14-08-2023, 06:58 PM
Qué sonrisa tan bonita tenía. Aún no se podía creer la suerte que estaba teniendo. No pudo evitar sonreír también. Aunque enseguida sintió un poco de vergüenza. Sabía que a la mayoría de la gente no le gustaban esos dientes tan afilados, que daban miedo, o incluso asco. Intentó disimular ese acto de esconderse para que no se diera cuenta, pero la verdad es que la gyojin no era muy sutil. - Sí... Quiero decir, me encanta como soy, me encanta dormir bajo el agua y me encanta nadar a tanta velocidad que ningún otro pez pueda igualarme. - Se la notaba entusiasmada mientras decía esas palabras, emocionada. - Pero a veces, cuando intentan cazarte con un arpón... No es tan divertido. - Sonrió de nuevo, pero sin enseñar los dientes.
Quizás había muchos humanos que deseaban experimentar lo que era ser un gyojin como ella, pero era la primera vez que se lo decían. De nuevo se sonrojó. Ojalá la iluminación tenue no lo hiciera tan evidente. Sus miradas la intimidaban muchísimo. - Bueno, en los gyojins es raro. Cuando ocurre solo es con una especie de pez, no con todos, pero- - un gran estruendo interrumpió la conversación. Igual no había sido tan fuerte, pero en aquella cueva marina retumbó de tal manera que pareció mucho más intenso. Derya dio un pequeño bote del susto, sin embargo, la reacción de su contrario fue abrazarla con fuerza contra su pecho.
Cerró los ojos. Estaba tan caliente, la sensación fue tan reconfortante. Era como abrazar una intensa y acogedora hoguera. - No pidas perdón... - Elevó las manos, llevándolas también junto a su pecho. Podía notar con la palma de la zurda como el corazón de aquel hombre iba más rápido de lo normal. Igual no tanto como el de ella, pero así era. Ambos estaban sintiendo lo mismo, estaban compenetrados. Le miró a los ojos, aunque enseguida le subieron los colores de nuevo y a esa distancia tan corta el nerviosismo era mucho mayor. La respiración se entrecortaba y movía la cola ligeramente de un lado a otro, muestra de un deje nervioso.
- Me llamo Derya. - Susurró. No hacía falta hablar alto, estaban tan cerca que podía escucharse todo lo que el contrario hiciese. - ¿Y tú? - Se mordió el labio. No quería que la soltase, no quería que la soltase nunca. Y le daba miedo, porque sabía que en el momento que oyera su nombre, sería real.
