16-06-2026, 10:46 PM
Ahí estaba esa voz aterciopelada que, con escucharlo una única vez, lo conquistó de inmediato y ahora, no solo le hablaba para ofrecerle un pañuelo, ahora esa voz pronunciaba su nombre de manera tan elegante y correcta que hacía que su pulso se acelerara, por un momento llegó a pensar que su corazón se saldría de su pecho, pero ¡No! Debía controlarse.
Solía ser él quien tenía en control en estas situaciones, siempre era quien sonreía primero y, así mismo, quien se despedía primero. Mucha gracia no le hacía que las cosas fueran al revés; sin embargo, dejarse llevar por el rubio era una de las más dulces tentaciones que había experimentado desde… ¿Desde que Azkeel era un hombre libre? Sí, eso creía, porque hasta ahora, nadie, absolutamente, nadie había logrado conmover al pelirrosa además de su antiguo compañero de tripulación y alguien antes de él…alguien a quien no recordaba, pero que su mente insistía en colocar como una figura importante, a pesar de no tener rostro o nombre.
—No, no es necesario, puedo caminar —. A pesar de todo, con el alcohol dejando su sistema con cada minuto que pasaba, era más fácil controlar sus impulsos y por supuesto que también lo era mantener algo de dignidad, a pesar de su deplorable estado. —No estoy cansado, es solo que…empieza a hacer frío. Tsk…Sí supiera como luce el desgraciado que nos hizo esto —. Bien, solía ser más educado cuando conocía a una persona, de hecho, su manera de expresarse tendía a ser dulce, elegante, dejando entrever una inocencia que engañaba a buena parte de las personas, pero considerando la situación, su tono salió un poco más tosco que de costumbre. —¡Ah! Perdona, de verdad que no suelo comportarme así, pero la situación no es la mejor, menos después de un día terrible —. Se corrigió casi enseguida, incluso, al final de su diálogo, su boca formó una media sonrisa, aunque más que mostrar alegría, era un gesto de amargura.
Casi de inmediato, luego de erguirse y levantar su cabeza para sentir el aire frío de la noche sobre su cara y dejarlo revolotear sus cabellos mojados, el médico cambió de actitud. Su sonrisa amarga se ensanchó en un gesto más complacido y, de hecho, su lenguaje corporal también pasó a ser uno más confiado cuando escuchó el halago que provenía del rubio. Podía respirar con tranquilidad, ni siquiera el agua sucia había servido para que su belleza disminuyera.
—¿Una fortuna? No te equivoques, las fortunas pueden calcularse con facilidad, pero… ¿Podrías calcular el precio de una estrella? Porque dentro de todas las desgracias vividas esta semana y hoy, conocerte no es una fortuna, es más un privilegio incalculable —. Lo que si era una fortuna es que la borrachera que lo hacía hablar entrecortado se estuviera disipando y ahora solo quedara esa desinhibición típica del alcohol, que lo dotaba aun de más confianza de lo normal. —Y, por cierto, no soy una flor de noche, soy LA flor de noche, porque no soy como cualquier banal hombre lindo que podrías encontrarte en cualquier esquina, sé que soy superior a eso, aunque…incluso una flor se ve opacada ante una estrella ¿No lo crees, Sol? —Un apodo simple que se le ocurrió de pasada mientras hablaba, un apodo que le serviría para disimular que el nombre por el que el apuesto sujeto se había presentado empezaba a desvanecerse de su mente.
Al guiño respondió con una mirada altiva, una que dejaba en claro que le agradaba ese tipo de trato y esa confianza que estaban tomando ahora después del inesperado “accidente” que tuvieron bajo el puente del puerto. Agradeció haber abierto la boca, pues esa conversación casi le hacía olvidar su situación, de hecho, si no fuera por lo mojado de su ropa, habría enterrado el incidente en lo más recóndito de su memoria, además, no solo aligeró su humor, si no que sirvió para que el tiempo pasara con más rapidez, pues en menos de lo que creyó, se vio en frente de la puerta de un hotel que, aunque pequeño, le sirvió para regular su temperatura nada más con entrar.
Su encanto natural le obligó a sonreír a la mujer en la recepción, además de dejar escapar un “Buenas noches” en un tono tan comedido que solo pudo ser escuchado porque en el lobby de aquel hotel, que parecía más un hostal, reinaba el silencio, en un ambiente muy distinto al de las calles más cercanas al puerto.
—Espero no te ofendas con lo que preguntaré, pero ¿Siempre tratas con tanta confianza a quienes acabas de conocer? —preguntó el pelirrosa antes de pasar a la habitación sin temor alguno, como si llevara años de conocer al rubio y el compartir un espacio privado fuera tan natural como respirar. —Aunque supongo que juzgarte a ti por la confianza sería darme un tiro en el pie. Tu metes a un desconocido a tu cuarto y yo me dejo llevar por un extraño…Tal vez estamos en el mismo barco.
Se movió por el cuarto con toda la confianza del mundo, tanta que ni siquiera se molestó cuando la manga de su kimono de deslizó por su piel dejando al desnudo parte de su hombro y su pecho… ¿Importaba? En verdad no. Esa ropa estaba arruinada para él, la quemaría apenas tuviera la oportunidad, así que ahora solo le quedaba limpiar su cuerpo, por ello aceptó sin dudar la invitación de su anfitrión. Asintió y sin pensarlo dos veces, se perdió dentro de la puerta del baño.
*****
Perdió la noción del tiempo. No supo cuanto estuvo dentro de la bañera ni cuanto jabón y loción utilizó para matar hasta la raíz el molesto olor a pescado. Su olfato podía ser terrible, pero ahora, incluso su nariz descompuesta podía sentir el aroma amaderado del shampoo, jabón y perfumes que se había echado encima sin escatimar… ¿Serían del hotel o del chico? Esperaba que del hotel, pues las botellas que al inicio estaban casi llenas ahora les faltaba más de ¼ del producto, aunque… ¿Habría problema real? Si eran del chico podría conseguirle unos de la mejor calidad si es que él se lo pedía.
Cuando salió del baño, de este salió aire vaporoso acompañado del aroma de los perfumes, mientras que el médico, en vista de no haber sido dotado de alguna prenda de ropa que pudiera reemplazar su kimono “dañado”, tomó de un estante una bata blanca que le quedó a la perfección.
—Disculpa… ¿Los perfumes eran tuyos? Porque creo que te debo media botella —. Ahora que se sentía fresco y limpio, la confianza que le dio el alcohol solo se elevó. El médico se recostó en la cama del rubio, en medio de esta, mientras disfrutaba del calor brindado por la calefacción, dejando que el aire cálido terminara de secar las hebras húmedas de su cabello, aunque, pronto se cansaría de la visión plana del cielorraso y su rostro se inclinaría para mirar al rubio en la habitación. —Y perdona por tardar tanto, pero… ¿Sabes? Me apetece seguir con lo interrumpido en el puerto y no quiero que esa agua asquerosa nos vuelva a arruinar el momento, así que…ve…toma tu baño y te esperaré para…conocernos mejor.
Al terminar de hablar el médico se movió para buscar su mochila negra. Dentro aun había un par de botellas de ron, pero ahora que su mente no estaba nublada por el duelo autoimpuesto por un crimen que el mismo cometió, decidió que aquel licor barato no sería suficiente para satisfacerlo, así que, en lugar de las pesadas botellas, sacó una más pequeña, aunque esta no era alcohol, si no que, al abrirla, dejó escapar un fuerte aroma a menta que, aunque inundó la habitación, para que el médico pudiera sentirlo, tuvo que acercar la botellita directamente a su nariz, de hecho, mientras Tezca se demoraba lo que fuera dentro de la ducha, el médico se dedicaría a “drogarse” con una simple esencia de menta que lo hacía sentir…más seguro de lo que podría admitir.
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