10-06-2026, 09:45 AM
(Última modificación: 10-06-2026, 09:46 AM por Fuguwu.
Razón: energia y espiritu
)
En el momento que el dragón plegó sus alas por completo adoptando una forma completamente aerodinámica el mundo desapareció tras una brutal caída de la cual no hubo aviso y durante lo que se sintió como una eternidad, y a la vez un instante, no hubo volcán, no hubo isla, no hubo nada salvo el borrón azul del mar ensanchándose a una velocidad vertiginosa bajo mis pies, el viento deformando mis mejillas y arrancando lágrimas involuntarias de mis ojos mientras me aferraba con toda la fuerza de mis brazos a las escamas del cuello de la dragona. Mis nudillos se tornaron blancos bajo los guantes y estuve convencido durante una fracción de segundo de que este era mi fin, que habría sobrevivido a un esclavista de dragones para morir precisamente a manos del dragón al que había liberado. Pero en el último momento las alas se abrieron con una fuerza inigualable y el impacto del aire contra las membranas extendidas fue tan violento que sentí el tirón en todo mi cuerpo, mis brazos tensándose al máximo para no salir despedido mientras la dragona recuperaba el control del vuelo con una fluidez antinatural para alguien de su tamaño, pasando al ras del mar y abriendo un surco de 4 metros a ambos lados de su trayectoria, el agua saltando en todas direcciones empapándome de arriba abajo, el frío del mar del Nuevo Mundo calando hasta los huesos mientras sus alas batían con una fuerza que combaba el agua a su paso levantando paredes finas gotas de agua, como si estuvieran pulverizadas, a ambos lados.
En ese preciso momento, por fin, Mystoria apareció ante nosotros. Lo que desde 4500 metros de altura había sido una mancha verde oscuro fue cobrando forma a medida que nos acercábamos a las costas, los bosques definiéndose, sus copas moviéndose suavemente con el viento invernal, y la dragona ascendió cerca de las costas superando los árboles más altos por apenas 10 metros realizando un recorrido sobre toda la isla. Volamos sobre los bosques densos del interior, los mismos senderos que había recorrido a pie esa mañana ahora irreconocibles desde arriba, sobrevolamos el lago descendiendo hasta casi rozar su superficie con el viento de las alas y el agua formando ondas concéntricas a nuestro paso, pasamos sobre el faro tan cerca que pude distinguir las ventanas de la planta superior donde dormíamos y por un momento me pregunté si Joe, Karl o Apolo estarían mirando hacia el cielo en ese instante sin saber que era yo quien sobrevolaba su tejado a lomos de una dragona de escamas verde jade. Aquel recorrido era un agradecimiento y a su vez una despedida, lo supe desde el primer viraje sobre los bosques. La dragona aterrizó finalmente en la costa noreste de la isla, sobre uno de los grandes riscos donde el mar chocaba contra la roca con una fuerza constante y rítmica, sus patas encontrando apoyo sobre la piedra con una delicadeza sorprendente para una criatura de su tamaño y sus alas plegándose lentamente hasta quedar recogidas contra su cuerpo mientras yo me desmontaba con cuidado quedando sobre el risco a 3 metros de distancia de ella, el sonido del oleaje llenando el silencio que se instaló entre nosotros.
Nos miramos durante un largo momento, sus ojos cristalinos me observaban ya sin furia, sin miedo, sin la sombra opresiva del hombre que la había tenido encadenada durante quién sabe cuánto tiempo, y las marcas en su cuello donde las cadenas habían estado apretando seguían ahí, la piel irritada y las escamas rotas que el tiempo sanaría eventualmente. Pero las cadenas en sí habían desaparecido en la boca del volcán junto con todo lo que representaban y junto con el hombre que las sostenía. No hubo palabras porque no hicieron falta, la mirada de aquellos ojos cristalinos decía todo lo que necesitaba saber mientras el sol de invierno descendía rápido sobre el mar del Nuevo Mundo tiñendo el cielo de un naranja frío y profundo que se mezclaba con los últimos grises de la tormenta que se disipaba, la luz tocando las escamas verde jade de la dragona y transformándolas en algo casi irreal, cada una reflejando el atardecer como un espejo fracturado. Extendió sus alas lentamente, sus 3 metros de envergadura desplegándose con una majestuosidad que hizo que el viento se intensificara a mi alrededor levantando el polvo del risco y tirando de mi capa desgarrada, y mientras la esperaba inmóvil sobre aquella roca con el sabor a sal y azufre que el viento me traía desde las cumbres del Tanazos, pude sentir en ese instante el peso completo de lo que había ocurrido durante las últimas horas, desde el claro donde escuché el primer rugido hasta este risco donde todo terminaba, todo comprimido en una sensación a la cual no podía ponerle un nombre exacto pero que tenía la certeza de que sería algo que me acompañaría durante mucho tiempo.
Sin mirar atrás, despegó.
La observé desde el risco hasta que su silueta verde jade se perdió en el horizonte fundiéndose con el naranja frío del atardecer invernal, el sonido de sus alas desvaneciéndose gradualmente hasta que solo quedó el oleaje rompiendo contra las rocas 15 metros más abajo y el viento constante del Nuevo Mundo. Entonces saqué la mochila de mis hombros y la deposité sobre el risco a mis pies, abriendo el bolsillo interior con cuidado para extraer el cuaderno de notas que milagrosamente había sobrevivido al combate y al vuelo al ras del mar seco gracias a la tela impermeable, y lo sostuve entre mis manos durante un momento mientras pensaba en todo lo que contenía: el diario y su transcripción, el sketch del campamento a 500 metros de altura, las notas sobre los cuerpos calcinados, la descripción del nido de picuchillos, todo lo que había documentado con la minuciosidad de un buen marine durante el ascenso, tendría que reportarlo. Era lo correcto, lo que exigía el reglamento, lo que cualquier marine que siguiera el reglamento debería hacer sin dudarlo. Pero reportarlo significaba preguntas y las preguntas llevarían a más preguntas que irremediablemente desembocarían en aquel esclavista, sobre la dragona, sobre lo que había ocurrido exactamente en esas cumbres, y algunas de esas preguntas no tenían respuestas que yo estuviera dispuesto a dar, al menos no hoy, al menos no aquí sobre este risco con el atardecer invernal como único testigo.
Saqué un mechero de la mochila y acerqué la llama al borde del cuaderno, sosteniéndolo sobre el risco mientras el papel prendía primero despacio en las esquinas y luego con más decisión extendiéndose por las páginas donde estaban escritas las palabras de un hombre muerto y los dibujos torpes de un médico que nunca sería artista, las notas y los sketches empezaron a arder con una llama pequeña y constante que sostuve entre mis manos – envueltas en haki de armamento para evitar quemarme – hasta que no quedó nada salvo ceniza que el viento marino se llevó en cuestión de segundos hacia el mar. Los pergaminos siguieron el mismo camino, su papel amarillo mostaza ardiendo más rápido que el cuaderno, sus palabras roídas por el tiempo desapareciendo definitivamente entre las llamas. Cuando no quedó nada que quemar, saqué el Den Den Mushi de la mochila y marqué a Joe, Karl y Apolo, escuchando el tono de llamada durante 3 segundos antes de que alguien respondiera al otro lado – “Aquí Fuguwu, he concluido la exploración del volcán... No hay nada que reportar… Regreso al faro” – colgué sin esperar respuesta y guardé el Den Den Mushi de vuelta en la mochila junto con el mechero y los restos vacíos de lo que había llevado conmigo al ascenso.
Me quedé inmóvil sobre el risco durante un momento más, mirando el punto del horizonte donde la dragona había desaparecido, el atardecer invernal extendiéndose sobre el mar del Nuevo Mundo en toda su frialdad silenciosa con el naranja ya cediendo terreno a los primeros tonos violetas de la noche que se aproximaba. En otro momento, en otra circunstancia, este habría sido el instante perfecto para encender un cigarro y quedarse así, inmóvil, dejando que el humo hiciera las preguntas que uno no sabe cómo formular, Joe lo habría sabido apreciar mejor que nadie, pero yo tendría que conformarme con el sabor a sal y azufre que el viento me traía desde las cumbres del Tanazos, que a su manera tampoco estaba tan lejos de lo mismo. Me colgué la mochila a la espalda, ajustando las correas sobre el uniforme desgarrado con las quemaduras leves que el fuego verde había dejado en mi costado izquierdo y las palmas enrojecidas por el calor de las escamas.
Di la vuelta al risco dejando el mar a mis espaldas y empecé a caminar.
En ese preciso momento, por fin, Mystoria apareció ante nosotros. Lo que desde 4500 metros de altura había sido una mancha verde oscuro fue cobrando forma a medida que nos acercábamos a las costas, los bosques definiéndose, sus copas moviéndose suavemente con el viento invernal, y la dragona ascendió cerca de las costas superando los árboles más altos por apenas 10 metros realizando un recorrido sobre toda la isla. Volamos sobre los bosques densos del interior, los mismos senderos que había recorrido a pie esa mañana ahora irreconocibles desde arriba, sobrevolamos el lago descendiendo hasta casi rozar su superficie con el viento de las alas y el agua formando ondas concéntricas a nuestro paso, pasamos sobre el faro tan cerca que pude distinguir las ventanas de la planta superior donde dormíamos y por un momento me pregunté si Joe, Karl o Apolo estarían mirando hacia el cielo en ese instante sin saber que era yo quien sobrevolaba su tejado a lomos de una dragona de escamas verde jade. Aquel recorrido era un agradecimiento y a su vez una despedida, lo supe desde el primer viraje sobre los bosques. La dragona aterrizó finalmente en la costa noreste de la isla, sobre uno de los grandes riscos donde el mar chocaba contra la roca con una fuerza constante y rítmica, sus patas encontrando apoyo sobre la piedra con una delicadeza sorprendente para una criatura de su tamaño y sus alas plegándose lentamente hasta quedar recogidas contra su cuerpo mientras yo me desmontaba con cuidado quedando sobre el risco a 3 metros de distancia de ella, el sonido del oleaje llenando el silencio que se instaló entre nosotros.
Nos miramos durante un largo momento, sus ojos cristalinos me observaban ya sin furia, sin miedo, sin la sombra opresiva del hombre que la había tenido encadenada durante quién sabe cuánto tiempo, y las marcas en su cuello donde las cadenas habían estado apretando seguían ahí, la piel irritada y las escamas rotas que el tiempo sanaría eventualmente. Pero las cadenas en sí habían desaparecido en la boca del volcán junto con todo lo que representaban y junto con el hombre que las sostenía. No hubo palabras porque no hicieron falta, la mirada de aquellos ojos cristalinos decía todo lo que necesitaba saber mientras el sol de invierno descendía rápido sobre el mar del Nuevo Mundo tiñendo el cielo de un naranja frío y profundo que se mezclaba con los últimos grises de la tormenta que se disipaba, la luz tocando las escamas verde jade de la dragona y transformándolas en algo casi irreal, cada una reflejando el atardecer como un espejo fracturado. Extendió sus alas lentamente, sus 3 metros de envergadura desplegándose con una majestuosidad que hizo que el viento se intensificara a mi alrededor levantando el polvo del risco y tirando de mi capa desgarrada, y mientras la esperaba inmóvil sobre aquella roca con el sabor a sal y azufre que el viento me traía desde las cumbres del Tanazos, pude sentir en ese instante el peso completo de lo que había ocurrido durante las últimas horas, desde el claro donde escuché el primer rugido hasta este risco donde todo terminaba, todo comprimido en una sensación a la cual no podía ponerle un nombre exacto pero que tenía la certeza de que sería algo que me acompañaría durante mucho tiempo.
Sin mirar atrás, despegó.
La observé desde el risco hasta que su silueta verde jade se perdió en el horizonte fundiéndose con el naranja frío del atardecer invernal, el sonido de sus alas desvaneciéndose gradualmente hasta que solo quedó el oleaje rompiendo contra las rocas 15 metros más abajo y el viento constante del Nuevo Mundo. Entonces saqué la mochila de mis hombros y la deposité sobre el risco a mis pies, abriendo el bolsillo interior con cuidado para extraer el cuaderno de notas que milagrosamente había sobrevivido al combate y al vuelo al ras del mar seco gracias a la tela impermeable, y lo sostuve entre mis manos durante un momento mientras pensaba en todo lo que contenía: el diario y su transcripción, el sketch del campamento a 500 metros de altura, las notas sobre los cuerpos calcinados, la descripción del nido de picuchillos, todo lo que había documentado con la minuciosidad de un buen marine durante el ascenso, tendría que reportarlo. Era lo correcto, lo que exigía el reglamento, lo que cualquier marine que siguiera el reglamento debería hacer sin dudarlo. Pero reportarlo significaba preguntas y las preguntas llevarían a más preguntas que irremediablemente desembocarían en aquel esclavista, sobre la dragona, sobre lo que había ocurrido exactamente en esas cumbres, y algunas de esas preguntas no tenían respuestas que yo estuviera dispuesto a dar, al menos no hoy, al menos no aquí sobre este risco con el atardecer invernal como único testigo.
Saqué un mechero de la mochila y acerqué la llama al borde del cuaderno, sosteniéndolo sobre el risco mientras el papel prendía primero despacio en las esquinas y luego con más decisión extendiéndose por las páginas donde estaban escritas las palabras de un hombre muerto y los dibujos torpes de un médico que nunca sería artista, las notas y los sketches empezaron a arder con una llama pequeña y constante que sostuve entre mis manos – envueltas en haki de armamento para evitar quemarme – hasta que no quedó nada salvo ceniza que el viento marino se llevó en cuestión de segundos hacia el mar. Los pergaminos siguieron el mismo camino, su papel amarillo mostaza ardiendo más rápido que el cuaderno, sus palabras roídas por el tiempo desapareciendo definitivamente entre las llamas. Cuando no quedó nada que quemar, saqué el Den Den Mushi de la mochila y marqué a Joe, Karl y Apolo, escuchando el tono de llamada durante 3 segundos antes de que alguien respondiera al otro lado – “Aquí Fuguwu, he concluido la exploración del volcán... No hay nada que reportar… Regreso al faro” – colgué sin esperar respuesta y guardé el Den Den Mushi de vuelta en la mochila junto con el mechero y los restos vacíos de lo que había llevado conmigo al ascenso.
Me quedé inmóvil sobre el risco durante un momento más, mirando el punto del horizonte donde la dragona había desaparecido, el atardecer invernal extendiéndose sobre el mar del Nuevo Mundo en toda su frialdad silenciosa con el naranja ya cediendo terreno a los primeros tonos violetas de la noche que se aproximaba. En otro momento, en otra circunstancia, este habría sido el instante perfecto para encender un cigarro y quedarse así, inmóvil, dejando que el humo hiciera las preguntas que uno no sabe cómo formular, Joe lo habría sabido apreciar mejor que nadie, pero yo tendría que conformarme con el sabor a sal y azufre que el viento me traía desde las cumbres del Tanazos, que a su manera tampoco estaba tan lejos de lo mismo. Me colgué la mochila a la espalda, ajustando las correas sobre el uniforme desgarrado con las quemaduras leves que el fuego verde había dejado en mi costado izquierdo y las palmas enrojecidas por el calor de las escamas.
Di la vuelta al risco dejando el mar a mis espaldas y empecé a caminar.
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