02-06-2026, 12:40 PM
32 de invierno, Isla Neur, alrededor de las 13:30.
Últimamente, Barald había pillado por costumbre pasar por la Ciudad de Lègance. Por entre sus calles empedradas, sus fachadas de piedra cuidadosamente conservadas, aquella atmósfera de refinamiento que hasta los establecimientos más humildes conservaban, había encontrado algo semejante a la comodidad. Pero de todos los restaurantes de la ciudad había uno al que volvía una y otra vez. Puede que fuera por la calidad de la cocina, puede que por la tranquilidad del ambiente o por la agradable música que solía acompañar las comidas, sin imponerse nunca a la conversación de los comensales. Aunque fuese por lo que fuese, el establecimiento se había acabado convirtiendo en una pequeña rutina dentro de sus días, hasta el punto de que parte del personal ya le reconocía nada más cruzar la puerta.
Una de las camareras, sobre todo, destacaba entre aquellos rostros ya familiares. Barald, en sus anteriores visitas, había cruzado unas cuantas palabras con aquella muchacha de fácil sonrisa, modales educados y unos grandes atributos femeninos que no pasaban desapercibidos a los hombres. Era una chica peliroja, ciertamente juvenil, mas o menos de la edad de Barald. Era siempre muy educada con el y parecia una buena trabajadora. Nunca habían tenido conversaciones especialmente profundas, solo comentarios ocasionales mientras ella servía una copa o recogía los platos vacíos, pero había cierta familiaridad entre ellos. Lo extraño era que, mientras que con los demás clientes parecía moverse con soltura, la chica se ponía un poco nerviosa cuando tenía que atender su mesa. En ocasiones, sus ojos se desviaban un instante más de lo normal, otras parecía olvidar alguna frase a mitad de camino o tardaba unos segundos de más en contestar a preguntas sencillas. Eran detalles pequeños, fáciles de pasar por alto para cualquiera, pero repetidos lo suficiente como para llamar la atención.
Pero aquel día había algo diferente. La joven se quedó un par de segundos más junto a la mesa tras servirle la comida y asegurarse de que no necesitaba nada más, jugueteando distraídamente con la bandeja que sostenía entre las manos como si estuviera reuniendo el valor necesario para decir algo. Por fin respiró, echó un rápido vistazo a su alrededor para comprobar que nadie la miraba y se inclinó ligeramente hacia él con una sonrisa en la que se mezclaban los nervios y la determinación, apretando la bandeja contra sus sorprendentes pechos.
-Sé que puede parecer raro... pero esta noche hay una fiesta privada en una mansión en las afueras. Una especie de fiesta exclusiva. Música, invitados importantes, buena comida... cosas así. -Hizo una pequeña pausa antes de continuar- Tengo una invitación para un acompañante y... bueno... pensé que quizás te gustaría venir conmigo…
La propuesta cogió a Barald por sorpresa, más aún tratándose de alguien con quien apenas había cruzado unas cuantas palabras amables. Pero mientras la muchacha aguardaba una respuesta se veía bien que aquello no era una invitación improvisada ni una ocurrencia nacida del momento. Había reunido todo el valor que poseía para invitar a Barald al evento, y era evidente en los pequeños gestos que la delataban. Se veía que la presencia del muchacho la ponía muy nerviosa.
Por otra parte, Barald, aunque no era de fiarse de ese tipo de situaciones, la chica le llamaba la atención. Ya no solo por su actitud ni por su físico, el cual también conseguía ponerle ligeramente nervioso, sino por la valentía que había demostrado al invitarle como acompañante para un evento de semejante calibre. Así que, en agradecimiento por aquel gesto y por poder seguir disfrutando de su compañía, terminó aceptando la invitación de la muchacha con una sonrisa.
La muchacha sonrió al instante ante la respuesta afirmativa de Barald, como si se le hubiera quitado un gran peso de encima. Por un momento pareció dudar entre conservar la compostura o abandonarse a la alegría, pero sin duda se impuso esta última. Con las mejillas ligeramente sonrojadas, le explicó que aquella misma noche tendría lugar el evento en la Mansión Valmont, una elegante finca situada a las afueras de Lègance, junto a las colinas que dominaban la ciudad. Al atardecer comenzaba la recepción y poco después empezaban a llegar los invitados.
-Entonces nos vemos allí... -dijo intentando mantener la calma, aunque la emoción en su voz la delataba por completo.
Después hizo una pequeña y apresurada reverencia, giró sobre sus talones y volvió a su trabajo con una sonrisa que no podía ocultar. Por unos segundos, incluso pareció moverse con más energía de la habitual entre las mesas del restaurante, como una adolescente que acababa de conseguir aquello que llevaba días reuniendo valor para intentar.
Ya había caído la noche sobre la Isla Neur cuando Barald llegó por fin a los jardines de la Mansión Valmont. El camino de entrada a la propiedad se extendía en sinuosas curvas a lo largo de suaves colinas, cubiertas de jardines perfectamente cuidados y bañadas por la cálida luz de decenas de faroles de hierro forjado, que rompían la oscuridad del entorno. Conforme se iba acercando, la mansión en sí misma iba apareciendo en todo su esplendor. La casa, erguida sobre una ligera elevación del terreno, dominaba el paisaje como un pequeño palacio privado, construido en piedra clara y coronado por tejados de pizarra oscura que relucían bajo la luz de la luna. Los ventanales altos se extendían a lo largo de la mayor parte de la fachada principal, y permitían que la luz del interior se escapara hacia los jardines, dando un aspecto acogedor a un edificio de impresionantes dimensiones.
Una gran escalinata conducía a la entrada, flanqueada por estatuas de mármol y parterres impecablemente cuidados, en los que florecían decenas de variedades de flores ornamentales. De la entrada principal no paraban de llegar carruajes elegantes, de los que se bajaban nobles, ricos comerciantes, funcionarios del reino e invitados de toda clase que lucían para la ocasión sus mejores galas. Los trajes de seda hechos a medida, las joyas capaces de alimentar a una familia entera durante años y los brillantes reflejos bajo las luces exteriores, todo ello mientras pequeños grupos conversaban animadamente antes de entrar.
Junto a la entrada principal aguardaba la joven camarera. Sin embargo, aquella noche parecía una persona completamente distinta.
Vestía un elegante vestido de noche que realzaba su figura y que contrastaba enormemente con la imagen sencilla que Barald había conocido durante las últimas semanas entre las mesas del restaurante. Al verlo aparecer, una sonrisa sincera iluminó su rostro mientras levantaba una mano para saludarlo desde la distancia. La joven se acercó hasta él y, por primera vez desde que se conocían, pareció reparar en un detalle tan simple como importante.
-Creo que es un poco vergonzoso haber llegado hasta aquí sin presentarnos siquiera... -comentó entre una pequeña risa nerviosa mientras apartaba un mechón de cabello tras la oreja- Me llamo Celeste.
La muchacha tendió la mano un poco cortésmente, pero sin perder aquella sonrisa cariñosa que le había mostrado tantas veces cuando le atendía. Barald puso una sonrisa leve y se presentó educadamente.
Unos cuantos hombres uniformados estaban distribuidos por las entradas principales y los jardines cercanos, observando sin hacer ruido la constante afluencia de invitados. No tenían la rigidez de soldados profesionales, pero era obvio que sabían lo que hacían. Cada invitación era controlada para entrar en el recinto y algunas parejas de guardias daban vueltas alrededor, vigilando cualquier incidente que pudiera perturbar una velada reservada solo a la alta sociedad de Neur. Celeste entregó las invitaciones correspondientes al personal de acceso, intercambió unas breves palabras con uno de los responsables de seguridad y, apenas unos instantes después, ambos recibieron autorización para cruzar las enormes puertas de la mansión.
Nada más cruzar las enormes puertas de la mansión, una agradable corriente de aire cálido les dio la bienvenida.
El contraste con el fresco de la noche era inmediato. Un amplio vestíbulo se abría ante ellos, iluminado por enormes lámparas de cristal que colgaban del techo y reflejaban su luz sobre los suelos de mármol pulido.
No tardaron en ser recibidos por uno de los mayordomos de la finca. El hombre, alto y de porte recto, vestía el impecable uniforme negro propio del servicio de la casa, acompañado de unos guantes blancos y una elegante máscara negra que cubría completamente la cara. Su diseño era sencillo, pues era una máscara que cubría por completo su cara, ocultaba por completo sus rasgos bajo una combinación de porcelana negra y detalles dorados que dificultaban distinguir cualquier detalle reconocible. Todos los trabajadores del servicio parecían llevar la misma máscara, así que no era nada fuera de lugar.
-Bienvenidos a la Mansión Valmont. Esperamos que disfruten de la velada.
Su voz era tranquila y profesional, la de alguien acostumbrado a recibir invitados importantes todas las semanas.
Con un movimiento medido señaló una mesa cercana donde descansaban decenas de máscaras preparadas para los asistentes.
-Por deseo del anfitrión, esta noche todos los presentes participarán bajo anonimato. Les rogamos que mantengan sus máscaras puestas durante toda la celebración.
Las había de toda clase. Algunas imitaban aves exóticas, otras representaban lobos, ciervos o criaturas fantásticas. Había modelos sencillos de colores oscuros y otros mucho más ostentosos, decorados con pan de oro, pequeñas piedras ornamentales y elaborados grabados.
Celeste sonrió de inmediato al verlas.
-¿Lo ves? Ya te dije que era una fiesta especial.
La joven se acercó sin ocultar su entusiasmo y tomó una máscara de tonos carmesíes adornada con delicados detalles dorados que combinaban a la perfección con su vestido. Durante unos segundos giró sobre sí misma para enseñársela a Barald, divertida como una niña pequeña a la que acabasen de regalar algo que llevaba tiempo deseando.
Mientras tanto, el mayordomo aguardó pacientemente a que Barald eligiese la suya.
Máscaras
Una vez ambos estuvieron preparados, tras mirar quizá demasiado a Celeste, ya fuera por su actitud o por su elogiable aspecto, el hombre realizó una ligera inclinación de cabeza antes de apartarse para permitirles continuar.
Más allá del vestíbulo, el verdadero corazón de la fiesta se extendía ante ellos.
Un enorme salón principal ocupaba buena parte de la planta baja de la mansión. Decenas de invitados conversaban formando pequeños grupos repartidos por toda la estancia, mientras camareros vestidos de blanco circulaban entre ellos transportando bandejas cargadas de bebidas y aperitivos. Al fondo, una pequeña orquesta interpretaba melodías suaves que se mezclaban con el murmullo constante de las conversaciones.
La pista de baile ocupaba el centro de la sala, donde varias parejas ya comenzaban a moverse al ritmo de la música. Cerca de los ventanales podían verse algunas puertas abiertas que daban acceso a una amplia terraza exterior desde la que se divisaban los jardines iluminados por la luna. En el extremo opuesto, varios invitados rodeaban a un hombre elegantemente vestido que parecía monopolizar buena parte de la atención de la velada. Todo indicaba que se trataba del anfitrión del evento, ocupado en recibir felicitaciones y mantener conversaciones con distintos miembros de la alta sociedad local.
La fiesta parecía encontrarse en ese punto perfecto donde la noche ya había arrancado, pero todavía quedaban horas por delante. Los invitados se distribuían por todo el salón formando pequeños grupos que nacían y desaparecían constantemente. Hombres y mujeres ocultos tras máscaras de toda clase conversaban animadamente sin preocuparse demasiado por revelar su identidad, aprovechando precisamente el anonimato que ofrecía la velada para hablar con personas a las que probablemente nunca se habrían acercado en otras circunstancias.
No obstante, había una figura que inevitablemente atraía buena parte de las miradas de la sala: El anfitrión.
A diferencia del resto de asistentes, parecía incapaz de permanecer más de unos minutos sin que alguien reclamase su atención. Allí donde se detenía surgían nuevas conversaciones, brindis o felicitaciones. Algunos invitados parecían conocerle personalmente, mientras que otros simplemente aprovechaban la ocasión para presentarse o intercambiar unas palabras con el hombre responsable de haber organizado una velada de semejante magnitud. La máscara del anfitrión era distinta a las demás, pues era la única completamente blanca, hecha de cerámica con detalles plateados, le cubría por completo la cara, dejando oculta su identidad. No era algo extraño, pues parecía hecho a propósito, ya que era relativamente similar a las máscaras que portaba el servicio, pero a la inversa, blanca en vez de negra, cosa que le hacía destacar aún más.
Lo más curioso era que no parecía rehuir ninguna de aquellas interacciones. Recibía a todo el mundo con educación, dedicando tiempo tanto a nobles de renombre como a completos desconocidos. Incluso desde la distancia daba la impresión de ser una persona cercana y accesible, más interesado en que todos disfrutasen de la celebración que en presumir de ella, al final aquella era la intención de la velada, que la identidad fuera algo secundario. Lo que importaba era el contenido de la persona, no la fachada de cada uno.
Cerca de la pista de baile, varias parejas se dejaban llevar por la música mientras otras aguardaban observando o intercambiando comentarios entre risas. Celeste parecía lanzar alguna que otra mirada en aquella dirección, incapaz de ocultar que la idea de bailar le resultaba bastante atractiva. No llegaba a decirlo abiertamente, pero tampoco parecía esforzarse demasiado en disimularlo.
Por otra parte, una elegante barra ocupaba uno de los laterales del salón. Tras ella, varios camareros preparaban cócteles de colores imposibles, servían vinos de importación y llenaban copas sin apenas descanso, mientras algunos invitados se acercaban simplemente a beber algo o a iniciar conversaciones improvisadas con completos desconocidos.
Más allá de los grandes ventanales abiertos se encontraba una amplia terraza exterior que rodeaba parte de la mansión. Algunos invitados entraban y salían constantemente de aquella zona, aprovechando el aire fresco de la noche para fumar, descansar unos minutos del bullicio o simplemente disfrutar de las vistas de los jardines iluminados. Según parecía, había sido una petición expresa del anfitrión habilitar aquel espacio para evitar que el humo terminase invadiendo el interior de la finca.
Fue precisamente entonces cuando una figura conocida reapareció entre el movimiento constante de empleados. El mismo mayordomo que les había recibido en la entrada se acercó portando una bandeja de plata sobre la que descansaban varias copas elegantemente servidas, todas parecian ser bebidas alcoholicas sencillas como Champagne y Vino. Con absoluta naturalidad se detuvo junto a ellos y les ofreció una copa de vino a cada uno.
-Cortesía de la casa. Esperamos que la velada esté siendo de su agrado.
No parecía haber nada extraño en aquello. De hecho, otros empleados realizaban exactamente el mismo servicio por distintos puntos del salón. Aun así, resultaba llamativo comprobar cómo aquel hombre parecía desempeñar cada tarea con una profesionalidad impecable, moviéndose entre los invitados con la misma naturalidad que si llevase años trabajando allí.
Tras una breve inclinación de cabeza primero hacia el, y luego hacia Celeste, continuó su camino entre la multitud, desapareciendo poco después entre conversaciones, máscaras y copas de cristal.
Entre la música, las risas, el constante ir y venir de invitados y la cantidad de posibilidades que ofrecía la finca, la noche apenas acababa de comenzar. Celeste permanecía junto a él, el anfitrión seguía rodeado de admiradores y la terraza exterior ofrecía una alternativa más tranquila para quienes deseaban alejarse durante unos minutos del bullicio del salón principal.
La decisión de cómo pasar el resto de la velada quedaba únicamente en manos de Barald.
La Mascarada de Valmont
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