09-06-2026, 02:52 AM
La espesura de la selva los recibió con los brazos abiertos; trazos de lianas, hojas y ramas pintaban el aire de un espeso rocío, el suelo crujía y chillaba bajo sus pies, que exprimían agua del terreno fangoso, y su aliento, como humo de un motor congestionado, brotaba blanco, evidencia del contraste del calor humano ( y gyojin ) con la atmósfera invernal. Estaba helando. La humedad complotaba en favor del viento sur, lo ayudaba a calar y penetrar el abrigo, penetrar la carne, socavar el hueso. Las copas de los árboles vibraban a merced de la brisa, y Enji, bajo la única protección de su chaquetón, atravesaba la maleza a machetazos.
O eso hubiera hecho de no haberse olvidado la cuchilla.
—¡Eh, Juan! ¿Tú no tienes garras o algo parecido cuando te travestis de tortuga? —Las hojas, bañadas de agua, se le pegaban a las manos cuando arrancaba follaje del camino. Los guantes protegían sus palmas, muñecas y antebrazos, pero la punta de los dedos no, y ya no las sentía.
Ese, por supuesto, era el último de sus problemas en ese momento.
El cielo cubierto, nublado, tapaba incluso la escasa luz de la luna. La selva estaba sumida en una penumbra absoluta, tan profunda e insondable que los pasos se volvían inciertos y el camino, traicionero. Una pincelada de mala suerte era todo lo que hacía falta para dilapidar su pequeña incursión. En un momento así, lo mejor era sacar y encender una buena antorcha.
Y eso hubiera hecho, de no haberse olvidado de sacar uno de los troncos de la fogata antes de apagarla y dejarla atrás. Sighs, tenía cosas que mejorar.
—Ya deberíamos estar cerca.
Se rascó el cuello y sintió la fina y brillante capa de humedad que se había instalado sobre él, como una segunda piel, acumularse debajo de las uñas. Que irritante; escapar del clima tropical de Baterilla para instalarse en una selva con forma de isla. Agradecía que, al menos, estaban en invierno. Y no planeaba quedarse para ver llegar la primavera.
Atravesaron el último arbusto y el aroma a muerte les dio la bienvenida.
—Hijo de… —Cortó sus propias palabras tapándose la boca y la nariz con el cuello de la chaqueta. El hedor era terrible, un olor ácido y penetrante que te hacía lagrimear. Bastaron menos de un par de pasos para que se volviera insoportable y las figuras del suelo tomaran forma humana: cadáveres—. El diablo… espero que ninguno de estos sea Rashford.
Se acercó a uno para corroborar sus heridas cuando, de la nada, de la mismísima oscuridad, una miríada de criaturas se abalanzó sobre ellos. Los sintió chillar, reconociendo el sonido y la forma de su oscura silueta cuando estaban demasiado cerca, y era demasiado tarde para hacer nada más que cruzar los brazos y cubrirse la cara.
Muchos pasaron a su lado, rasantes. Las garras acariciaron su piel abriendo cortes pequeños y heridas superficiales. Otros, más ansiosos, trataron de instalarse en su pecho y espalda, aferrarse a la carne y perforarle con sendos colmillos, sedientos de lo que corría por sus venas.
Lamentablemente para ellos, no sabían que la sangre no era lo único que corría dentro de Enji.
—¡YA SUÉLTENME! —gritó, y el veneno erupcionó de su cuerpo.
Los murciélagos que se aferraban a él, como abejas furiosas, no pudieron hacer nada para alejarse antes de que el ácido y tóxico líquido las empapara. Chillaron, convulsionaron en el aire y cayeron, lloviendo sobre el claro de cadáveres. Enji siguió secretando veneno. Lo movió por el aire, usando ambas manos para guiarlo, y los chupasangre murieron por docenas al entrar en contacto con una intrincada red de viscosos tentáculos que nacían de la espalda del marine y se abalanzaban sobre ellos.
—¡Me vendría bastante bien tener tu caparazón en un momento como este, Juancho! Parece que no se terminan más —comentó, viendo la manera en que se arremolinaban las criaturas. Parecían formar una sola masa en el aire, instintivamente coordinados y ágiles como sólo podía serlo un animal del cielo. Enji apretó los dientes—. Revisa si entre las cosas de esta gente hay un mechero, o una antorcha, lo que sea. ¡Y ustedes, muéranse de una vez! ¡Me los voy a comer en una sopa!
Aunque eso, sinceramente, era muy mala idea.
¿De dónde habían salido? Pronto dejarían de existir, y Enji tendría la libertad de inspeccionar la enorme pared de piedra que pareció desmenuzarse en un millar de criaturas hacía tan sólo un segundo. El veneno bullía dentro suyo, quería seguir explotando, pero lo contuvo. Siempre tenía que contenerlo.
O eso hubiera hecho de no haberse olvidado la cuchilla.
—¡Eh, Juan! ¿Tú no tienes garras o algo parecido cuando te travestis de tortuga? —Las hojas, bañadas de agua, se le pegaban a las manos cuando arrancaba follaje del camino. Los guantes protegían sus palmas, muñecas y antebrazos, pero la punta de los dedos no, y ya no las sentía.
Ese, por supuesto, era el último de sus problemas en ese momento.
El cielo cubierto, nublado, tapaba incluso la escasa luz de la luna. La selva estaba sumida en una penumbra absoluta, tan profunda e insondable que los pasos se volvían inciertos y el camino, traicionero. Una pincelada de mala suerte era todo lo que hacía falta para dilapidar su pequeña incursión. En un momento así, lo mejor era sacar y encender una buena antorcha.
Y eso hubiera hecho, de no haberse olvidado de sacar uno de los troncos de la fogata antes de apagarla y dejarla atrás. Sighs, tenía cosas que mejorar.
—Ya deberíamos estar cerca.
Se rascó el cuello y sintió la fina y brillante capa de humedad que se había instalado sobre él, como una segunda piel, acumularse debajo de las uñas. Que irritante; escapar del clima tropical de Baterilla para instalarse en una selva con forma de isla. Agradecía que, al menos, estaban en invierno. Y no planeaba quedarse para ver llegar la primavera.
Atravesaron el último arbusto y el aroma a muerte les dio la bienvenida.
—Hijo de… —Cortó sus propias palabras tapándose la boca y la nariz con el cuello de la chaqueta. El hedor era terrible, un olor ácido y penetrante que te hacía lagrimear. Bastaron menos de un par de pasos para que se volviera insoportable y las figuras del suelo tomaran forma humana: cadáveres—. El diablo… espero que ninguno de estos sea Rashford.
Se acercó a uno para corroborar sus heridas cuando, de la nada, de la mismísima oscuridad, una miríada de criaturas se abalanzó sobre ellos. Los sintió chillar, reconociendo el sonido y la forma de su oscura silueta cuando estaban demasiado cerca, y era demasiado tarde para hacer nada más que cruzar los brazos y cubrirse la cara.
Muchos pasaron a su lado, rasantes. Las garras acariciaron su piel abriendo cortes pequeños y heridas superficiales. Otros, más ansiosos, trataron de instalarse en su pecho y espalda, aferrarse a la carne y perforarle con sendos colmillos, sedientos de lo que corría por sus venas.
Lamentablemente para ellos, no sabían que la sangre no era lo único que corría dentro de Enji.
—¡YA SUÉLTENME! —gritó, y el veneno erupcionó de su cuerpo.
Los murciélagos que se aferraban a él, como abejas furiosas, no pudieron hacer nada para alejarse antes de que el ácido y tóxico líquido las empapara. Chillaron, convulsionaron en el aire y cayeron, lloviendo sobre el claro de cadáveres. Enji siguió secretando veneno. Lo movió por el aire, usando ambas manos para guiarlo, y los chupasangre murieron por docenas al entrar en contacto con una intrincada red de viscosos tentáculos que nacían de la espalda del marine y se abalanzaban sobre ellos.
—¡Me vendría bastante bien tener tu caparazón en un momento como este, Juancho! Parece que no se terminan más —comentó, viendo la manera en que se arremolinaban las criaturas. Parecían formar una sola masa en el aire, instintivamente coordinados y ágiles como sólo podía serlo un animal del cielo. Enji apretó los dientes—. Revisa si entre las cosas de esta gente hay un mechero, o una antorcha, lo que sea. ¡Y ustedes, muéranse de una vez! ¡Me los voy a comer en una sopa!
Aunque eso, sinceramente, era muy mala idea.
¿De dónde habían salido? Pronto dejarían de existir, y Enji tendría la libertad de inspeccionar la enorme pared de piedra que pareció desmenuzarse en un millar de criaturas hacía tan sólo un segundo. El veneno bullía dentro suyo, quería seguir explotando, pero lo contuvo. Siempre tenía que contenerlo.
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