15-06-2026, 01:41 PM
Kibai observó como sus avispas comenzaban a tambalearse en el aire y poco a poco todas caían al suelo. rígidas como pequeñas estatuas cubiertas de escarcha. El mink fue plenamente consciente como sus huesos se estremecían por el frío. La ventisca arreciaba cada vez más, y el viento helado penetraba a través de sus ropas y su pelaje como una cuchilla inmaterial. Kibai se permitió una breve sonrisa, preguntándose cómo se las apañarían los humanos, deprovistos de cualquier tipo de protección natural.
El encuentro con el oso montañero había resultado bastante bien, y el mink se dirigió en la dirección que el animal le había indicado. Al cabo de un rato de camino, durante el cual el tiempo no hizo sino empeorar, Kibai finalmente captó un olor nuevo que vino hasta él transportado por una ráfaga de viento helado: sangre humana. Abriendo los ojos con alarma, el mink redobló su paso. Fuese lo que fuese, aquello no podía ser nada bueno.
Por desgracia, sus temores no resultaron infundados. A la orilla de uno de los lagos helados habituales en la isla de Drum, una manada de Lapahn había tomado posesión del lugar. No era la primera vez que Kibai se encontraba de frente con aquellos conejos carnívoros. Había comprobado en sus propias carnes que podían ser sumamente agresivos y uno nunca debía subestirmarlos, especialmente si atacaban en grandes números. Para su alarma, vio que entre ellos había un cuerpo humano, medio enterrado en la nieve y con manchas visibles de sangre.
Kibai desenvainó sus espadas sin más dilaciones. Los conejos ya se habían dado cuenta de su presencia de modo que no pensaba empezar a ponerse exquisito. Debía acabar con todos lo más rapidamente posible antes de que el tiempo empeorara. Como una centella, el mink se lanzó hacía el frente, cubriendo la distancia que lo separaba de sus adversarios a toda velocidad. Invirtiendo el agarre de Arashi para sostener la hoja hacia atrás. De esta manera, al girar sobre si mismo convertía sus dos extremidades en un circulo continuado de acero segador.
En el momento del choque con la primera línea de adversarios, Kibai dio un salto para abandonar el nivel del suelo, atravesando a los primeros Lapahn como un proectil lanzado desde una catapulta, cortando con precisión a través del grueso pelaje que protegía a aquellas bestias del duro clima invernal de Drum. Sin detenerse en su movimiento, el mink continuó su camino de destrucción, girando habitualmente sobre su propia espalda para evitar que un golpe trasero le pusiese en problemas, y tratando de mantenerse en el aire todo el tiempo posible, empleando los cuerpos de los Laphn como trapolines y puntos de apoyo para impulsarse y cambiar de dirección antes de que los enemigos que tenía a su alrededor pudiesen reacciones de manera apropiada a tiempo.
Tras algo más de un cuarto de hora de combate, Kibai, cubierto de sangre y jadeando por el esfuerzo intenso, desclavó sus hojas del pecho del último Lapahn que había quedado en pie, agitando sus espadas hacia ambos lados para desprender la sangre acumulada en sus filos antes e guardarlas de nuevo en las vainas.
Rapidamente, el mink se acercó hacia doónde estaba el cuerpo que había visto en un primer momento, agachándose a su lado para tomarle el pulso y comprobar si seguía con vida, deseando que así fuese para dar una alegría a la pobre Violet.
El encuentro con el oso montañero había resultado bastante bien, y el mink se dirigió en la dirección que el animal le había indicado. Al cabo de un rato de camino, durante el cual el tiempo no hizo sino empeorar, Kibai finalmente captó un olor nuevo que vino hasta él transportado por una ráfaga de viento helado: sangre humana. Abriendo los ojos con alarma, el mink redobló su paso. Fuese lo que fuese, aquello no podía ser nada bueno.
Por desgracia, sus temores no resultaron infundados. A la orilla de uno de los lagos helados habituales en la isla de Drum, una manada de Lapahn había tomado posesión del lugar. No era la primera vez que Kibai se encontraba de frente con aquellos conejos carnívoros. Había comprobado en sus propias carnes que podían ser sumamente agresivos y uno nunca debía subestirmarlos, especialmente si atacaban en grandes números. Para su alarma, vio que entre ellos había un cuerpo humano, medio enterrado en la nieve y con manchas visibles de sangre.
Kibai desenvainó sus espadas sin más dilaciones. Los conejos ya se habían dado cuenta de su presencia de modo que no pensaba empezar a ponerse exquisito. Debía acabar con todos lo más rapidamente posible antes de que el tiempo empeorara. Como una centella, el mink se lanzó hacía el frente, cubriendo la distancia que lo separaba de sus adversarios a toda velocidad. Invirtiendo el agarre de Arashi para sostener la hoja hacia atrás. De esta manera, al girar sobre si mismo convertía sus dos extremidades en un circulo continuado de acero segador.
En el momento del choque con la primera línea de adversarios, Kibai dio un salto para abandonar el nivel del suelo, atravesando a los primeros Lapahn como un proectil lanzado desde una catapulta, cortando con precisión a través del grueso pelaje que protegía a aquellas bestias del duro clima invernal de Drum. Sin detenerse en su movimiento, el mink continuó su camino de destrucción, girando habitualmente sobre su propia espalda para evitar que un golpe trasero le pusiese en problemas, y tratando de mantenerse en el aire todo el tiempo posible, empleando los cuerpos de los Laphn como trapolines y puntos de apoyo para impulsarse y cambiar de dirección antes de que los enemigos que tenía a su alrededor pudiesen reacciones de manera apropiada a tiempo.
Tras algo más de un cuarto de hora de combate, Kibai, cubierto de sangre y jadeando por el esfuerzo intenso, desclavó sus hojas del pecho del último Lapahn que había quedado en pie, agitando sus espadas hacia ambos lados para desprender la sangre acumulada en sus filos antes e guardarlas de nuevo en las vainas.
Rapidamente, el mink se acercó hacia doónde estaba el cuerpo que había visto en un primer momento, agachándose a su lado para tomarle el pulso y comprobar si seguía con vida, deseando que así fuese para dar una alegría a la pobre Violet.
La Caja de Pandora
