27-05-2026, 12:08 PM
Salí del agua con la moneda apretada en la mano derecha y los ojos ardiendo de una manera que no había experimentado antes, la concentración salina demasiado agresiva para haberlos mantenido abiertos bajo la superficie. Caminé los cinco metros hasta donde había dejado mi equipaje junto a Spirit y busqué la cantimplora de agua potable del bolsillo lateral del maletín médico, inclinándome hacia adelante para echarme agua directamente sobre los ojos varias veces y parpadear con fuerza intentando arrastrar los restos de sal. La visión mejoró ligeramente pero el daño ya estaba hecho, los bordes de todo lo que me rodeaba seguían difusos y la luz de las antorchas más intensa de lo normal, casi dolorosa. Me sequé el rostro con la manga interior de la camisa y procedí a ponerme la gabardina verde esmeralda, revisando antes de abrocharla que todo estuviera en orden y en su lugar: maletín médico cerrado y en buen estado, pistolas a la espalda, cinturón con herramientas de carpintero bien ajustado, saco con las monedas de Jack en el bolsillo interior. Caminé los cinco metros hasta donde Viktor se encontraba y le extendí la mano derecha abierta con la moneda en la palma sin decir nada. Fue entonces cuando Apolo, a unos veinte metros de nuestra posición, gritó que había encontrado algo.
Me acerqué a Spirit, que seguía en el mismo sitio donde lo había dejado, y saqué una manzana de las provisiones que quedaban en la bolsa de tela junto al maletín. Se la ofrecí en la palma abierta y el caballo la tomó con calma, como hacía todo, sin prisa ni aspavientos. Le acaricié el cuello un momento antes de darme la vuelta – “Espera aquí y prometo darte un festín de manzanas a mi vuelta.” – le dije en voz baja esperando que me entendiera. De camino hacia la trampilla pasé junto a la hoguera y vi que Karl ya estaba incorporada, despertada por la voz de Apolo antes de que yo pudiera llegar hasta ella. Se la veía descansada a pesar de las pocas horas que había dormido. La trampilla era una sección cuadrada de cuatro metros de lado con una aldaba de metal en el lado opuesto a la orilla del lago, las antorchas que habían ardido junto a ella apagadas por el viento arenoso que levantó Apolo al impactar. Me asomé al agujero desde el borde donde me recibieron cuatro metros de diámetro, paredes rojizas de tierra arcillosa, una escalera de mano que descendía iluminada por pequeñas antorchas colocadas a intervalos regulares en las paredes. La profundidad era considerable y con la visión que tenía no podía estimarla a simple vista, por lo que me concentré en mantener el haki de observación activo a 100 metros.
Bajé por la escalera con más cuidado del que hubiera necesitado en condiciones normales, verificando cada peldaño antes de apoyar el peso mientras las paredes rojizas de cuatro metros de diámetro me rodeaban y el ruido del exterior desaparecía gradualmente, reemplazado por el silencio profundo del subsuelo roto únicamente por el goteo intermitente del agua filtrándose desde el lago por encima de nuestras cabezas. Ciento cincuenta metros de descenso con las pequeñas antorchas iluminando cada tramo sin dejar puntos ciegos hasta llegar al suelo, donde un pasillo de diez metros de alto y diez de ancho se extendía veinte metros frente a mí. Lo recorrí en silencio junto a los demás, Apolo y Karl delante de mí manteniendo cada quien dos metros de separación entre nosotros, escuchando solo el agua precipitándose desde el techo y nuestros propios pasos. Lo primero que notamos al entrar a la galería fue el inconfundible olor para cualquier médico que hubiera trabajado con cadáveres, descomposición avanzada impregnando el aire de una manera que se adhería a la ropa y a la piel. La sala se abría en veinte metros de profundidad por treinta de ancho y diez de alto, perfectamente iluminada, con varios otros elementos que ignore en un primer instante puesto que el olor a putrefacción me hacía enfocar mis sentidos hacia encontrar la razón de este olor. Apolo estaba en el extremo derecho de la sala registrando en silencio con una actitud completamente diferente a la de hace unas horas, y Karl flotaba a dos metros y medio de altura en el centro de la sala, y sobre cada asiento frente a unas máquinas tragaperras, un marine.
Me moví directamente hacia el extremo izquierdo de la galería sin desviarme, alejándome 25 metros de Apolo y 15 metros de Karl, acercándome con cuidado antes de arrodillarme junto al primer cuerpo. Uniforme de marina, identificable sin necesidad de buscar más. Decapitado, con heridas de bala y un estado de descomposición avanzado, múltiples insectos recorriendo el cuerpo y la sangre completamente seca. La visión parcial me obligaba a acercarme más de lo habitual a cada detalle, lo que en otras circunstancias hubiera podido procesar desde mayor distancia ahora requería una proximidad física que en cualquier otro momento hubiera evitado. Retiré la chapa de identificación de cada marine con cuidado, las limpié brevemente y las guardé en el bolsillo interior izquierdo de la gabardina antes de registrar metódicamente cada cuerpo buscando documentos, armas u objetos personales que pudieran ser relevantes para la misión o para sus familias de vuelta al cuartel, guardando todo con el mismo cuidado que las chapas.
Me acerqué a Spirit, que seguía en el mismo sitio donde lo había dejado, y saqué una manzana de las provisiones que quedaban en la bolsa de tela junto al maletín. Se la ofrecí en la palma abierta y el caballo la tomó con calma, como hacía todo, sin prisa ni aspavientos. Le acaricié el cuello un momento antes de darme la vuelta – “Espera aquí y prometo darte un festín de manzanas a mi vuelta.” – le dije en voz baja esperando que me entendiera. De camino hacia la trampilla pasé junto a la hoguera y vi que Karl ya estaba incorporada, despertada por la voz de Apolo antes de que yo pudiera llegar hasta ella. Se la veía descansada a pesar de las pocas horas que había dormido. La trampilla era una sección cuadrada de cuatro metros de lado con una aldaba de metal en el lado opuesto a la orilla del lago, las antorchas que habían ardido junto a ella apagadas por el viento arenoso que levantó Apolo al impactar. Me asomé al agujero desde el borde donde me recibieron cuatro metros de diámetro, paredes rojizas de tierra arcillosa, una escalera de mano que descendía iluminada por pequeñas antorchas colocadas a intervalos regulares en las paredes. La profundidad era considerable y con la visión que tenía no podía estimarla a simple vista, por lo que me concentré en mantener el haki de observación activo a 100 metros.
Bajé por la escalera con más cuidado del que hubiera necesitado en condiciones normales, verificando cada peldaño antes de apoyar el peso mientras las paredes rojizas de cuatro metros de diámetro me rodeaban y el ruido del exterior desaparecía gradualmente, reemplazado por el silencio profundo del subsuelo roto únicamente por el goteo intermitente del agua filtrándose desde el lago por encima de nuestras cabezas. Ciento cincuenta metros de descenso con las pequeñas antorchas iluminando cada tramo sin dejar puntos ciegos hasta llegar al suelo, donde un pasillo de diez metros de alto y diez de ancho se extendía veinte metros frente a mí. Lo recorrí en silencio junto a los demás, Apolo y Karl delante de mí manteniendo cada quien dos metros de separación entre nosotros, escuchando solo el agua precipitándose desde el techo y nuestros propios pasos. Lo primero que notamos al entrar a la galería fue el inconfundible olor para cualquier médico que hubiera trabajado con cadáveres, descomposición avanzada impregnando el aire de una manera que se adhería a la ropa y a la piel. La sala se abría en veinte metros de profundidad por treinta de ancho y diez de alto, perfectamente iluminada, con varios otros elementos que ignore en un primer instante puesto que el olor a putrefacción me hacía enfocar mis sentidos hacia encontrar la razón de este olor. Apolo estaba en el extremo derecho de la sala registrando en silencio con una actitud completamente diferente a la de hace unas horas, y Karl flotaba a dos metros y medio de altura en el centro de la sala, y sobre cada asiento frente a unas máquinas tragaperras, un marine.
Me moví directamente hacia el extremo izquierdo de la galería sin desviarme, alejándome 25 metros de Apolo y 15 metros de Karl, acercándome con cuidado antes de arrodillarme junto al primer cuerpo. Uniforme de marina, identificable sin necesidad de buscar más. Decapitado, con heridas de bala y un estado de descomposición avanzado, múltiples insectos recorriendo el cuerpo y la sangre completamente seca. La visión parcial me obligaba a acercarme más de lo habitual a cada detalle, lo que en otras circunstancias hubiera podido procesar desde mayor distancia ahora requería una proximidad física que en cualquier otro momento hubiera evitado. Retiré la chapa de identificación de cada marine con cuidado, las limpié brevemente y las guardé en el bolsillo interior izquierdo de la gabardina antes de registrar metódicamente cada cuerpo buscando documentos, armas u objetos personales que pudieran ser relevantes para la misión o para sus familias de vuelta al cuartel, guardando todo con el mismo cuidado que las chapas.
Resumen
Haki

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