31-05-2026, 11:31 AM
Los cien metros que separan a los tres marines del teleférico nunca llegan a cubrirse del todo pues, tras avanzar cincuenta metros sobre la nieve manchada de rojo – dejando a sus espaldas la montaña de cadáveres de Lapahn que se extiende de roca a conífera cerrando el camino como un muro improvisado – con los músculos quemando y los uniformes rasgados, el sonido de ruedas sobre la nieve llega desde el norte del camino acompañado de las carcajadas burlonas de su conductor. Es justo la carcajada de alguien que lleva tiempo esperando exactamente este momento. La carreta aparece entre los abetos a unos treinta metros, tirada por dos osos de un tamaño que no tiene nada de doméstico, cada uno rozando los tres metros de altura en cuatro patas con el pelaje oscuro y los ojos pequeños y fijos en los tres marines con expresión feroz. La carreta en sí es grande y robusta, de madera oscura con la carga cubierta por una lona atada con cuerdas, y avanza sin prisa.
Betrug detiene la carreta a diez metros de los tres marines y se pone de pie sobre el asiento con una soltura que contrasta con el frío y con la situación, su abrigo de pieles oscuras todavía perfectamente cerrado y la capucha echada hacia atrás por primera vez, dejando ver una cara angulosa con una sonrisa que no tiene ninguna calidez. Les mira a los tres uno por uno, asintiendo para si mismo mientras observa los uniformes rasgados y la sangre en la nieve, y su sonrisa se ensancha antes de que abra la boca – “Tengo que reconocer que no esperaba que lo lograran” – dice dirigiéndose directamente a los tres marines – “trescientos Lapahn eran un problema considerable, pero tres marines mermados son un problema considerablemente menor” – su sonrisa burlona se extiende sobre la comisura de su boca mientras continua hablando – “así que les agradezco el servicio. Han despejado el camino que yo necesitaba, y ahora lo único que queda entre el Castillo de Drum y yo son ustedes tres.” – sentencia, echando un vistazo al teleférico a cincuenta metros para luego volver la mirada a los marines – “El rey de Drum va a abdicar esta noche. Y los médicos de esta isla, incluyendo el marido de esa mujer enferma que tan gentilmente fueron a visitar esta mañana, serán la garantía de que así sea.”
A cuarenta metros a las espaldas de Bertrug, los cadáveres de trescientos Lapahn forman una barrera de pelaje blanco y nieve roja que bloquea el camino de extremo a extremo, sus cuerpos apilados hasta los siete metros en los flancos y desparramados por el corredor central como árboles caídos por una tormenta. El aire huele a sangre y a pino y a la nieve fresca que sigue cayendo sobre los muertos con la misma indiferencia con la que cubre cualquier otra cosa en Drum. Cincuenta metros por detrás de los marines, suponiendo que voltearan al oír a Bertrug, la estructura metálica del teleférico cruje levemente con el viento, sus cabinas balanceándose sobre el vacío como si esperasen el desenlace para cargar al vencedor hacia el castillo. En el centro de todo, a diez metros de tres marines heridos y de pie sobre su carreta, Betrug sonríe desde lo alto mientras los dos osos a su frente observan con esos ojos pequeños y fijos que no han parpadeado desde que apareció entre los abetos.
Betrug detiene la carreta a diez metros de los tres marines y se pone de pie sobre el asiento con una soltura que contrasta con el frío y con la situación, su abrigo de pieles oscuras todavía perfectamente cerrado y la capucha echada hacia atrás por primera vez, dejando ver una cara angulosa con una sonrisa que no tiene ninguna calidez. Les mira a los tres uno por uno, asintiendo para si mismo mientras observa los uniformes rasgados y la sangre en la nieve, y su sonrisa se ensancha antes de que abra la boca – “Tengo que reconocer que no esperaba que lo lograran” – dice dirigiéndose directamente a los tres marines – “trescientos Lapahn eran un problema considerable, pero tres marines mermados son un problema considerablemente menor” – su sonrisa burlona se extiende sobre la comisura de su boca mientras continua hablando – “así que les agradezco el servicio. Han despejado el camino que yo necesitaba, y ahora lo único que queda entre el Castillo de Drum y yo son ustedes tres.” – sentencia, echando un vistazo al teleférico a cincuenta metros para luego volver la mirada a los marines – “El rey de Drum va a abdicar esta noche. Y los médicos de esta isla, incluyendo el marido de esa mujer enferma que tan gentilmente fueron a visitar esta mañana, serán la garantía de que así sea.”
A cuarenta metros a las espaldas de Bertrug, los cadáveres de trescientos Lapahn forman una barrera de pelaje blanco y nieve roja que bloquea el camino de extremo a extremo, sus cuerpos apilados hasta los siete metros en los flancos y desparramados por el corredor central como árboles caídos por una tormenta. El aire huele a sangre y a pino y a la nieve fresca que sigue cayendo sobre los muertos con la misma indiferencia con la que cubre cualquier otra cosa en Drum. Cincuenta metros por detrás de los marines, suponiendo que voltearan al oír a Bertrug, la estructura metálica del teleférico cruje levemente con el viento, sus cabinas balanceándose sobre el vacío como si esperasen el desenlace para cargar al vencedor hacia el castillo. En el centro de todo, a diez metros de tres marines heridos y de pie sobre su carreta, Betrug sonríe desde lo alto mientras los dos osos a su frente observan con esos ojos pequeños y fijos que no han parpadeado desde que apareció entre los abetos.
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