30-05-2026, 01:09 AM
Día 03 de Otoño, Año 09 (hace 8 años).
Hora: 9:00 am
Hora: 9:00 am
Un reloj, Una Sombrilla y un Faro
![[Imagen: 52a13664-067e-490c-93b0-8c9887bcd1cb.png]](https://i.ibb.co/DPqFmXK8/52a13664-067e-490c-93b0-8c9887bcd1cb.png)
El tercer día de otoño había llegado a Baterilla con una calma engañosa. Aunque la estación comenzaba a cambiar... la isla conservaba ese calor húmedo propio de las zonas tropicales, mezclado con una brisa fresca costera que agitaba suavemente las hojas de las palmeras. Baquella, un pequeño pueblo costero, formado por casas de paredes blancas y tejados naranjas...un lugar que irradiaba nostalgia y humildad. Algunos pescadores ya se preparaban para salir, otros remendaban sus redes frente a las puertas, y el aroma a sal, madera mojada y pancito recién hecho recorría las calles estrechas como si conociera cada esquina y cada rincón. Y a lo lejos, sobre el acantilado, el faro de Baquella se levantaba firme y silencioso, vigilando el mar embravecido como si llevara toda la vida esperando a que alguien lo mirara con suficiente asombro.
Kyoshiro era ssu nombre, y no pertenecía a aquel lugar. Aunque caminaba por sus calles con la misma confianza distraída con la que habría cruzado los jardines de su hogar, él no era de por acá. Era un visitante llegado desde el Reino de Sorbet, proveniente de un rinconcito al sur donde se encontraba el monasterio en el que había crecido toda su corta vida. Su llegada a Baterilla era reciente, apenas parte de un encargo sencillo que había salido del templo días atrás. Kyo, como le decían los más grandes, acompañaba al monje Daien, uno de los encargados de llevar donaciones hacia distintas bases y pueblos aliados. Los cultivos sembrados de arroz nube y raíz dorada en el monasterio solían entregarse al cuartel como ayuda, porque los ancianos creían que la comida debía moverse hacia donde pudiera servir. Su hermano mayor había insistido más de una vez en que el pequeño Kyo debía salir.. que viera algo más que las montañas... los rezos y las mismas paredes de siempre. Y aunque nueve años no eran muchos para cargar con un viaje así..., los monjes terminaron aceptando llevarlo consigo... quizá porque sabían que mantenerlo quieto era más difícil que vigilarlo desde lejos.
Esa mañana, el monje Daien tenía asuntos pendientes con algunos marine del cuartel y con un pescador que había prometido ayudarles a descargar los sacos restantes. Antes de marcharse, dejó a Kyo cerca del centro del pueblo... le puso un par de monedas en la mano y le pidió (Con una paciencia bastante practicada) que comprara algo de pan si tenía hambre y que no se alejara demasiado. ¿Era esto irresponsable? ¡Por supuesto!. A cualquiera con un poco de sentido común se le habría ocurrido que dejar a un niño -en especial a alguien como Kyoshiro- suelto en tierras desconocidas era casi una invitación al desastre... Pero el monasterio del que venía tenía una forma particular de entender el aprendizaje. Para ellos, el mundo no podía explicarse solamente con sermones, horarios y libros...no... había cosas que debían descubrirse con los pies llenos de polvo, con experiencias buenas y malas... preguntando mal y observando demasiado. Además, Kyoshiro no era un niño miedoso. Era despistado, sí. ¿Impulsivo? También... Pero tenía esa manera tan suya de atravesar las cosas como si nada pudiera hacerle verdadero daño.
![[Imagen: 5e0a77ba-17e2-4b8f-a6ce-1e8593faa5d8.png]](https://i.ibb.co/TD7LFH3y/5e0a77ba-17e2-4b8f-a6ce-1e8593faa5d8.png)
No pasó demasiado tiempo antes de que Kyoshiro terminara lejos de donde se suponía que debía quedarse. Primero siguió a un gato flaco que cruzó entre dos casas. Luego fue una campana oxidada colgando sobre una puertalo que llamó su atención. Después creyó haber visto una gaviota que tenía un parche en el ojo y la siguió por varias calles. Para cuando quiso darse cuenta, sus sandalias negras pisaban un camino más abierto, con menos casas alrededor y más viento golpeándole el rostro. Allí, cerca de la base del acantilado donde se encontraba el faro, el pueblo parecía quedar atrás poco a poco..Aunque para Kyo, ya era lo mismo unos pasos que cients de kilómetros... Cuando el pequeño peliblanco levantó la vista y lo vio a la distancia, su mundo ya no existía. Solo eran él y aquel enorme gigante, blanco y anaranjado que crecía hacia el cielo, con una presencia tan tranquila que casi parecía llamarlo. Su camisita blanca larga se movía bajo el hoodie azul que le quedaba demasiado grande, las mangas cubriéndole parte de las manos mientras sus pequeñas alas asomaban por los cortes torpes de la tela. No sabía exactamente cómo había llegado ahí, ni si eso contaba como “irse muy lejos”. Solo sabía que el faro estaba delante, alto, solitario y brillante. Y Kyoshiro, casi hipnotizado, empezó a caminar hacia él.
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