31-05-2026, 09:43 AM
Levantarse a las 5:00 a.m.
Estar en servicio a las 6:00 a.m.
Patrullar el pueblo ese en donde viven campesinos ingenuos.
Reportarse, al final del día, en la base de la marina de Baterilla.
Repetir.
¡Era un infierno!
Lo mataría. Mataría a Rafael, el hombre responsable de que tuviera que hacer su trabajo desde una base de la marina en una isla tan pobre como aburrida, porque no hay manera de que pueda encontrar gracia en la cotidianidad tranquila de la que muchos se vanaglorian.
Ser parte de la marina en tan tedioso pueblo debía ser el trabajo más aburrido del mundo.
Y; sin embargo, sus doradas irises brillaban con interés cada vez que los berries llegaban a sus manos, cada vez que se sumaba un cliente a su lista de “pacientes”, a fin de cuentas, el lado bueno de haber podido infiltrarse con éxito en una base de la marina y, mejor aún, teniendo la bendición de alguien que, según le habían dicho, tenía influencias dentro, era que su trabajo —su verdadero trabajo —, sí que daba frutos.
Traficar desde la comodidad de un puesto del gobierno, por más bajo que fuera, hacía que la venta de humanos por partes se viera “legal”.
Esos pequeños detalles eran lo único que lo frenaban de marcar el contacto de Rafael para recitarle todos aquellos insultos de marinero que aprendió hace años, cuando viajaba con su vieja tripulación pirata.
—¿Qué será de ellos? —El pensamiento fugaz terminó como una pregunta pronunciada en voz alta que el viento arrastró, llevándola al olvido. ¿Para qué pensar en aquellos a los que él mismo entregó a la marina? No tenía caso y, aún así, de vez en cuando, rostros difusos, nombres incompletos y recuerdos a medias de sus antiguos compañeros regresaban a su mente que, aunque poco fiable, aun tenía espacio para ese viejo grupo. —¡Basta!
De pie, recostado en el barandal oxidado del faro, en un sitio en donde la luz de guía no llegaba, el hombre sacó de sus pantalones azul oscuro, una bolsita en cuyo interior reposaba un papel de consistencia aceitosa y más grueso que una simple página para escribir. Tenía un penetrante aroma a menta que el pelirrosa aspiró antes de meter su otra mano en el otro bolsillo de su pantalón para sacar otra bolsita, esta vez con una hierba bien desmenuzada.
Se acomodó mejor para arreglar la hierba dentro del papel saborizado y, aunque seguía de pie, sus brazos se acomodaron mejor en el borde del faro, buscando estabilidad y que el viento no se llevara consigo lo único que lo haría no volverse loco en un trabajo tan cargante.
Con una destreza envidiable y la agilidad manual que años de prácticas de cirugías clandestinas le otorgaron, el “médico” terminó su preparación en un parpadeo y, en un par de segundos más, habiéndose colocado el papel enrollado en sus labios, permitiéndose gozar la sensación friolenta que la menta generaba en sus labios, encendió el cigarrillo con rapidez. El viento, como si lo consintiera, se detuvo por el tiempo suficiente para que el fuego quemara la punta del cigarro, a la cual le dio una gran calada casi de manera inmediata.
—Sí, a esto vine…no a deprimirme con fantasmas del pasado —. Hablaba para sí mismo, aunque en verdad eran solo pensamientos que terminaban traicionando su cuerpo y escapándose por su garganta…una mala costumbre que debía controlar, pero no hoy.
Suficiente había tenido con una semana muerta, con una semana en la que le tocó ser el marine perfecto, ideal, el soldadito a la que las señoras le dan los buenos días y que los abuelitos buscan para que los ayuden con las compras. ¡Vaya farsa se había montado! Si esos inocentes ciudadanos supieran a que se dedicaba en verdad, ni siquiera se le acercarían.
Una calada más de aquel cigarro le recordó que detestaba fumar. El humo era desagradable, la boca quedaba con un sabor amargo que, al menos hoy, era matizado con el papel de menta y, sobre todo, el daño que estas sustancias hacían a su cuerpo eran gravísimas a la larga…menos mal no era un adicto, aunque, si lo fuera…se salvaría de que traficantes —gente como él mismo —, lo pusieran en la mira como un posible donante obligado….Eso último lo hizo reír y, por consecuencia, dar una calada más profunda a aquella droga que esperaba que empezara a hacerle efecto pronto.
Menos mal hoy era su día libre del falso trabajo de la marina. Podría despertarse a la hora que quisiera, no tenía que salir de su habitación y, por supuesto, no tenía que fingir…Que curioso, siempre se le dio bien fingir, pero hacerlo tan seguido, todos los días y a toda hora, empezaba a pasarle factura.
Por eso, apenas su turno terminó, se alejó de la base y los serpenteantes caminos del pueblo, cubiertos de adoquines que se volvían más rústicos y rocosos a medida que se alejaba de las calles principales, lo llevaron hasta las faldas del faro en el que ahora, desde la cima, podía observar con claridad las pocas luces que iluminaban el interior de algunas de esas casitas de barro que inundaban aquel aburrido pueblo, pero, lo que más llamaba la atención del hombre no era la disposición de las casas en aquella islita, no…era el interminable mar negro cuyas olas embravecidas chocaban contra el pedregal bajo el faro.
El mar…siempre tan hipnotizante, tan atrayente.
De nuevo su mente empezó a sobre pensar. Se vio a su mismo más joven, subido al nido de cuervos del “Corona de Espinas, su antiguo barco, recibiendo el viento marino en la cara mientras intentaba concentrarse en la lectura de algún libro sobre herbolaria o anatomía…En ese sitio, alejado del bullicio de la cubierta, era el único lugar en donde tenía algo de paz para estudiar sin ser interrumpido.
Cuando el humo, fresco como el aire nocturno, salió de sus labios y se elevó al cielo, la vista dorada del médico se elevó junto con este. Ahora no prestó atención al mar, si no a las estrellas que guiaban a los marineros…el navegante de su grupo, un viejo malhumorado, siempre intentó que él memorizara algunas, nunca tuvo éxito… ¿Por qué pensaba en eso ahora? De repente, sintió su corazón apretado…todo su cuerpo se sintió apretado, encadenado, atrapado.
Tanto tiempo había pasado en tierra que, ahora, estando en ese faro, recibiendo de frente el aroma salino del mar que, aunque poco lo sentía, podía imaginarlo, empezó a añorar aquella vida de antaño… ¿Era libre? Bueno, la libertad era un término que podía debatir…a fin de cuentas, su primera interacción con esa vieja tripulación no fue en calidad de compañero si no como prisionero, simplemente, la vida dio una vuelta inesperada… ¿A eso se le llamaba síndrome de Estocolmo? Ahora mismo no tenía la agilidad mental para analizarlo.
Las primeras cenizas del cigarro cayeron, manchando la pulcra camisa blancas de mangas cortas que usaba todo soldado raso de la marina. No le molestó, de hecho, lo hizo soltar una risita. Quizá su pequeña “medicina” para relajarse empezaba a hacer efecto.
O tal vez no…tal vez solo era su alma buscando zafarse de la falsa vida que se había montado en Baterilla… ¿Qué necesitaba en este instante? —No estaría mal volver a sentir el viento en la cara mientras deambulo por el mar.
Soltó una risa más y, antes de que llevara el cigarro de vuelta a su boca. El pelirrosa dobló sus rodillas ligeramente para impulsarse y dar un salto que hizo que las suelas de sus botas negras quedaran apoyadas con firmeza en el delgado barandal del faro.
Se tambaleó un poco antes de estabilizarse por completo. No miró hacia abajo, hacia el abismo rocoso y mojado al que caería si resbalaba…No. Miró hacia el frente, hacia el horizonte…Anheló salir de esa isla.
La brisa marina le pegó en el rostro, sopló tan fuerte que avivó la llama del cigarro para terminar apagándola y, además, hizo que la gorra que llevaba la palabra “marine” escrita en el frente, saliera volando hacia los pies de… ¿De quién? De alguien más…de alguien que el médico no había notado que acababa de llegar y que, lo que vería, sería a una persona cerca, peligrosamente cerca, de cometer una locura…Bueno, eso pensaría cualquiera que lo viera en esa posición tan arriesgada.
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