11-06-2026, 03:11 PM
Después de que Stroud se alejase, el combate pareció llegar a su fin. La última cadena de golpes se materializó en un instante: después de su propio golpe, vio cómo el cuerpo, ya casi inerte, de Betrug, se contorsionaba en una consecución de espasmos al recibir las saetas del pelirrojo, para finalizar siendo completamente ensartado por la espada de Kibai. Al Mink siempre le había gustado darle cierto dramatismo a los combates. La poca sangre que le debía de quedar a aquel indeseable se desparramó por la nieve, cambiando ligeramente su textura y haciéndola ceder bajo su calor, únicamente para comenzar a coagularse y congelarse instantes después, adquiriendo aquel tono marrón tan característico, antes de que el propio cuerpo sin vida de Betrug se desplomase. La muerte siempre era mucho menos elegante en persona, algo que no hacía sino constatar en cada ocasión. El Marine vio cómo los osos se alejaban entre los abetos, al mismo tiempo que, exhausto, contemplaba cómo el teleférico se desplazaba montaña abajo. Secándose el sudor con el dorso de la mano, recobró la compostura, y se preparó para encarar la que pudiese ser la siguiente amenaza, ciñéndose los guantes adecuadamente y asegurando sus correas.
Del teleférico, sin embargo, bajaron los que, por su aspecto, parecían un pelotón de guardias del Ejército Real, encargados de la protección de los regentes. Stroud suspiró con alivio, deduciendo que aquello debía de haberse acabado. Caminó hacia su encuentro, y relajó su postura, si bien mantuvo el deje militar y reglado que lo caracterizaba, en contraste con lo hajado y rasgado de su uniforme. Se cuadró frente a los guardias, a medida que estos valoraban la situación, como si hicieran un informe a tiempo real. Estuvo a punto de hacer un comentario sobre la poca eficiencia que la Guardia del Rey había mostrado a la hora de... proteger al rey, de hecho, pero acabó optando por un silencio prudente y por asentir con la cabeza en un ademán serio. "Gracias a ustedes. Asegúrense de hacerse con la carreta antes de que algún tonto más tenga otra idea," aseveró, haciendo un ademán hacia el lugar por el que los osos se habían desvanecido. "Ah, y manden recuerdos a la familia de la joven Hoffen, en Gyasta, si pasan por ahí," añadió como último detalle, antes de girarse hacia Bertram y Kibai.
"Gran trabajo, chicos. Lo habéis hecho de maravilla," dijo con aprobación, y esgrimiendo una satisfecha sonrisa de oreja a oreja que rara vez se veía en aquel rostro. Una vez más, y pese a sus errores de cálculo, sentía que sus compañeros no solo habían estado a la altura de sus expectativas, sino que las habían superado con creces. La actuación conjunta de la División le había enorgullecido, y tanto el cazador como el leopardo se habían mostrado mucho más capaces en el combate que él. "En islas como esta nunca faltarán imbéciles con ínfulas como este," dijo, haciendo un gesto hacia el cadáver de Betrug, "con un poco de suerte, tampoco faltarán quienes les paren los pies," concluyó, sentándose sobre la roca más próxima y examinando superficialmente sus heridas. Nada grave, en un primer vistazo, más que magulladuras y algún daño superficial; todo habría sanado después de una o dos noches de merecido descanso. "Pero creo que les tocará a otros," dijo crípticamente, sacando un simple bocadillo de su mochila y dándole un bocado. Se tomó un instante para terminar de masticar, sin prestar demasiada atención al sabor, sus ojos grises clavados en el horizonte que se extendía más allá de los abetos. "Creo que va siendo hora de que levemos anclas. Moja lo estará deseando," afirmó, terminándose su pequeño picnic momentos después y poniéndose en pie con pesadez, limpiándose el polvo de la ropa. "Volvamos al Royal. Kibai, haznos un buen festín hoy, ¿quieres?"
Del teleférico, sin embargo, bajaron los que, por su aspecto, parecían un pelotón de guardias del Ejército Real, encargados de la protección de los regentes. Stroud suspiró con alivio, deduciendo que aquello debía de haberse acabado. Caminó hacia su encuentro, y relajó su postura, si bien mantuvo el deje militar y reglado que lo caracterizaba, en contraste con lo hajado y rasgado de su uniforme. Se cuadró frente a los guardias, a medida que estos valoraban la situación, como si hicieran un informe a tiempo real. Estuvo a punto de hacer un comentario sobre la poca eficiencia que la Guardia del Rey había mostrado a la hora de... proteger al rey, de hecho, pero acabó optando por un silencio prudente y por asentir con la cabeza en un ademán serio. "Gracias a ustedes. Asegúrense de hacerse con la carreta antes de que algún tonto más tenga otra idea," aseveró, haciendo un ademán hacia el lugar por el que los osos se habían desvanecido. "Ah, y manden recuerdos a la familia de la joven Hoffen, en Gyasta, si pasan por ahí," añadió como último detalle, antes de girarse hacia Bertram y Kibai.
"Gran trabajo, chicos. Lo habéis hecho de maravilla," dijo con aprobación, y esgrimiendo una satisfecha sonrisa de oreja a oreja que rara vez se veía en aquel rostro. Una vez más, y pese a sus errores de cálculo, sentía que sus compañeros no solo habían estado a la altura de sus expectativas, sino que las habían superado con creces. La actuación conjunta de la División le había enorgullecido, y tanto el cazador como el leopardo se habían mostrado mucho más capaces en el combate que él. "En islas como esta nunca faltarán imbéciles con ínfulas como este," dijo, haciendo un gesto hacia el cadáver de Betrug, "con un poco de suerte, tampoco faltarán quienes les paren los pies," concluyó, sentándose sobre la roca más próxima y examinando superficialmente sus heridas. Nada grave, en un primer vistazo, más que magulladuras y algún daño superficial; todo habría sanado después de una o dos noches de merecido descanso. "Pero creo que les tocará a otros," dijo crípticamente, sacando un simple bocadillo de su mochila y dándole un bocado. Se tomó un instante para terminar de masticar, sin prestar demasiada atención al sabor, sus ojos grises clavados en el horizonte que se extendía más allá de los abetos. "Creo que va siendo hora de que levemos anclas. Moja lo estará deseando," afirmó, terminándose su pequeño picnic momentos después y poniéndose en pie con pesadez, limpiándose el polvo de la ropa. "Volvamos al Royal. Kibai, haznos un buen festín hoy, ¿quieres?"
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