08-06-2026, 04:55 PM
Cuando el golpe que asimilé estudiando a Garnet iba a impactar en el pecho del vaquero, un muro invisible de una presión extraordinaria me lanzó en dirección contraria con una fuerza casi paralela a mi desplazamiento, haciendo que mi cuerpo cruzase la estancia de lado a lado hasta estrellarse contra la pared contraria a la puerta. El impacto fue brutal y muy sonoro, enterrando mi cuerpo entre la maquinaria y el cableado de la pared, dejando por fuera mis piernas a la altura de las rodillas y mis brazos a la altura de los codos.
Mi kenbunshoku seguí activo en todo momento. Jolyne seguía viva, aunque mi disparo se había ejecutado con éxito. Tobías se plantaba en el centro de la habitación mientras Triana se convertía en fuego y se lanzaba hacia mi. Eran patéticos.
¿Cuánto más intentarían aquellos tres sobreponerse a mi absoluto genio? ¿No se cansaban de intentar una y otra vez acabar conmigo sin éxito? ¿Por qué querían perseverar si sólo estaban postergando su irremediable final? No podía comprenderlo. La opción lógica más evidente sería la de luchar por sobrevivir, por huir... no por seguir luchando. No por intentar acabar conmigo. Si no lo habían hecho ya, cuando había estado desolado y debilitado frente a ellos completamente vulnerable, no lo podrían hacer ahora.
Siempre, siempre, de alguna forma, tenía una carta más preparada en la manga para jugarla y ganar esta partida, y en su estado pese a que consiguiesen apagar este cuerpo no podrían continuar explorando el laboratorio y por tanto no podrían acabar conmigo.
Entonces mi cabeza empezó a compactarse contra mi pecho lentamente. Una presión invisible de nuevo, la fuerza de la gravedad fruto de los poderes de Tobías. Una contracción y una inmovilización parcial de mi cráneo contra mi torso que produjo varios daños en mi sistema y de pronto mi Kenbunshoku me alertó de la próxima arremetida de Triana, de nuevo, con su ataque estrella. Era la única lo suficientemente cerca como para poder intentar acabar conmigo... o al menos, con este cuerpo. Jolyne recargaba su rifle, Tobías había hecho lo que había podido encajándome aquí, pero Triana... no pude calcular si ese daño sería letal o no. Por un segundo, al verla saltando hacia mi después de haberse convertido en una columna de fuego en su desplazamiento previo, dudé. Dudé de las posibilidades de éxito que tendría contra ella. Dudé de si su ataque escondería algo más o no. Dudé de poder incorporarme de nuevo y acabar con todos los presentes. Dudé, y recubrí mi cabeza con mi Busoshoku para minimizar el daño de su ataque.
Sus espadas se descruzaron en mi cráneo, un impacto que me sacudió completamente y agrietó la piel sintética de mi rostro mostrando los circuitos y cableados internos, desfigurándome. Y si no me hubiese defendido con mi Busoshoku, sabía que ese ataque me habría seccionado la cabeza en cuatro.
— INICIANDO PROTOCOLO 66 — grité, preso de la desesperación clavado mi mirada en Triana mientras mis sistemas se iban apagando poco a poco llegando a mínimos de supervivencia — ¡Sois patéticos! — grité — Sólo habéis conseguido destruir cuatro androides y ni tan siquiera sois capaces de matarme ¡patéticos! — volví a gritar y la luz de mi pecho empezó a iluminarse cada vez más y más, adquiriendo una intensidad en aumento constante — ¡El protocolo 66 envía las últimas veinticuatro horas grabadas por toda mi tecnología a la sede de Marineford así que estáis vendidos! ¡Habéis atacado una instalación oficial del Gobierno protegida por un Shichibukai! ¡Habéis matado a un Shichibukai! ¡Yojimbo será ejecutado! ¡Vuestras recompensas serán tan altas que todos los cazadores del mundo vendrán a por vosotros! ¡A por lo que quede de vosotros porque voy a erradicar todo rastro de vida en esta instalación con mi autodestrucción y vais a lamentar el día que no obedecisteis mis órdenes! ¡¡Sucios monos inferiores ignorantes!! — grité y finalmente la luz de mi pecho llegó a un punto luminoso álgido y una explosión colosal surgió de mi cuerpo, arrasando por completo toda la sala y llenando todo de fuego, calor y destrucción. Una explosión ígnea que acababa por completo con mi cuerpo y comenzaba a producir una explosión en cadena en el resto de las maquinarias y tecnología de toda la sala, que saltaría a las siguientes salas. Todo el LABO y toda la tecnología acumulada, los proyectos creados, desarrollados y en desarrollo que tenía... ¡todo! Todo sería destruido y explotado, reducido a la última de las cenizas posibles, perdiendo mi progreso y mi investigación, pero acabando con esos inútiles petulantes.
Sólo el subnivel de la isla estaría a salvo. Sólo lo que ahí guardaba con el máximo celo sobreviviría a esta catarsis.
La ciencia no puede progresar sin sacrificio.
Mi kenbunshoku seguí activo en todo momento. Jolyne seguía viva, aunque mi disparo se había ejecutado con éxito. Tobías se plantaba en el centro de la habitación mientras Triana se convertía en fuego y se lanzaba hacia mi. Eran patéticos.
¿Cuánto más intentarían aquellos tres sobreponerse a mi absoluto genio? ¿No se cansaban de intentar una y otra vez acabar conmigo sin éxito? ¿Por qué querían perseverar si sólo estaban postergando su irremediable final? No podía comprenderlo. La opción lógica más evidente sería la de luchar por sobrevivir, por huir... no por seguir luchando. No por intentar acabar conmigo. Si no lo habían hecho ya, cuando había estado desolado y debilitado frente a ellos completamente vulnerable, no lo podrían hacer ahora.
Siempre, siempre, de alguna forma, tenía una carta más preparada en la manga para jugarla y ganar esta partida, y en su estado pese a que consiguiesen apagar este cuerpo no podrían continuar explorando el laboratorio y por tanto no podrían acabar conmigo.
Entonces mi cabeza empezó a compactarse contra mi pecho lentamente. Una presión invisible de nuevo, la fuerza de la gravedad fruto de los poderes de Tobías. Una contracción y una inmovilización parcial de mi cráneo contra mi torso que produjo varios daños en mi sistema y de pronto mi Kenbunshoku me alertó de la próxima arremetida de Triana, de nuevo, con su ataque estrella. Era la única lo suficientemente cerca como para poder intentar acabar conmigo... o al menos, con este cuerpo. Jolyne recargaba su rifle, Tobías había hecho lo que había podido encajándome aquí, pero Triana... no pude calcular si ese daño sería letal o no. Por un segundo, al verla saltando hacia mi después de haberse convertido en una columna de fuego en su desplazamiento previo, dudé. Dudé de las posibilidades de éxito que tendría contra ella. Dudé de si su ataque escondería algo más o no. Dudé de poder incorporarme de nuevo y acabar con todos los presentes. Dudé, y recubrí mi cabeza con mi Busoshoku para minimizar el daño de su ataque.
Sus espadas se descruzaron en mi cráneo, un impacto que me sacudió completamente y agrietó la piel sintética de mi rostro mostrando los circuitos y cableados internos, desfigurándome. Y si no me hubiese defendido con mi Busoshoku, sabía que ese ataque me habría seccionado la cabeza en cuatro.
— INICIANDO PROTOCOLO 66 — grité, preso de la desesperación clavado mi mirada en Triana mientras mis sistemas se iban apagando poco a poco llegando a mínimos de supervivencia — ¡Sois patéticos! — grité — Sólo habéis conseguido destruir cuatro androides y ni tan siquiera sois capaces de matarme ¡patéticos! — volví a gritar y la luz de mi pecho empezó a iluminarse cada vez más y más, adquiriendo una intensidad en aumento constante — ¡El protocolo 66 envía las últimas veinticuatro horas grabadas por toda mi tecnología a la sede de Marineford así que estáis vendidos! ¡Habéis atacado una instalación oficial del Gobierno protegida por un Shichibukai! ¡Habéis matado a un Shichibukai! ¡Yojimbo será ejecutado! ¡Vuestras recompensas serán tan altas que todos los cazadores del mundo vendrán a por vosotros! ¡A por lo que quede de vosotros porque voy a erradicar todo rastro de vida en esta instalación con mi autodestrucción y vais a lamentar el día que no obedecisteis mis órdenes! ¡¡Sucios monos inferiores ignorantes!! — grité y finalmente la luz de mi pecho llegó a un punto luminoso álgido y una explosión colosal surgió de mi cuerpo, arrasando por completo toda la sala y llenando todo de fuego, calor y destrucción. Una explosión ígnea que acababa por completo con mi cuerpo y comenzaba a producir una explosión en cadena en el resto de las maquinarias y tecnología de toda la sala, que saltaría a las siguientes salas. Todo el LABO y toda la tecnología acumulada, los proyectos creados, desarrollados y en desarrollo que tenía... ¡todo! Todo sería destruido y explotado, reducido a la última de las cenizas posibles, perdiendo mi progreso y mi investigación, pero acabando con esos inútiles petulantes.
Sólo el subnivel de la isla estaría a salvo. Sólo lo que ahí guardaba con el máximo celo sobreviviría a esta catarsis.
La ciencia no puede progresar sin sacrificio.
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