07-06-2026, 07:44 AM
El cuerpo de un cigarrillo cayó inerte fuera de la caja, sobre su mano. Enji lo sostuvo entre índice y corazón; lo observó, lo olfateó y después, con el aroma del tabaco hormigueando en su paladar, le dió vida. El filtro se encharcó de saliva y ponzoña. ¿La punta? De fuego y brasa. Una profunda pitada infló sus pulmones de neblina, escondió sus incógnitas, acalló sus preguntas, y lo dejó flotar en la siempre apacible ignorancia, anestesiado del mundo y sus ansiedades.
—Juancho, dime por favor que eso que estás cocinando tiene algo de carne.
Reposaba a lomos de un viejo tronco, recostado y semi desnudo. Sus piernas yacían cruzadas sobre la corteza y la chaqueta que denotaba su rango, pulcra y debidamente doblada, se había convertido en una perfecta almohada. Miraba al cielo, despejado, y el cielo lo miraba a él, en calzones. Escuchaba los lejanos sonidos de la selva y su canto salvaje se superponía a la melodía de lo culinario, pues, a escasos metros, Juan Sebastián, compañero y amigo, se dejaba la vida por complacer los exigentes estómagos de la División 80.
Quien tomase la decisión de que el único vegetariano del grupo fuera el responsable de la comida debería de presentarse ante el tribunal de guerra por crímenes de lesa humanidad.
—Siguen insistiendo con la lechuga y un día de estos te despiertas sin pinza —dijo.
Últimamente, advirtió, se pasaba mucho tiempo meditando. Además de los habituales entrenamientos, las rondas de reconocimiento y los turnos de caza y recolección, dedicaba su par de horas diarias a sentarse en la playa, encender un cigarrillo y… pensar. Pensaba sobre las últimas noticias, lo que significaba ser un tenryubito y la responsabilidad de estar a cargo de la división; pensaba en el futuro, en el pasado y lo que desconocía; pensaba en su objetivo, su camino; y, sobre todo, pensaba en lo que estaba por venir. Pensaba en Neur, la próxima isla en la Corriente Akai, y en el cuartel que allí había. Necesitaba respuestas y ese era el único lugar donde creía poder encontrar algunas.
—¿Ah?
Su caracol, su Den Den Mushi, apareció reptando sobre la arena. Lo estaba pasando mal para poder acercarse. Enji se apiadó, se incorporó y lo recogió del suelo.
—¿Qué haces aquí, enano?
Y entonces, como si lo hubiera presentido, un mensaje llegó. Un mensaje perturbador. Un pedido de ayuda.
La nueva realidad los golpeó y agitó los cimientos de todo lo que tenían por cierto hasta ese momento. Kyodaina no era suya exclusivamente. Había alguien más, todo un grupo, y, aparentemente, habían sido emboscados. ¿Emboscados por quién? ¿Y por qué? Enji miró a Juan, después se levantó, recogió la chaqueta y se la colocó sobre los hombros. Del bolsillo interior sacó un Den Den Mushi blanco.
—Imagino que todos escucharon eso —dijo, dirigiéndose al Den Den Mushi que había en el barco, dónde Sigrid, Akira y Masato debían estar. Quedaron de avisarles cuando la comida estuviese lista. Al parecer, la cena tendría que aplazarse—. Juan y yo nos dirigiremos al norte en busca de esa cueva, pero no me fío una mierda. Quiero que recojan el ancla, desplieguen velas y se alejen de la playa. El Ford’s Transit estará a salvo en alta mar.
Colgando dentro del chaquetón estaban sus guantes. Los Jarngreipr, reparados y listos para repartir justicia. Justicia violenta. Enji se los colocó mientras le hablaba al caracol en su hombro.
—Juancho y yo haremos un reconocimiento. Los mantendré al tanto por Den Den Mushi. Si para la mañana no saben nada más de nosotros, probablemente no aguanté el hambre, herví a Juan para hacerme una sopa y después morí de indigestión —dijo, socarrón, mientras se robaba una cucharada sopera de lo que Juan había estado preparando—. Nos vemos.
El Den Den Mushi dejó de transmitir.
—Bueno… —Suspiró, mirando a Juan—. ¿Y si nos llevamos una vianda? ¡Shihahaha! ¡Vamos! Que se nos muere Rashford.
Y señaló al norte tras echar un vistazo a su brújula.
—Juancho, dime por favor que eso que estás cocinando tiene algo de carne.
Reposaba a lomos de un viejo tronco, recostado y semi desnudo. Sus piernas yacían cruzadas sobre la corteza y la chaqueta que denotaba su rango, pulcra y debidamente doblada, se había convertido en una perfecta almohada. Miraba al cielo, despejado, y el cielo lo miraba a él, en calzones. Escuchaba los lejanos sonidos de la selva y su canto salvaje se superponía a la melodía de lo culinario, pues, a escasos metros, Juan Sebastián, compañero y amigo, se dejaba la vida por complacer los exigentes estómagos de la División 80.
Quien tomase la decisión de que el único vegetariano del grupo fuera el responsable de la comida debería de presentarse ante el tribunal de guerra por crímenes de lesa humanidad.
—Siguen insistiendo con la lechuga y un día de estos te despiertas sin pinza —dijo.
Últimamente, advirtió, se pasaba mucho tiempo meditando. Además de los habituales entrenamientos, las rondas de reconocimiento y los turnos de caza y recolección, dedicaba su par de horas diarias a sentarse en la playa, encender un cigarrillo y… pensar. Pensaba sobre las últimas noticias, lo que significaba ser un tenryubito y la responsabilidad de estar a cargo de la división; pensaba en el futuro, en el pasado y lo que desconocía; pensaba en su objetivo, su camino; y, sobre todo, pensaba en lo que estaba por venir. Pensaba en Neur, la próxima isla en la Corriente Akai, y en el cuartel que allí había. Necesitaba respuestas y ese era el único lugar donde creía poder encontrar algunas.
—¿Ah?
Su caracol, su Den Den Mushi, apareció reptando sobre la arena. Lo estaba pasando mal para poder acercarse. Enji se apiadó, se incorporó y lo recogió del suelo.
—¿Qué haces aquí, enano?
Y entonces, como si lo hubiera presentido, un mensaje llegó. Un mensaje perturbador. Un pedido de ayuda.
La nueva realidad los golpeó y agitó los cimientos de todo lo que tenían por cierto hasta ese momento. Kyodaina no era suya exclusivamente. Había alguien más, todo un grupo, y, aparentemente, habían sido emboscados. ¿Emboscados por quién? ¿Y por qué? Enji miró a Juan, después se levantó, recogió la chaqueta y se la colocó sobre los hombros. Del bolsillo interior sacó un Den Den Mushi blanco.
—Imagino que todos escucharon eso —dijo, dirigiéndose al Den Den Mushi que había en el barco, dónde Sigrid, Akira y Masato debían estar. Quedaron de avisarles cuando la comida estuviese lista. Al parecer, la cena tendría que aplazarse—. Juan y yo nos dirigiremos al norte en busca de esa cueva, pero no me fío una mierda. Quiero que recojan el ancla, desplieguen velas y se alejen de la playa. El Ford’s Transit estará a salvo en alta mar.
Colgando dentro del chaquetón estaban sus guantes. Los Jarngreipr, reparados y listos para repartir justicia. Justicia violenta. Enji se los colocó mientras le hablaba al caracol en su hombro.
—Juancho y yo haremos un reconocimiento. Los mantendré al tanto por Den Den Mushi. Si para la mañana no saben nada más de nosotros, probablemente no aguanté el hambre, herví a Juan para hacerme una sopa y después morí de indigestión —dijo, socarrón, mientras se robaba una cucharada sopera de lo que Juan había estado preparando—. Nos vemos.
El Den Den Mushi dejó de transmitir.
—Bueno… —Suspiró, mirando a Juan—. ¿Y si nos llevamos una vianda? ¡Shihahaha! ¡Vamos! Que se nos muere Rashford.
Y señaló al norte tras echar un vistazo a su brújula.
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