trabajaba en su posada, ayudaba bastante a atraer nueva clientela.
Los años trabajando para la familia Nikolayev e incluso, para que negarlo, el bastardo de Pulmones Negros me habían dotado además de la capacidad para mimetizarme con los entornos de alta cuna. St. George era el perfecto galán de cine, que de bueno y educado solía conseguir un par de lenguas sueltas. Solo tenía que escuchar, sonreír, hacer las preguntas correctas y cuando el entorno era lo bastante distendido, aprovechar para recoger el cebo.
Aproveché mientras la amable mujer —entrada en años y de sonrisa tan bonachona como vivaracha— me tomaba las medidas del traje para intentar recavar algo de información sobre el baile.
—Debe de estar agotada —sonreí con dulzura—. Con todo el asunto del baile de la mascarada, debe haber acudido muchísima gente a solicitar sus servicios.
Permití que la mujer se desquitase y contase todo lo que quisiera. Para el traje, me ofreció varias opciones que encajaban con mi talla de los que ya tenía confeccionado. Quedé especialmente deslumbrado por una túnica larga y fluida en tonos marfil y oro viejo, confeccionada con telas ligeras. Sobre la base clara destacaba una filigrana dorada. Una punzada se me cogió en la boca del estómago, porque aquel traje era perfecto… Tanto que Pulmones Negros lo habría elegido sin dudar para exhibirme como la joya de su corona. No me importó. La llave que pendía sobre mi pecho era el recuerdo de que las decisiones ahora solo me pertenecían a mí.
Salí de la tienda con el traje perfectamente guardado en su bolsa y saqué a Rigoberto, mi den den Mushi, para pedirle llamar a Hae-won.
—Ángel, espero que la ropa que elijas sea en tonos blancos y dorados para ir conjuntados. Saludos a Nyra. Os veo luego.
Todavía era temprano para vestirme, así que aproveché para pasear y dirigirme a una de las cafeterías que había al final de la avenida. Allí, un café y un periódico eran la excusa perfecta para tratar de escuchar alguna conversación de interés y, de paso, ponerme al día con las noticias. No me sorprendió encontrar el rostro de Yuuki entre los carteles de Se busca. Di un pequeño sorbo a la taza. Con él, me tragué la bilis ante esa mención a revolucionarios como si ellos hubieran sido los culpables de lo ocurrido en Kutsukku. No había una sola mención a los uniformes de Marines que portaban los auténticos responsables.
En fin, cuando pasó un tiempo prudencial, di por concluida mi labor de recabar información. Guardé el periódico, pagué y me dirigí a las instalaciones para comenzar con los preparativos.
A las tres del mediodía ya estaba empezando a arreglarme y a las cuatro y media estaba más que listo para reunirme con mis compañeras. Una sonrisa de oreja a oreja me iluminó el rostro al ver que Hae-won había accedido a conjuntarse con mi traje. La habría besado allí mismo, de no ser porque no quería incomodar a Kuroshiro, la cual también estaba espectacular. Y Omuyaga, como comprobaría pronto al detenerse el carruaje e invitarnos a subir. Él le ofreció su mano a Nyra y yo hice lo propio con mi pareja.
Y así es cómo llegamos a la fiesta…
***
De vuelta a la fiesta…
Puede que no necesite abuela, pero me atrevería a decir que todas las miradas recaían sobre nuestra división. De existir una de esas categorías de reyes y reinas del baile, probablemente se hubiera disputado entre nosotros.
—Síganme el juego —dijo Hasegawa.
No rebatí. Lo que tuviera que comunicarle lo haría una vez dentro, cuando estuviéramos más integrados entre la multitud. Me limité a asentir. Sobre mi rostro ya se hallaba el antifaz dorado, de intrincadas ramificaciones que aportaba a mi imagen fantasía, como uno de esos altos faes tan de moda en las novelas actuales.
La fiesta estaba a punto de comenzar.
Vestimenta
Pesquisas del alto fae

![[Imagen: Y8vEkY6.jpeg]](https://i.imgur.com/Y8vEkY6.jpeg)