28-05-2026, 09:51 PM
El pueblo de Gyasta era un pequeño rincón de la isla de Drum que había encandilado a Kibai. Un conjunto de casas pequeñas, de aspecto humilde, pero firmemente contruídas, listas para soportar el duro clima de la región, hacían de pequeñas escoltas del gigantesco y grueso árbol que coronaba una de las lomas cercanas, el cual brindaba su sombra sobre el lago helado en el que los jóvenes, y los no tan jóvenes solían patinar durante las horas de asueto, sin temor a alguna desgracia pues la gruesa capa de hielo soportaba más que de sobra el peso de un humano promedio.
Kibai se había despertado, como era habitual en él con las primeras horas del día, y tras asegurarse de que todo estuviese listo para el desayuno cuando la tropa estuviese en pie, se sentó en un tallo de madera, extendiendo las hojas de sus espadas delante de él para pasar delicadamente su piedra de afilar por cada una. Arashi, su más reciente adquisición, se portaba bien en combate, aunque el mink notaba que su calidad aún no llegaba al nivel de Raimei. No obstante, la espada era muy especial, habiendo sido creada por su compañero de División Bertram, y a buen seguro este la mejoraría en cuanto fuese posible..
En ese momento, un llanto sacó al mink de sus pensamientos. Una mujer humana estaba desgañitándose frente al centinela de la carpa.
— Ayúdame, ayuda, mi marido y mi hijo fueron a cazar el día de la tormenta de ayer, no han regresado, necesito ayuda, son lo único que tengo en la vida no… no…
El centinela trataba de quitarse de encima a la mujer, que en su desesperación se había aferrado a su pierna. Sin embargo antes de que su puño llegase a bajar, la mano del mink, que se había movido con la celeridad que le caracterizaba, había frenado su trayectoria.
— Gracias por avisarme, soldado. Yo me encargo de esto. Hay una olla de sopa lista, traiga un cuenco para esta mujer.
El marine iba a protestar, pero las garras de Kibai que habían salido de su mano y tanteaban juguetonamente la dureza de su piel, acabaron por convencerlo que por esta vez le convenía obedecer.
Tras levantar a la mujer del suelo e invitarla a sentarse, Kibai le ofreció el cuenco de sopa caliente que el soldado les había traído antes de empezar con su interrogatorio.
— Las tormentas pueden ser muy peligrosas, señora. Pero le prometo que haré lo que pueda, soy el mejor rastreador que tiene la marina por esta zona. Pero para poder encontar a su marido y a su hijo necesito que me de cierta información.
Dándole tiempo para que la pobre mujer diese un par de tragos al cuenco de sopa, Kibai continuó hablando.
— Bien, necesito saber que aspecto tienen tanto su marido como su hijo. Saber sus nombres también sería algo muy adecuado, la verdad. Mencionaron hacia que dirección iban a ir de caza, o algun sitio concreto que hayan dispuesto a modo de refugio de emergencia u observatorio de caza?. Es posible que hayan pasado por allí en algún momento, y eso me dará un punto de referencia desde dónde continuar.
Anotando toda la información que la mujer le iba dando, Kibai se disculpó un momento para ir hacia la zona central de la carpa, dónde tras una breve discusión con el intendente, se hizo con un mapa de la región. Aquello le sería muy útil de cara a trazar posibles rutas que habrían tomado el hombre y su hijo en su expedición.
Regresando junto a la mujer, el mink se sentó de nuevo frente a ella, entrecruzando las falanges mientras seguia mirandola a ella y al mapa que había extendido entre ambos.
— Creo que tengo todo lo que necesito para empezar mi búsqueda, señora. Pero por último, necesitearía una prenda, tanto de su marido como de su hijo. Podemos recogerla de camino si no la lleva encima. Eso me será muy útil para poder seguir su rastro.
Poniendo su equipo a punto, Kibai se dispuso a seguir a la mujer, crujiéndose los nudillos mientas el debil cosquilleo del Sol bañaba su piel. Aquella expedición podría ser justo lo que necesitaba tras varios días demasiado rodeado de gente, y si por encima conseguía salvar la felicidad de una familia, mejor que mejor.
Kibai se había despertado, como era habitual en él con las primeras horas del día, y tras asegurarse de que todo estuviese listo para el desayuno cuando la tropa estuviese en pie, se sentó en un tallo de madera, extendiendo las hojas de sus espadas delante de él para pasar delicadamente su piedra de afilar por cada una. Arashi, su más reciente adquisición, se portaba bien en combate, aunque el mink notaba que su calidad aún no llegaba al nivel de Raimei. No obstante, la espada era muy especial, habiendo sido creada por su compañero de División Bertram, y a buen seguro este la mejoraría en cuanto fuese posible..
En ese momento, un llanto sacó al mink de sus pensamientos. Una mujer humana estaba desgañitándose frente al centinela de la carpa.
— Ayúdame, ayuda, mi marido y mi hijo fueron a cazar el día de la tormenta de ayer, no han regresado, necesito ayuda, son lo único que tengo en la vida no… no…
El centinela trataba de quitarse de encima a la mujer, que en su desesperación se había aferrado a su pierna. Sin embargo antes de que su puño llegase a bajar, la mano del mink, que se había movido con la celeridad que le caracterizaba, había frenado su trayectoria.
— Gracias por avisarme, soldado. Yo me encargo de esto. Hay una olla de sopa lista, traiga un cuenco para esta mujer.
El marine iba a protestar, pero las garras de Kibai que habían salido de su mano y tanteaban juguetonamente la dureza de su piel, acabaron por convencerlo que por esta vez le convenía obedecer.
Tras levantar a la mujer del suelo e invitarla a sentarse, Kibai le ofreció el cuenco de sopa caliente que el soldado les había traído antes de empezar con su interrogatorio.
— Las tormentas pueden ser muy peligrosas, señora. Pero le prometo que haré lo que pueda, soy el mejor rastreador que tiene la marina por esta zona. Pero para poder encontar a su marido y a su hijo necesito que me de cierta información.
Dándole tiempo para que la pobre mujer diese un par de tragos al cuenco de sopa, Kibai continuó hablando.
— Bien, necesito saber que aspecto tienen tanto su marido como su hijo. Saber sus nombres también sería algo muy adecuado, la verdad. Mencionaron hacia que dirección iban a ir de caza, o algun sitio concreto que hayan dispuesto a modo de refugio de emergencia u observatorio de caza?. Es posible que hayan pasado por allí en algún momento, y eso me dará un punto de referencia desde dónde continuar.
Anotando toda la información que la mujer le iba dando, Kibai se disculpó un momento para ir hacia la zona central de la carpa, dónde tras una breve discusión con el intendente, se hizo con un mapa de la región. Aquello le sería muy útil de cara a trazar posibles rutas que habrían tomado el hombre y su hijo en su expedición.
Regresando junto a la mujer, el mink se sentó de nuevo frente a ella, entrecruzando las falanges mientras seguia mirandola a ella y al mapa que había extendido entre ambos.
— Creo que tengo todo lo que necesito para empezar mi búsqueda, señora. Pero por último, necesitearía una prenda, tanto de su marido como de su hijo. Podemos recogerla de camino si no la lleva encima. Eso me será muy útil para poder seguir su rastro.
Poniendo su equipo a punto, Kibai se dispuso a seguir a la mujer, crujiéndose los nudillos mientas el debil cosquilleo del Sol bañaba su piel. Aquella expedición podría ser justo lo que necesitaba tras varios días demasiado rodeado de gente, y si por encima conseguía salvar la felicidad de una familia, mejor que mejor.
La Caja de Pandora
