28-05-2026, 02:17 PM
Su error no se subsanaría sin sangre, empezando por la suya, como era costumbre con los errores en combate. Se pagaban caros. Cuando apenas se estaba dando cuenta de su error de cálculo, las zarpas de los Lapahn ya se empezaban a abalanzar sobre él, provocándole varios cortes a lo largo del cuerpo. Cortes sucios, desagradables, como los que dejan las garras salvajes que jamás han sido pulidas ni se han enfrentado a nada que no sea carne y huesos. Pero cortes, al fin y al cabo, que no lograron alcanzar un nivel demasiado profundo, si bien llenaron su uniforme de sangre a lo largo de todo su torso y su espalda. El estallido de zarpazos, que rasgaron su piel como decenas de burdas hojas de sílex, pilló a Stroud prácticamente desprevenido, induciéndole un pequeño shock del que le llevaría varios instantes recuperarse. Notó cómo, ante la avalancha, a su cuerpo le costaba reaccionar, y, por un momento, todo le dio vueltas. La rapidez mental que lo solía caracterizar lo acudió en su ayuda, y la de su cuerpo tampoco parecía estar demasiado allá. Por un momento, estaba sometido al designio del bosque.
Stroud se había confiado en demasía. Los Lapahn parecían ser mucho más hábiles de lo que había calculado en un primer momento, dándole una necesaria lección de humildad que nunca estaba de más. En su inocencia, los había tomado por meras criaturas del bosque, esencialmente sin inteligencia más allá de la fuerza bruta de la que hacían gala, pero se movían rápida y coordinadamente, como en bloques, y no les estaba resultando difícil abrumar a los Marines; si se movían por instinto, no era un instinto torpe. Un error de novato por el que Stroud se castigaría, pero no era momento de detenerse a sollozar; cuando se producía algo como aquello, lo mejor era cortar el problema de raíz, y cuanto antes, mejor. Ante su inofensiva, que había carecido de la potencia que él hubiese esperado, había dado una abertura a las bestias, que continuaban flanqueando el parapeto que había intentado acumular y saltando por el mismo sin demasiados problemas.
Sin embargo, conforme pasaron los segundos, conforme respiró hondo en un ejercicio consciente de volver al mundo, de lo que algunos de lenguaje y nociones más sofisticados llamarían propiocepción, su mente parecía volver en sí, recuperándose del shock. Se dio cuenta de que se había colocado una de sus manos sobre su pecho, en un intento inconsciente por cubrirse, o por detener el sangrado, de manera puramente instintiva. Sin embargo, debía volver a estar en control de sí mismo, incluso si aquello implicaba ir constra sus instintos. Retiró la mano de su pecho; había algo mejor que hacer con ella. Inmediatamente, y mientras más Lapahn parecían continuar abalanzándose a su alrededor y dirigiéndose a él, continuó con su ofensiva. Machacar, machacar y continuar machacando. No se podía hacer nada más. "¡No os dejéis abrumar!," gritó, sin desviar la mirada al resto de miembros de la División, temiéndose que hubieran caído en algo similar, "¡Seguid atacando, abrumadlos! ¡Atacad!"
Y, mientras pronunciaba estas palabras, reemprendía su ataque contra los enormes Lapahn, sirviéndose de sus puños para continuar derribándolos uno a uno, uno tras otro, como piezas de dominó y haciéndolos caer. No sabía cuántos quedaban, pero aquella era la clave: parte de la filosofía de combate de Stroud en situaciones como aquella consistía en la ofensiva continuada, racionando su propia energía y la potencia con la idea de que los enemigos no se acabasen nunca, prevaleciendo por encima de cualquier cosa que pudiese presentarse. Si los rivales no se acababan, tampoco encontrarían fin en él. Contra un muro, poner otro muro, y ver simplemente quién aguantaba más.
Y en el momento en que todos hubieron terminado de caer, Stroud bajó de la pila de Lapahn derribados, observando a su alrededor y haciendo un control de daños. Ninguno parecía haber salido demasiado mal parado, aunque el error cometido había llevado a varias heridas que cabía considerar. Contemplando a sus compañeros, suspiró, para luego echar un vistazo a la ruta que tenían por delante. Con la cuestión de los Lapahn solucionada, era fundamental continuar con su camino con presteza. No había mucho que pudiese hacer respecto a su uniforme en aquellos instantes, más que cerrarse adecuadamente el abrigo y permitir que su sangre no se congelase al intentar coagular en sus heridas. "Seguimos en marcha, muchachos. ¿Alguno necesita asistencia? ¿Todos en disposición?"
Stroud se había confiado en demasía. Los Lapahn parecían ser mucho más hábiles de lo que había calculado en un primer momento, dándole una necesaria lección de humildad que nunca estaba de más. En su inocencia, los había tomado por meras criaturas del bosque, esencialmente sin inteligencia más allá de la fuerza bruta de la que hacían gala, pero se movían rápida y coordinadamente, como en bloques, y no les estaba resultando difícil abrumar a los Marines; si se movían por instinto, no era un instinto torpe. Un error de novato por el que Stroud se castigaría, pero no era momento de detenerse a sollozar; cuando se producía algo como aquello, lo mejor era cortar el problema de raíz, y cuanto antes, mejor. Ante su inofensiva, que había carecido de la potencia que él hubiese esperado, había dado una abertura a las bestias, que continuaban flanqueando el parapeto que había intentado acumular y saltando por el mismo sin demasiados problemas.
Sin embargo, conforme pasaron los segundos, conforme respiró hondo en un ejercicio consciente de volver al mundo, de lo que algunos de lenguaje y nociones más sofisticados llamarían propiocepción, su mente parecía volver en sí, recuperándose del shock. Se dio cuenta de que se había colocado una de sus manos sobre su pecho, en un intento inconsciente por cubrirse, o por detener el sangrado, de manera puramente instintiva. Sin embargo, debía volver a estar en control de sí mismo, incluso si aquello implicaba ir constra sus instintos. Retiró la mano de su pecho; había algo mejor que hacer con ella. Inmediatamente, y mientras más Lapahn parecían continuar abalanzándose a su alrededor y dirigiéndose a él, continuó con su ofensiva. Machacar, machacar y continuar machacando. No se podía hacer nada más. "¡No os dejéis abrumar!," gritó, sin desviar la mirada al resto de miembros de la División, temiéndose que hubieran caído en algo similar, "¡Seguid atacando, abrumadlos! ¡Atacad!"
Y, mientras pronunciaba estas palabras, reemprendía su ataque contra los enormes Lapahn, sirviéndose de sus puños para continuar derribándolos uno a uno, uno tras otro, como piezas de dominó y haciéndolos caer. No sabía cuántos quedaban, pero aquella era la clave: parte de la filosofía de combate de Stroud en situaciones como aquella consistía en la ofensiva continuada, racionando su propia energía y la potencia con la idea de que los enemigos no se acabasen nunca, prevaleciendo por encima de cualquier cosa que pudiese presentarse. Si los rivales no se acababan, tampoco encontrarían fin en él. Contra un muro, poner otro muro, y ver simplemente quién aguantaba más.
Y en el momento en que todos hubieron terminado de caer, Stroud bajó de la pila de Lapahn derribados, observando a su alrededor y haciendo un control de daños. Ninguno parecía haber salido demasiado mal parado, aunque el error cometido había llevado a varias heridas que cabía considerar. Contemplando a sus compañeros, suspiró, para luego echar un vistazo a la ruta que tenían por delante. Con la cuestión de los Lapahn solucionada, era fundamental continuar con su camino con presteza. No había mucho que pudiese hacer respecto a su uniforme en aquellos instantes, más que cerrarse adecuadamente el abrigo y permitir que su sangre no se congelase al intentar coagular en sus heridas. "Seguimos en marcha, muchachos. ¿Alguno necesita asistencia? ¿Todos en disposición?"
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