31-05-2026, 01:12 AM
Por más que introducía monedas en las distintas máquinas tragaperras, nada ocurría. Ni caminos secretos, ni siquiera algo de estímulos con luces y colores para darme más monedas. Qué fácil sería todo si hubiesen escondido un botón secreto detrás de un poster sospechoso o algo así, pero parecía que esta banda trabajaba de otra forma. Sin embargo, en cuanto le eché la mano a uno de los cadáveres de los Marines, un leve ruido seguido de un flash me sorprendió. — ¡AAAAAH! — ese tiburón había sido tan ruin de haber puesto una trampa explosiva utilizando a un muerto. Una llamarada me cubrió entero pero, para desgracia del pirata, lo aguanté de buena manera. Otra victoria había sido concedida al gran Apolo Bahía gracias a lo bien trabajado y tonificado que tenía su cuerpo arenoso... y es que hacía falta mucho más para poder tumbarme. Aunque rezaba que esa llamarada no se hubiese llevado por delante mi ceja izquierda, al mismo tiempo que tosía algo de polvo y me sacudía la chaqueta y el pantalón.
Después del leve susto con la explosión, pude darme cuenta de que estaba sonando una canción demasiado extraña en la sala. La voz era demasiado aguda y temblorosa y me estaba empezando a poner de los nervios, incluso siendo un amante de la música. Parecía que estábamos persiguiendo a un completo tarado. Entre la matanza, el recibimiento y que la música seguía sonando, sólo me entraban ganas de arrancar una de las máquinas para lanzarla contra la jukebox, pero no toqué nada por si otra trampa volvía a activarse. Una vez que la canción dejó de sonar, un mecanismo se activó y la pared se desplazó hasta mostrarnos una pequeña entrada. No sé qué habrían hecho mis compañeros pero habían dado con el truco.
Avancé en silencio por el nuevo pasillo junto al equipo, al contrario de cómo entré por la escalera de la trampilla. Estaba alerta e intentando detectar algo por si nos volvían a dar la bienvenida. Esta vez era una galería circular con diez filas de puestas de trabajo... otra vez diez. ¿Sería ese el número de la suerte de Nimda Leyos?. Caminé por la galería sin tocar nada, echando un vistazo rápido a lo que podíamos encontrarnos pero nada me llamaba especialmente la atención. Tan sólo había cajas llenas de armas, como si ese fuese un taller clandestino además de diversos pasillos. Finalmente pude ver cómo había una puerta con forma de cabeza de tiburón seguido de un mensaje escrito con sangre. — No tengo ni idea de quién son los Dalton, ni tampoco he acabado con nadie... todavía. — susurré mientras seguía caminando por la galería, observando los pasillos. — Creo que no me apetece ver qué hay por aquí. — dije al ver cómo había un charco de agua con cierta profundidad. — Está bien, chicos — señalé a uno de los caminos con mi índice de la mano derecha. — Uni, duni, tê. — iba moviendo mi dedo al ritmo de la canción infantil. — Salame, minguê. Um sorvete colorê, o escolhido foi você! — mi dedo acabó apuntando al lado oeste de la galería. — Iré a echar un ojo por allí... el que me queda, ¿me seguís?. Si algo me pudiese pasar, os lo haré saber... y si veis a alguien, una cabeza servirá por cada cabeza arrebatada.
Comencé a caminar solo por el pasillo que el azar había escogido para mí. Avancé callado, con paso firme y con mi brazo derecho extendido. Tenía el puño cerrado pero con los dedos pulgar y meñique abiertos como si fuesen la mirilla de mi visión. Si alguien intentaba pasarse de listo y asustarme, tan sólo tenía que saludarle de forma cordial. El pasillo finalmente se abrió dando lugar a una sala que parecía de descanso. Alertado por lo ocurrido con los cadáveres de antes, me quedé en la entrada de la habitación emitiendo una corriente de arena por mi mano izquierda que tenía libre. Mi control total sobre mi elemento podría servirme para poder toquetear e investigar todo desde la distancia, sin que me abrazasen explosiones repentinas. Recordaba cómo antes de descubrir la trampilla en la arena le comenté a Viktor que me tocaba convertirme en la Pisadeira, el espíritu de los mitos de mi isla que se colaba por las noches en las casas para sentarse encima de los que dormían y así inmovilizarlos y aterrarlos. Irónicamente, había llegado a una habitación con literas.
Después del leve susto con la explosión, pude darme cuenta de que estaba sonando una canción demasiado extraña en la sala. La voz era demasiado aguda y temblorosa y me estaba empezando a poner de los nervios, incluso siendo un amante de la música. Parecía que estábamos persiguiendo a un completo tarado. Entre la matanza, el recibimiento y que la música seguía sonando, sólo me entraban ganas de arrancar una de las máquinas para lanzarla contra la jukebox, pero no toqué nada por si otra trampa volvía a activarse. Una vez que la canción dejó de sonar, un mecanismo se activó y la pared se desplazó hasta mostrarnos una pequeña entrada. No sé qué habrían hecho mis compañeros pero habían dado con el truco.
Avancé en silencio por el nuevo pasillo junto al equipo, al contrario de cómo entré por la escalera de la trampilla. Estaba alerta e intentando detectar algo por si nos volvían a dar la bienvenida. Esta vez era una galería circular con diez filas de puestas de trabajo... otra vez diez. ¿Sería ese el número de la suerte de Nimda Leyos?. Caminé por la galería sin tocar nada, echando un vistazo rápido a lo que podíamos encontrarnos pero nada me llamaba especialmente la atención. Tan sólo había cajas llenas de armas, como si ese fuese un taller clandestino además de diversos pasillos. Finalmente pude ver cómo había una puerta con forma de cabeza de tiburón seguido de un mensaje escrito con sangre. — No tengo ni idea de quién son los Dalton, ni tampoco he acabado con nadie... todavía. — susurré mientras seguía caminando por la galería, observando los pasillos. — Creo que no me apetece ver qué hay por aquí. — dije al ver cómo había un charco de agua con cierta profundidad. — Está bien, chicos — señalé a uno de los caminos con mi índice de la mano derecha. — Uni, duni, tê. — iba moviendo mi dedo al ritmo de la canción infantil. — Salame, minguê. Um sorvete colorê, o escolhido foi você! — mi dedo acabó apuntando al lado oeste de la galería. — Iré a echar un ojo por allí... el que me queda, ¿me seguís?. Si algo me pudiese pasar, os lo haré saber... y si veis a alguien, una cabeza servirá por cada cabeza arrebatada.
Comencé a caminar solo por el pasillo que el azar había escogido para mí. Avancé callado, con paso firme y con mi brazo derecho extendido. Tenía el puño cerrado pero con los dedos pulgar y meñique abiertos como si fuesen la mirilla de mi visión. Si alguien intentaba pasarse de listo y asustarme, tan sólo tenía que saludarle de forma cordial. El pasillo finalmente se abrió dando lugar a una sala que parecía de descanso. Alertado por lo ocurrido con los cadáveres de antes, me quedé en la entrada de la habitación emitiendo una corriente de arena por mi mano izquierda que tenía libre. Mi control total sobre mi elemento podría servirme para poder toquetear e investigar todo desde la distancia, sin que me abrazasen explosiones repentinas. Recordaba cómo antes de descubrir la trampilla en la arena le comenté a Viktor que me tocaba convertirme en la Pisadeira, el espíritu de los mitos de mi isla que se colaba por las noches en las casas para sentarse encima de los que dormían y así inmovilizarlos y aterrarlos. Irónicamente, había llegado a una habitación con literas.
Resumen
Bélico
Gastos
Karmas aplicados
