04-06-2026, 12:53 PM
(Última modificación: 04-06-2026, 01:52 PM por Kael Omuyaga.)
En la mente del azabache las elucubraciones en terminología noble funcionaban de una manera especialmente distinta. Por un lado, su mente de Marine era la intencionalidad de un hombre modélico, sin fallos en sus formas, procedimientos y capacidades para obedecer y acatar ordenes sin mostrar duda ni cuestionamiento a la autoridad. Por otro lado, desarrollar de nuevo su lado humano lo estaba llevando a errar, cometer una serie de errores en un sistema de prueba y error para el que sin duda estaba dispuesto a hacer cosas que en circunstancias diferentes jamás se hubiese siquiera planteado.
Su mente, cuando se trata de la altas esferas, no responde a ninguno de estos dos planteamientos anteriormente descritos.
Y eso Shin lo sabía mejor que nadie.
Su mano era una cuchilla generosa. Dónde podía ofrecer bondad en lo que podría considerar un regalo, es capaz de entregar un corte tan fino que la sangre no sería revelada hasta minutos después, cuando el causante de aquella herida ni siquiera pudiera ser identificado si no se había prestado la suficiente atención. En el dinero, ninguna amistad es suficiente como para permitir el lujo de gastar sin control.
¿Y la fiesta? Aquel lugar era un archivo confidencial entregado en forma de sonidos, gestos, miradas e intenciones ocultas difíciles de leer sin la debida interpretación. La oscuridad acecha en cada rincón, y un vistazo al profundo abismo de aquel lugar recubierto de oro y plata con adornos extravagantes podía ser el mayor infierno al que un mundano podría acceder si no se poseían las herramientas y se seguía el procedimiento correcto. Ni siquiera aquellos que abrazaron ese destino están exentos de preocupaciones...
El albino tomó la iniciativa, adecuándose a su lado un apoyo al que podría utilizar, y al mismo tiempo, mantener controlada para evitar que su descargo de emociones afectase al proceder de esta invitación. Posiblemente, si conseguía centrarla en lo importante, conseguiría de la albina mejor información de la que él mismo podría llegar a recabar, y sin embargo, eso a él le daba una mejor capacidad de desplegarse en su campo de juegos favorito.
Guardó silencio, tomando entre sus dedos zurdos una de las copas ofrecidas, afirmando con la mirada un pequeño mensaje a su compañero del alma antes de abandonarlo, dejando que estos se dispersaran a su antojo...mientras él comenzaba su danza de influencias.
Escondido tras las virtudes de su máscara, Kael dejó que sus encantos hablasen por él. Entrevió la doble docena de cartas despachadas en la entrada, y eso le hizo asimilar un amasijo de personal conformado entre al menos cuarenta y sesenta personas en el interior, sin contar miembros del servicio. ¿La razón? Una de las reglas no escritas de ese mundo es siempre acudir con un acompañante a un evento de tales formalidades, incluso si estos no poseen ningún tipo de vicisitud, los cuáles son apodados como acompañantes florero. Naturalmente, también existen casos como los miembros de la marina, que acuden en conjunto formado un grupo más abultado, y en el que, en casos como el que nuestro hombre ahora se enfrenta, queda un eslabón un poco más libre de ataduras, vulnerable ante la presencia de entidades externas lateralmente hostiles, pero con la ventaja de usar sus cartas a su favor, si uno sabe como jugarlas.
Llevó sus pasos hacia el interior del salón, dejándose ver con una postura recta y firme, pero realizando su caminata de una forma ligeramente silenciosa, casi felina, permitiéndose así acceder hasta lo más profundo de la sala lentamente, buscando con la mirada aquello para lo que todo hombre libre está preparado: una dama sin caballero. No busca nadie destacable en su belleza, sino aquellas susceptibles en el placer que ofrece la suya, alguien que se vea debilitada por sus encantos realzados por su vestimenta de calidad, y ocultas bajo la mascara que deja ver tanto de sí mismo, y mantiene encerrados tantos otros que no piensa entregar...si no se esforzaban por ello.
Tan sólo debe ser paciente. Mantener los oídos plenamente conscientes de todo lo que a su alrededor se sucediera, contemplativos de pequeños cuchicheos que, cómo en toda la historia de la humanidad, han ofrecido más información de la que jamás ha llegado a ofrecerse con otros métodos conocidos por el ser humano.
Pero por supuesto, no toda es siempre bien recibida, y mucho menos sincera.
Su mente, cuando se trata de la altas esferas, no responde a ninguno de estos dos planteamientos anteriormente descritos.
Y eso Shin lo sabía mejor que nadie.
Su mano era una cuchilla generosa. Dónde podía ofrecer bondad en lo que podría considerar un regalo, es capaz de entregar un corte tan fino que la sangre no sería revelada hasta minutos después, cuando el causante de aquella herida ni siquiera pudiera ser identificado si no se había prestado la suficiente atención. En el dinero, ninguna amistad es suficiente como para permitir el lujo de gastar sin control.
¿Y la fiesta? Aquel lugar era un archivo confidencial entregado en forma de sonidos, gestos, miradas e intenciones ocultas difíciles de leer sin la debida interpretación. La oscuridad acecha en cada rincón, y un vistazo al profundo abismo de aquel lugar recubierto de oro y plata con adornos extravagantes podía ser el mayor infierno al que un mundano podría acceder si no se poseían las herramientas y se seguía el procedimiento correcto. Ni siquiera aquellos que abrazaron ese destino están exentos de preocupaciones...
El albino tomó la iniciativa, adecuándose a su lado un apoyo al que podría utilizar, y al mismo tiempo, mantener controlada para evitar que su descargo de emociones afectase al proceder de esta invitación. Posiblemente, si conseguía centrarla en lo importante, conseguiría de la albina mejor información de la que él mismo podría llegar a recabar, y sin embargo, eso a él le daba una mejor capacidad de desplegarse en su campo de juegos favorito.
Guardó silencio, tomando entre sus dedos zurdos una de las copas ofrecidas, afirmando con la mirada un pequeño mensaje a su compañero del alma antes de abandonarlo, dejando que estos se dispersaran a su antojo...mientras él comenzaba su danza de influencias.
Escondido tras las virtudes de su máscara, Kael dejó que sus encantos hablasen por él. Entrevió la doble docena de cartas despachadas en la entrada, y eso le hizo asimilar un amasijo de personal conformado entre al menos cuarenta y sesenta personas en el interior, sin contar miembros del servicio. ¿La razón? Una de las reglas no escritas de ese mundo es siempre acudir con un acompañante a un evento de tales formalidades, incluso si estos no poseen ningún tipo de vicisitud, los cuáles son apodados como acompañantes florero. Naturalmente, también existen casos como los miembros de la marina, que acuden en conjunto formado un grupo más abultado, y en el que, en casos como el que nuestro hombre ahora se enfrenta, queda un eslabón un poco más libre de ataduras, vulnerable ante la presencia de entidades externas lateralmente hostiles, pero con la ventaja de usar sus cartas a su favor, si uno sabe como jugarlas.
Llevó sus pasos hacia el interior del salón, dejándose ver con una postura recta y firme, pero realizando su caminata de una forma ligeramente silenciosa, casi felina, permitiéndose así acceder hasta lo más profundo de la sala lentamente, buscando con la mirada aquello para lo que todo hombre libre está preparado: una dama sin caballero. No busca nadie destacable en su belleza, sino aquellas susceptibles en el placer que ofrece la suya, alguien que se vea debilitada por sus encantos realzados por su vestimenta de calidad, y ocultas bajo la mascara que deja ver tanto de sí mismo, y mantiene encerrados tantos otros que no piensa entregar...si no se esforzaban por ello.
Tan sólo debe ser paciente. Mantener los oídos plenamente conscientes de todo lo que a su alrededor se sucediera, contemplativos de pequeños cuchicheos que, cómo en toda la historia de la humanidad, han ofrecido más información de la que jamás ha llegado a ofrecerse con otros métodos conocidos por el ser humano.
Pero por supuesto, no toda es siempre bien recibida, y mucho menos sincera.
Por eso hay que saber escuchar, y no solo tener un buen oído para trabajar.
Elegancia calculada
