15-06-2026, 01:18 AM
Tercera habitación que registraba en búsqueda de algo útil, tercera habitación que me llevaba al mismo destino. La nada. Por más que rebuscaba no encontraba nada aprovechable, ni tan siquiera algún tipo de mecanismo secreto digno de la guarida de villano de película de serie B que pudiese abrir un pasadizo, una salida o algo que sirviese de desagüe. Agua que, por cierto, cada vez se acumulaba más y más y al no tener noticias de Fuguwu, no era algo apetecible. Lo único que me rodeaba era, además de una serie de caballos flotantes totalmente disociados de lo que estaba ocurriendo, el eco de las corrientes de agua que rebotaban en las paredes de la cueva. Sin embargo el sonido natural se rompió cuando detecté que un cacharro se había encendido, comenzando a emitir una canción que me resultaba extrañamente familiar.
Deshice mi vuelo cayendo con un paso firme sobre una de las mesas de madera que flotaba, manteniendo el equilibrio perfectamente pese al bamboleo que producía la fuerza de mi peso sobre el agua. Quién tuvo, retuvo, y pese a que desde que me comí mi akuma no mi me convirtiese en un ancla, cabalgar cualquier tipo de agua con una tabla de madera era pan comido para mí. Llevé mi mano zurda hacia mi entrepierna, al mismo tiempo que comencé un movimiento eléctrico en cadena que empezó sacudiendo mis pies para llevar la inercia hasta mi cabeza. — ¡AU! — grité agudizando mi voz, comenzando a caminar a cámara lenta sobre la mesa, estirando cada una de mis piernas lo máximo posible en cada paso. A su vez desde mi mano zurda una corriente de arena estaba generando un monigote de mi misma altura, como si fuese un niño dibujando a una persona con palitos. Un choque de menos rápido sucedió con mi diestra y su muñón: primero las palmas, luego los dorsos y finalmente con un leve golpe bajé mi sombrero para tapar mi vista al mismo tiempo que sacudía mi cuerpo, de nuevo, de una forma electrizante.
No había duda alguna. Lo que sonaba era la famosa canción del Ayuwoki. Aún faltaba mucho para que la sala se inundase de forma completa y tampoco tenía noticias del resto del grupo, así que pensé que bailar un rato no le haría daño a nadie. El ritmo del Ayuwoki me poseía haciéndome entrar en un trance que me recordaba a los momentos en el que bailaba esta canción. Recordé aquel festival de verano en Samba cuando era adolescente y conocí a aquella chica... Annie. Su pelo y tez morena, sumado a sus ojos verde esmeralda habían llamado mi atención y, como suen sambeano, quise conquistarla. Esa noche Annie parecía que no se encontraba muy bien y, mientras esta misma canción sonaba de fondo en el festival, me acerqué a ella bailando para ver si se animaba. "Annie are you ok?", le dije intentando animarla... pero su cara con una expresión de horror, presagió un puñetazo directo a mi nariz. Annie estaba de vacaciones en Samba, era extranjera, por lo que le hablé en una lengua extraña sin ser los idiomas uno de mis fuertes. Cuando quise preguntarle si estaba bien, realmente ella escuchó "Ayuwoki" por culpa de mi mala pronunciación. El Ayuwoki era un monstruo del folclore del South Blue cuyas leyendas decía que si de noche escuchabas un "hee-hee", tenías que fingir que estabas dormido o algo terrible te podía suceder. Annie no estaba oki y no volví a saber nada de ella.
Pero todo eso formaba parte del pasado y yo era de vivir el día a día, por lo que seguía bailando mientras la cueva seguía inundándose. Controlé a mi muñeco de arena para que cogiese el aparato que emitía música y lo sostuviese en el aire. — Annie are you okay? So, Annie are you okay? Are you okay, Annie? — Cantaba a dúo con el aparato dando pasos con las piernas estiradas sobre la mesa. — Annie, are you okay? Will you tell us that you're okay?. — Giraba sobre las puntas de mis pies rotando sobre mí mismo para terminar con ellas cruzadas, a la vez que mi mano izquierda sostenía mi cinturón y mi brazo derecho lo estiraba hacia un lado. — There's a sign at the window, then he struck you, a crescendo, Annie — Seguía girando sobre la mesa, lanzando patadas con la pierna estirada con una velocidad y un movimiento tan seco que sonaba como si fuesen disparos, o el mismo Geppo. — He came into your apartment — Con un chorro de arena de mi diestra golpeé el trasero de uno de los caballos que flotaban, intentando provocar que se moviesen y se dirigiesen el pasillo que daba a la salida. — He left the bloodstains on the carpet. Then you ran into the bedroom. You were struck down, it was your doom. — A cada verso golpeaba rítmicamente a un caballo diferente, sin ni siquiera tener la más mínima idea de técnicas de ganadería y pastoreo. — Karl are you okay?. So, Fugu are you okay? Are you okay Viktor? — comencé a caminar de espaldas sobre la mesa sosteniendo mi sombrero con la mano derecha, moviendo y deslizando los pies como si no hubiese rozamiento contra la madera. Como si caminase por la Luna. — You've been hit by, you've been struck by, Smooooth Marine. — Apuntando con los dedos índice y corazón de mi mano derecha, empecé a disparar bolas de arena contra el mensaje escrito con sangre que había dejado Nimda. Bolas que se estampaban contra la pared y se deshacían cayendo al agua.
Tras bailar me acerqué al muñeco de palos hechos con arena y, después de agarrar el aparato de música y apoyarlo en mi hombro derecho, deshice mi control sobre la arena haciendo que se desmoronase sobre la mesa. La música me había inspirado y, tras ver que ese muñeco era demasiado simple y soso, quizás perfeccionando la técnica podría crear copias de mí que me ayudasen a hacer coreografías en este tipo de momentos. Hasta en los momentos más extremos y aleatorios uno puede sacar ideas. Sólo esperaba tener noticias del resto pronto porque el agua seguía llenando la sala.
Deshice mi vuelo cayendo con un paso firme sobre una de las mesas de madera que flotaba, manteniendo el equilibrio perfectamente pese al bamboleo que producía la fuerza de mi peso sobre el agua. Quién tuvo, retuvo, y pese a que desde que me comí mi akuma no mi me convirtiese en un ancla, cabalgar cualquier tipo de agua con una tabla de madera era pan comido para mí. Llevé mi mano zurda hacia mi entrepierna, al mismo tiempo que comencé un movimiento eléctrico en cadena que empezó sacudiendo mis pies para llevar la inercia hasta mi cabeza. — ¡AU! — grité agudizando mi voz, comenzando a caminar a cámara lenta sobre la mesa, estirando cada una de mis piernas lo máximo posible en cada paso. A su vez desde mi mano zurda una corriente de arena estaba generando un monigote de mi misma altura, como si fuese un niño dibujando a una persona con palitos. Un choque de menos rápido sucedió con mi diestra y su muñón: primero las palmas, luego los dorsos y finalmente con un leve golpe bajé mi sombrero para tapar mi vista al mismo tiempo que sacudía mi cuerpo, de nuevo, de una forma electrizante.
No había duda alguna. Lo que sonaba era la famosa canción del Ayuwoki. Aún faltaba mucho para que la sala se inundase de forma completa y tampoco tenía noticias del resto del grupo, así que pensé que bailar un rato no le haría daño a nadie. El ritmo del Ayuwoki me poseía haciéndome entrar en un trance que me recordaba a los momentos en el que bailaba esta canción. Recordé aquel festival de verano en Samba cuando era adolescente y conocí a aquella chica... Annie. Su pelo y tez morena, sumado a sus ojos verde esmeralda habían llamado mi atención y, como suen sambeano, quise conquistarla. Esa noche Annie parecía que no se encontraba muy bien y, mientras esta misma canción sonaba de fondo en el festival, me acerqué a ella bailando para ver si se animaba. "Annie are you ok?", le dije intentando animarla... pero su cara con una expresión de horror, presagió un puñetazo directo a mi nariz. Annie estaba de vacaciones en Samba, era extranjera, por lo que le hablé en una lengua extraña sin ser los idiomas uno de mis fuertes. Cuando quise preguntarle si estaba bien, realmente ella escuchó "Ayuwoki" por culpa de mi mala pronunciación. El Ayuwoki era un monstruo del folclore del South Blue cuyas leyendas decía que si de noche escuchabas un "hee-hee", tenías que fingir que estabas dormido o algo terrible te podía suceder. Annie no estaba oki y no volví a saber nada de ella.
Pero todo eso formaba parte del pasado y yo era de vivir el día a día, por lo que seguía bailando mientras la cueva seguía inundándose. Controlé a mi muñeco de arena para que cogiese el aparato que emitía música y lo sostuviese en el aire. — Annie are you okay? So, Annie are you okay? Are you okay, Annie? — Cantaba a dúo con el aparato dando pasos con las piernas estiradas sobre la mesa. — Annie, are you okay? Will you tell us that you're okay?. — Giraba sobre las puntas de mis pies rotando sobre mí mismo para terminar con ellas cruzadas, a la vez que mi mano izquierda sostenía mi cinturón y mi brazo derecho lo estiraba hacia un lado. — There's a sign at the window, then he struck you, a crescendo, Annie — Seguía girando sobre la mesa, lanzando patadas con la pierna estirada con una velocidad y un movimiento tan seco que sonaba como si fuesen disparos, o el mismo Geppo. — He came into your apartment — Con un chorro de arena de mi diestra golpeé el trasero de uno de los caballos que flotaban, intentando provocar que se moviesen y se dirigiesen el pasillo que daba a la salida. — He left the bloodstains on the carpet. Then you ran into the bedroom. You were struck down, it was your doom. — A cada verso golpeaba rítmicamente a un caballo diferente, sin ni siquiera tener la más mínima idea de técnicas de ganadería y pastoreo. — Karl are you okay?. So, Fugu are you okay? Are you okay Viktor? — comencé a caminar de espaldas sobre la mesa sosteniendo mi sombrero con la mano derecha, moviendo y deslizando los pies como si no hubiese rozamiento contra la madera. Como si caminase por la Luna. — You've been hit by, you've been struck by, Smooooth Marine. — Apuntando con los dedos índice y corazón de mi mano derecha, empecé a disparar bolas de arena contra el mensaje escrito con sangre que había dejado Nimda. Bolas que se estampaban contra la pared y se deshacían cayendo al agua.
Tras bailar me acerqué al muñeco de palos hechos con arena y, después de agarrar el aparato de música y apoyarlo en mi hombro derecho, deshice mi control sobre la arena haciendo que se desmoronase sobre la mesa. La música me había inspirado y, tras ver que ese muñeco era demasiado simple y soso, quizás perfeccionando la técnica podría crear copias de mí que me ayudasen a hacer coreografías en este tipo de momentos. Hasta en los momentos más extremos y aleatorios uno puede sacar ideas. Sólo esperaba tener noticias del resto pronto porque el agua seguía llenando la sala.
Resumen
Bélico
Gastos
Karmas aplicados
