16-06-2026, 05:28 PM
El viejo no se amedrentó frente a las palabras de Ashura, pero tampoco le sostuvo la mirada. Su alegría, que más bien había parecido la de un niño, pareció enmudecer como lo había hecho el resto de la sala, y bajó los ojos para dar un sorbo de su vaso, tragando con amargura, como un chiquillo al que su padre hubiese reprendido tras alguna trastada, incluso con timidez. Ninguno de los demás repsondió tampoco directamente, aunque no tardaron en comenzar a cuchichear entre sí. Las auras que abundaban en aquel lugar no tardaron en teñirse con el color de la decepción y de volver a sus colores habituales de hastío. Cuando Ashura hizo sus preguntas, directas y casi como un interrogatorio, el viejo volvió a levantar la mirada, alzándose casi en portavoz de aquella variopinta multitud y abriendo la boca, disponiéndose a responder. La primera pregunta casi pareció desconcertarle, haciéndole arquear una de sus pobladas y blanquecinas cejas, deshilachada como un trozo de cuerda roto. Su mirada pareció preguntar "¿acaso no ves lo que te rodea, Catástrofe?".
Antes de que respondiese, sin embargo, uno de los camareros, el jefe de mesas, aún limpiando un polvoriento vaso de cristal con un paño de tela, lo hizo por él. "Se encuentra en el Galleon's Grotto, Capitán Ashura," dijo el enorme tipo con una profesionalidad que parecía teñir cada una de sus sílabas, con un tono sobrio y educado que parecía fuera de lugar para un local como aquel. Su aura no era ilegible, pero sí era hermética, y resultaba evidente que era alguien acostumbrado a la discreción y a lidiar con los secretos de barra. Al fin y al cabo, alguien en su posición debía saber ser diplomático, pero también un buen confidente para los borrachos que le contaban sus penas y sus alegrías en noches de juerga. Su apariencia iba a juego con lo que tal vez hubiesen pretendido alguna vez que fuese aquel local, que, sin embargo, había acabado destinado a un destino bastante más sórdido y piratesco que lo que hubiesen planeado en primer lugar. Llevaba un maltrecho traje negro, cuyas hombreras le iban un poco grandes, algo arrugado y visiblemente viejo, pero que, de alguna manera, no le quedaba mal. "Arriba están los campanarios, claro," dijo, haciendo un ademán hacia el techo abovedado de la estancia, "hay quien sube a admirar las vistas o a hacer negocios. El dueño suele estar arriba, pero, si no me equivoco, hoy ha salido." Su aura no se perturbó ni un poco, y resultó evidente que, si mentía, lo hacía con una naturalidad que le otorgaba toda credibilidad posible. "Y en el subsuelo están las criptas, claro," dijo con naturalidad, colocando el vaso, lustroso y todo lo brillante que podía estar, sobre la barra de madera, comenzando a vertir un zumo de mango en el mismo, "al fin y al cabo, como puede intuir, esto solía ser una iglesia. Hoy en día son salones para los clientes que quieran un poco más de privacidad, o para los que prefieren una compañía un poco más particular, "dijo de forma encantadora, añadiendo un guiño al final de su frase que, lejos de quitarle profesionalidad a su discurso, no hizo sino enfatizar lo curioso del lugar. En efecto, si alguien optaba por bajar a las criptas a tomarse algo, lo haría en compañía de los muertos, los parroquianos más habituales de aquella taberna, los únicos que verdaderamente nunca dejaban aquel lugar. "De lo de los piratas de Grin...," dijo, deteniéndose a pensar por un instante y tomando un bote de tajín de debajo de la barra, "se oye de todo, como imaginará," dijo, espolvoreando el tajín sobre los bordes del vaso, haciendo un ademán hacia la muchedumbre de clientes, que instantes atrás había empezado a lanzar todo tipo de versiones contradictorias entre sí. "Nadie lo tiene claro, lo lamento," dijo. Con un movimiento diestro, deslizó el vaso hasta situarlo justo delante de Tenoch, haciendo evidente que invitaba la casa. No había pedido una segunda bebida, pero el jefe de mesas parecía habituado a las cortesías más finas del protocolo, y, en aquel local, los Mushoku eran tratados como realeza. "¿Tomará algo el Capitán?," inquirió, volviendo a colocar las cosas en su sitio y limpiándose las manos en el pañuelo que colgaba de su cinturón, mientras los demás camareros continuaban con su atareada labor.
El hombre de la esquina, el que había sugerido ir detrás de los Marines porque tienen dinero, detrás de su torre de vasos vacíos, se puso en pie para dirigirse al ahumado capitán de los Mushoku, tambaleándose ligeramente y haciendo peligrar la precaria construcción que se había formado a su alrededor, dando un trago a una botella que nadie sabía muy bien de dónde había sacado ni para qué. "Don Astura...," dijo, hablando respetuosamente pese a su embriaguez, "a los piratas de Grin se los cargaron los piratas de Gran, como bien sabe," dijo, alzando un dedo índice con autoridad, tomándose un instante para dar otro trago de lo que fuera aquel licor, "que eran los dueños del almacén cerca de Rocky Port. Bueno, no ellos, un colega suyo, pero los dioses los cría y ellos se juntan, usted sabe. Los piratas de Grin habían puesto cuatro cartuchos de dinimalita en -¡hic!- el almacén de Gran, y claro, reventó todo el asunto, un pedazo de zambombabazo. Y Gran se enteró y dijo: '¿Sí? ¡Pues ocho par-para ti!,' y ya se puede imaginar que se armó la mundial," afirmó con contundencia, recreando la conversación con las mejores dotes dramáticas de que disponía. Algunas voces cuchichearon, afirmando que en realidad había sido un solo explosivo, y otros dijeron que habían sido cinco, y otros dijeron que no había sido Gran, sino Green, aunque otros confundieron la pronunciación del nombre de este último con el del propio Grin. Antes de que el caos más absoluto se desatase de nuevo en aquel absurdo debate, el borracho mandó callar a todos los presentes para continuar su historia, haciendo evidente que debían comportarse frente a la Catástrofe. "Por favor, ceballeros," imploró con inusitada seriedad, dando otro trago de su botella con desesperación, como si no hubiese bebido nada en años. "Era un almacén de armas y otros productos de -¡hic!- gran peliguerosidad, y ya se imagina usted el follascón que se produjo en aquella locación sobre la que parlalementamos vuesas mercedes y un servidor en esta ocasión celebrada," dijo con finura, intentando volver más elegante su discurso con palabras que parecían, sin embargo, escapársele por poco. "Hay quien dice que Gran fue con todos sus hombres -¡hic- a hundirles todo el pechamen a los de la tripulación de Grin, ¿me entiende?," dijo, haciendo un ademán giratorio con el dedo mientras aprovechaba para dar otro trago rápido de su botella, "pero Grin dice que bastó uno solo de sus hombres, ¡ya se puede imaginar!," dijo con un gesto de incredulidad, alzando ambas cejas, su mirada perdiéndose mientras daba otro fugaz trago, como si no pudiese creerse su propia historia, como si fuese un espectador más.
Fuera lo que fuese que hubiese ocurrido con Grin y sus hombres, y con aquel dichoso almacén de Rocky Port, nadie parecía tener nada demasiado claro, y escuchar aquella historia se sentía como jugar al juego del Den Den Mushi estropeado, en la que los hechos se distorsionaban un poco más con cada boca que lo contaba y cada par de orejas que lo escuchaba, y quién sabía ya por cuántas personas había pasado aquel relato en particular.
Antes de que respondiese, sin embargo, uno de los camareros, el jefe de mesas, aún limpiando un polvoriento vaso de cristal con un paño de tela, lo hizo por él. "Se encuentra en el Galleon's Grotto, Capitán Ashura," dijo el enorme tipo con una profesionalidad que parecía teñir cada una de sus sílabas, con un tono sobrio y educado que parecía fuera de lugar para un local como aquel. Su aura no era ilegible, pero sí era hermética, y resultaba evidente que era alguien acostumbrado a la discreción y a lidiar con los secretos de barra. Al fin y al cabo, alguien en su posición debía saber ser diplomático, pero también un buen confidente para los borrachos que le contaban sus penas y sus alegrías en noches de juerga. Su apariencia iba a juego con lo que tal vez hubiesen pretendido alguna vez que fuese aquel local, que, sin embargo, había acabado destinado a un destino bastante más sórdido y piratesco que lo que hubiesen planeado en primer lugar. Llevaba un maltrecho traje negro, cuyas hombreras le iban un poco grandes, algo arrugado y visiblemente viejo, pero que, de alguna manera, no le quedaba mal. "Arriba están los campanarios, claro," dijo, haciendo un ademán hacia el techo abovedado de la estancia, "hay quien sube a admirar las vistas o a hacer negocios. El dueño suele estar arriba, pero, si no me equivoco, hoy ha salido." Su aura no se perturbó ni un poco, y resultó evidente que, si mentía, lo hacía con una naturalidad que le otorgaba toda credibilidad posible. "Y en el subsuelo están las criptas, claro," dijo con naturalidad, colocando el vaso, lustroso y todo lo brillante que podía estar, sobre la barra de madera, comenzando a vertir un zumo de mango en el mismo, "al fin y al cabo, como puede intuir, esto solía ser una iglesia. Hoy en día son salones para los clientes que quieran un poco más de privacidad, o para los que prefieren una compañía un poco más particular, "dijo de forma encantadora, añadiendo un guiño al final de su frase que, lejos de quitarle profesionalidad a su discurso, no hizo sino enfatizar lo curioso del lugar. En efecto, si alguien optaba por bajar a las criptas a tomarse algo, lo haría en compañía de los muertos, los parroquianos más habituales de aquella taberna, los únicos que verdaderamente nunca dejaban aquel lugar. "De lo de los piratas de Grin...," dijo, deteniéndose a pensar por un instante y tomando un bote de tajín de debajo de la barra, "se oye de todo, como imaginará," dijo, espolvoreando el tajín sobre los bordes del vaso, haciendo un ademán hacia la muchedumbre de clientes, que instantes atrás había empezado a lanzar todo tipo de versiones contradictorias entre sí. "Nadie lo tiene claro, lo lamento," dijo. Con un movimiento diestro, deslizó el vaso hasta situarlo justo delante de Tenoch, haciendo evidente que invitaba la casa. No había pedido una segunda bebida, pero el jefe de mesas parecía habituado a las cortesías más finas del protocolo, y, en aquel local, los Mushoku eran tratados como realeza. "¿Tomará algo el Capitán?," inquirió, volviendo a colocar las cosas en su sitio y limpiándose las manos en el pañuelo que colgaba de su cinturón, mientras los demás camareros continuaban con su atareada labor.
El hombre de la esquina, el que había sugerido ir detrás de los Marines porque tienen dinero, detrás de su torre de vasos vacíos, se puso en pie para dirigirse al ahumado capitán de los Mushoku, tambaleándose ligeramente y haciendo peligrar la precaria construcción que se había formado a su alrededor, dando un trago a una botella que nadie sabía muy bien de dónde había sacado ni para qué. "Don Astura...," dijo, hablando respetuosamente pese a su embriaguez, "a los piratas de Grin se los cargaron los piratas de Gran, como bien sabe," dijo, alzando un dedo índice con autoridad, tomándose un instante para dar otro trago de lo que fuera aquel licor, "que eran los dueños del almacén cerca de Rocky Port. Bueno, no ellos, un colega suyo, pero los dioses los cría y ellos se juntan, usted sabe. Los piratas de Grin habían puesto cuatro cartuchos de dinimalita en -¡hic!- el almacén de Gran, y claro, reventó todo el asunto, un pedazo de zambombabazo. Y Gran se enteró y dijo: '¿Sí? ¡Pues ocho par-para ti!,' y ya se puede imaginar que se armó la mundial," afirmó con contundencia, recreando la conversación con las mejores dotes dramáticas de que disponía. Algunas voces cuchichearon, afirmando que en realidad había sido un solo explosivo, y otros dijeron que habían sido cinco, y otros dijeron que no había sido Gran, sino Green, aunque otros confundieron la pronunciación del nombre de este último con el del propio Grin. Antes de que el caos más absoluto se desatase de nuevo en aquel absurdo debate, el borracho mandó callar a todos los presentes para continuar su historia, haciendo evidente que debían comportarse frente a la Catástrofe. "Por favor, ceballeros," imploró con inusitada seriedad, dando otro trago de su botella con desesperación, como si no hubiese bebido nada en años. "Era un almacén de armas y otros productos de -¡hic!- gran peliguerosidad, y ya se imagina usted el follascón que se produjo en aquella locación sobre la que parlalementamos vuesas mercedes y un servidor en esta ocasión celebrada," dijo con finura, intentando volver más elegante su discurso con palabras que parecían, sin embargo, escapársele por poco. "Hay quien dice que Gran fue con todos sus hombres -¡hic- a hundirles todo el pechamen a los de la tripulación de Grin, ¿me entiende?," dijo, haciendo un ademán giratorio con el dedo mientras aprovechaba para dar otro trago rápido de su botella, "pero Grin dice que bastó uno solo de sus hombres, ¡ya se puede imaginar!," dijo con un gesto de incredulidad, alzando ambas cejas, su mirada perdiéndose mientras daba otro fugaz trago, como si no pudiese creerse su propia historia, como si fuese un espectador más.
Fuera lo que fuese que hubiese ocurrido con Grin y sus hombres, y con aquel dichoso almacén de Rocky Port, nadie parecía tener nada demasiado claro, y escuchar aquella historia se sentía como jugar al juego del Den Den Mushi estropeado, en la que los hechos se distorsionaban un poco más con cada boca que lo contaba y cada par de orejas que lo escuchaba, y quién sabía ya por cuántas personas había pasado aquel relato en particular.
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