Sombras doradas entre los árboles - [Priv Kibai / Pasado]
#6
Kibai se contuvo para no soltar una carcajada cuando Kagura trató de colocarse al otro de la hoguera. Siempre le había sorpendido lo fácil que los humanos cedían a sus instintos, y lo facil que era detectar el miedo en ellos, un aroma díficil de describir pero tan visible para él como una voluta de humo alrededor de la joven.

Y no era solo el aroma. Aún atenuada por el brillo de la hoguera, la visión nocturna del mink le permitía ver perfectamente como la piel de Kagura se había puesto de gallina por debajo de la túnica roja que vestía.

— "Serás bruto, Kibai..." pensó para si mismo. — "Ya no estás a bordo del Swift, no todo el mundo está tan acostumbrado a verte y a que el oficial de cubierta te arroje medio cajón de cubertería al día"

Por suerte, el ofrecimiento de la manzana caramelizada por el calor del fuego apreció aliviar los temores de Kagura, que mordió con voracidad la fruta antes siquiera de que Kibai pudiese avisarla de lo caliente que estaba. La joven tosió y sopló antes de dar un segundo bocado claramente más comedido.

— ¡Que delicia!...¡Me encantará probar cualquier cosa que hagas! —

Kibai se rascó la nuca a la vez como notaba que el pecho se le hinchaba de orgullo inconscientemente. Aquellas cosas que para muchos humanos parecían tan novedosas no eran sino lo habitual de sus expediciones con el resto de jóvenes minks en Zou, dónde muchas veces habían improvisado pequeños festines con lo que podían encontrar en la jungla y las presas que consiguiesen atrapar.

— Si tenemos suerte, es posible que pueda cocinar algo más — respondió el mink reajustando su postura sentado en la roca para colocarse de cara al viento, esperando que alguna ráfaga trajese algo agradable que llevarse a la boca.

— ¿De dónde es tu origen?...¿Tu cuerpo es asi de duro por ser un rasgo genetico o es por entrenamiento?...

Kibai, que estaba comiendose su propia mitad de la manzana tranquilamente, notó como la mano se letensaba alrededor de la fruta. Una oleada de recuerdos que no le gustaba rememorar le asaltó: Aquella estúpida persecución junto al borde del risco, las burlas y desafíos de sus compañeros, sus propias zarpas perdiendo el agarre y la larga caída hasta chocar con el agua oscura, muchos metros por debajo. Tensando la mandíbula, el mink se forzó a respirar, relajando su postura para no alterar aún más a la joven.

— Nací muy lejos de aquí, en el Grand Line, en una isla llamada Zou. Es de dónde venimos los minks. Y no, no somos ningun tipo de mezcla entre vosotros los humanos y animales corrientes. Somos... otra cosa. Y harías bien en no tratar a ningún mink que te encuentres como si fuese un animal, no es algo que la mayoría, especialemente aquellos que no han tenido mucha realción con los humanos, se tomen demasiado a bien. Mi historia no es que sea muy espectacular, pero resumidamente, digamos que naufragué, y un barco de la Marina con destino al South Blue me rescató. Llevo con ellos desde entonces.

Antes de responder a la segunda pregunta, Kibai se miró la mano derecha que aún sujetaba la media manzana que aún le quedaba.

— En cuanto a mí, si bien somos en general algo más rápidos y fuertes que vosotros, he procurado potenciar eso por mi cuenta lo máximo posible.

En un súbito alarde que de seguro habría hecho que el Capitán Seijuru a bordo del Swift soltase un estornudo, Kibai flexionó los músculos del brazo, notando como las fibras de su camisa luchaban por no abrirse debido a la tensión que latía bajo la tela.

— Y creo que no me ha ido tan mal, no?

Sin embargo la siguiente pregunta rompió su concentración y le hizo soltar una larga carcajada totalmente genuina.

— No, Kagura, no contaría como un beso. Los minks besamos igual que los humanos, en eso no somos tan diferentes. Por otro lado, no, no puedes morderme la nariz. Qué demonios, por qué quieres morderme la nariz?

La joven parecía algo azorada, hasta el punto de que Kibai se planteó si lo habría dicho en serio. Sin embargo, su siguiente frase fue la que hizo que un pequeño rictus de tensión apretase la manzana, hundiendo los dedos en la carne ablandada por el fuego.

— Kagura... — Kibai respiró, forzándose a mantener un tono lo más suave y amable que pudiese. — Ya te lo he dicho, no soy un animal. Y desde luego, no soy un gato.

Por suerte, la cosa pareció quedarse ahí, y al poco estaban de nuevo sentados alrededor de la hoguera mientras la joven acababa su mitad de la manzana asada.

—¿Llegaron a esta isla por alguna razón en específico… o solo son forasteros?—

Kibai se echó hacia atrás, apoyando ambas palmas sobre la roca para echar la mirada hacia el cielo.

— El barco que me trajo aquí es un correo. Se dedican a llevar y traer las cartas de las familias de los marines destiandos en el Grand Line. Muchas veces, aparte de los Den Den Mushi, son la única conexión de los soldados con sus seres queridos. El capitán Seijuru me va a llevar hasta la isla de Roshwan, allí hay una base de la Marina, en Pushkin. Planeo alistarme, y algún día podré volver a casa. No es que vaya a ser fácil, ni mucho menos, pero es la única manera en la que pueda volver a reunirme con mi gente y decirles que lo siento por haber desaparecido de la manera en la que lo hice.

El mink miró hacia Kagura, que mantenia sus ojos azules fijos en él.

— Y tú qué, eres de esta isla? Y a santo de qué has decidido darte un paseo bajo la luz de la luna con una sombrilla?

Mientras escuchaba la respuesta de la joven, Kibai recogió unas cuantas piedras sueltas alrededor de la gran roca, usándolas para montar un pequeño círculo alrededor de la hoguera y que así esta no se descontrolase. Tras alimentarla con un par de ramas más que cortó con un nuevo salto, al fin el viento le trajo el aroma que estaba esperando.

— Kagura, me harías un gran favor? — El mink se acercó a la joven mientras se llevaba las manos al cinturón y se soltaba la vaina de Raimei. — Necesito que cuides esto por mi durante unos minutos. Es muy preciada para mi, pero ahora voy a subirme a un árbol, y me estorbará más que otra cosa.

Kibai le ofreció la espada a la joven apoyada sobre las dos palmas en horizontal.

— Estaré de vuelta en un momento, con la cena. He detectado algo justo fuera del claro. No te preocupes, esta noche no pasarás hambre.

El mink saltó de nuevo al árbol y de este al siguiente, perdiéndose en la oscuridad como una sombra silenciosa. Viendo en la noche tan claramente como a pleno mediodía, no tardó en localizar lo que había olido, un conejo de buen tamaño, que se encontraba disfrutando alegremente de unas bayas de color rojo intenso. Aunque su primer impulso fue sacar las garras y lanzarse a por él, Kibai se contuvo. No quería volver manchado de sangre, bastante se había asustado Kagura en un primer momento.

Así pues, optó por la sutileza. Mantiendose en su posicón elevada y de cara al viento, el mink se dejó caer sobre el conejo, acabando rápida y certeramete con él de un golpe con el canto de su mano en la parte trasera de la cabeza. Con gran presteza, usó una de sus garras para cortar los tendones de las patas traseras y separar la cabeza del cuerpo, dejando limpio de un firme tirón las costillas y las patas traseras. Con la precisión que le daba la práctica, disecionó la carne para obtener cuatro piezas limpias de carne de un tono rojo oscuro que aún sin cocinar para el mink leopardo olía a gloria bendita.

Tras usar la propia piel del conejo para limpiarse la mano ensangrentada, Kibai envolvió la carne dentro de su bolsa, recogiendo tambien unas cuantas de las bayas que el conejo estaba comiendo al reconocerlas como no venenosas. Con todo ya correctamente recogido, arrojó los restos encima de un árbol para no atraer a depredadores más peligrosos como lobos u osos. No es que él tuviese miedo precisamente, pero le preocupaba la seguridad de Kagura.

Apenas unos diez minutos desde que había abandonado el claro, Kibai hizo su regreso, levantando la tela que contenía la carne y mostrando el puñado de bañas con una mano.

— Hemos tenido suerte! La tienda estaba aún abierta. Ahora, mientras yo preparo esto podrás contarme más cosas de ti. A qué te dedicas? Vas a quedarte en esta isla o sólo estás de paso. Y sobre todo, lo siento pero tengo que preguntarlo, por qué estabas desnudándote en medio del bosque de noche?

Sin perder comba de lo que Kagura le contaba, Kibai comenzó a frotar las bayas sobre la carne, antes de disponer una piedra plana sobre el fuego con ojo de no quemarse y tras comprobar que la temperatura era la adecuada, depositar los trozos de conejo sobre la roca recalentada, que lo recompensó con un siseo que casi alimentaba por si mismo.
[Imagen: gvCFAP2.png]
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RE: Sombras doradas entre los árboles - [Priv Kibai / Pasado] - por Kibai - 27-05-2026, 07:35 PM

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