09-06-2026, 05:38 PM
A medida que abandonaba los puntos más cercanos al pueblo de Gyasta, el terreno se iba haciendo cada vez más agreste y escarpado. La temperatura comenzó a descender rápidamente a medida que el mink ascendía hacia los bosques agrestes dónde habitaban los conejos gigantes conocidos como Lapahn. Mientras saltada de un árbol al siguiente, siempre atento a las ráfagas de viento que podían traerle algun aroma reconocible ahora que había fijado en su memoria el olor del marido de la pobra Violet.
En una de las ocasiones en las que Kibai asacendió hasta la copa de uno de los árboles para otear el horizonte y sacar de nuevo la bufanda para refrescar el olor en sus sentidos, varias de sus avispas le alertaron de la presencia de algo en la distancia. El mink arrugó el entrecejo y descendió por el árbol, deslizándose por la corteza clavando una de sus garras en el tronco para aminorar su caída y que no fuese un descenso a plomo. Mientras tanto, su otra mano se extendió generando un segundo centenar de avispas, las cuales se deslizaron por dentro de sus ropas, camuflandose perfectamente con las manchas de su pelaje. Aunque sus centinelas aladas no habían sido especialmente alarmistas en su informe, mejor prevenir que curar...
Al llegar al suelo, Kibai chasqueó los dedos, haciendo que el otro medio centenar de avispas que seguían en el aire descendiesen de nuevo hacia el, colocándose encima del Kanji de Justicia que el marine lucía orgullosamente en la espalda de su capa, mimetizándose de manera muy eficiente salvo que alguien se acercase demasiado a él. Asimismo, servirían como ojos en la nuca en caso de un ataque por la espalda.
Con las mano derecha apoyada sobre el pomo de Raimei, Kibai recorrió la distancia que le restaba hasta lo que habían divisado sus avispas a pie. A unos veinte metros, se detuvo por un momento para estudiar al animal que seguía caminando tranquilamente en su dirección. En un principio lo había tomado por un animal común y corriente pero cuando el mink estuvo más cerca, pudo comprobar con una leve sonrisa que se trataba de un oso montañero. Como buen explorador, había procurado visitar varias de las bibliotecas y tiendas de suministros de Drum en cuanto la División 60 había tocado tierra, pues muchas veces dependería de él el orientar al resto de sus compañeros en qué animales se podían cruzar en su camino o qué plantas podían resultar comestibles o venenosas.
Aquellos osos no eran especialmente peligrosos, pero si estrictos en sus modales. Por ello, Kibai redujo el ritmo de su caminata, y cuando el oso se encontraba a aproximadament cinco metros de él, el mink lo saludó con una cortés reverencia, inclinado la cabeza y el torso en un ángulo de cuarenta y cinco grados.
Cuando terminó su saludo, fue consciente de la bufanda que portaba aquel oso, y, conteniendo el aliento, la examinó desde la distancia, tratando de ver alguna mancha de sangre o signos de lucha en ella. Acto seguido, hizo un gesto al oso de que detuviese su caminata, maldiciéndose por no ser capaz de entenderse con los animales como tenía entendido que era posible. No obstante, aquellas especies eran inteligentes, a pesar de que no poseyesen capacidad de habla, de modo que el mink sacó de su bolsillo la bufanda y la señaló, señalando a continuación la prenda que portaba el propio oso, antes de agacharse para dibujar un signo de interrogación en la nieve y señalar de nuevo la bufanda que portaba el animal.
Con un poco de suerte, aquel encuentro fortuito podría darle alguna pista a mayores para continuar su búsqueda de los dos desaparecidos. Solo esperaba que la bufanda que portaba aquel oso no fuese un indicio de que su anterior dueño ya no la iba a necesitar...
En una de las ocasiones en las que Kibai asacendió hasta la copa de uno de los árboles para otear el horizonte y sacar de nuevo la bufanda para refrescar el olor en sus sentidos, varias de sus avispas le alertaron de la presencia de algo en la distancia. El mink arrugó el entrecejo y descendió por el árbol, deslizándose por la corteza clavando una de sus garras en el tronco para aminorar su caída y que no fuese un descenso a plomo. Mientras tanto, su otra mano se extendió generando un segundo centenar de avispas, las cuales se deslizaron por dentro de sus ropas, camuflandose perfectamente con las manchas de su pelaje. Aunque sus centinelas aladas no habían sido especialmente alarmistas en su informe, mejor prevenir que curar...
Al llegar al suelo, Kibai chasqueó los dedos, haciendo que el otro medio centenar de avispas que seguían en el aire descendiesen de nuevo hacia el, colocándose encima del Kanji de Justicia que el marine lucía orgullosamente en la espalda de su capa, mimetizándose de manera muy eficiente salvo que alguien se acercase demasiado a él. Asimismo, servirían como ojos en la nuca en caso de un ataque por la espalda.
Con las mano derecha apoyada sobre el pomo de Raimei, Kibai recorrió la distancia que le restaba hasta lo que habían divisado sus avispas a pie. A unos veinte metros, se detuvo por un momento para estudiar al animal que seguía caminando tranquilamente en su dirección. En un principio lo había tomado por un animal común y corriente pero cuando el mink estuvo más cerca, pudo comprobar con una leve sonrisa que se trataba de un oso montañero. Como buen explorador, había procurado visitar varias de las bibliotecas y tiendas de suministros de Drum en cuanto la División 60 había tocado tierra, pues muchas veces dependería de él el orientar al resto de sus compañeros en qué animales se podían cruzar en su camino o qué plantas podían resultar comestibles o venenosas.
Aquellos osos no eran especialmente peligrosos, pero si estrictos en sus modales. Por ello, Kibai redujo el ritmo de su caminata, y cuando el oso se encontraba a aproximadament cinco metros de él, el mink lo saludó con una cortés reverencia, inclinado la cabeza y el torso en un ángulo de cuarenta y cinco grados.
Cuando terminó su saludo, fue consciente de la bufanda que portaba aquel oso, y, conteniendo el aliento, la examinó desde la distancia, tratando de ver alguna mancha de sangre o signos de lucha en ella. Acto seguido, hizo un gesto al oso de que detuviese su caminata, maldiciéndose por no ser capaz de entenderse con los animales como tenía entendido que era posible. No obstante, aquellas especies eran inteligentes, a pesar de que no poseyesen capacidad de habla, de modo que el mink sacó de su bolsillo la bufanda y la señaló, señalando a continuación la prenda que portaba el propio oso, antes de agacharse para dibujar un signo de interrogación en la nieve y señalar de nuevo la bufanda que portaba el animal.
Con un poco de suerte, aquel encuentro fortuito podría darle alguna pista a mayores para continuar su búsqueda de los dos desaparecidos. Solo esperaba que la bufanda que portaba aquel oso no fuese un indicio de que su anterior dueño ya no la iba a necesitar...
La Caja de Pandora
