[T3, Autonarrada] Cazando a los cazadores [P.A.]
#1
Lugar: Cara Norte del Drum Rookie oriental, Isla de Drum
Fecha: 64 de invierno, año 17
Hora: 11:00 PM



El viento arreciaba, amenazando a Kibai con despegar su cuerpo de la roca. La ventisca había azotado aquella parte de la isla durante toda la mañana y la tarde, pero el mink había pensado que tal vez en las alturas la cosa mejorase un poco. Sin embargo, en su posición actual, a más de doscientos metros sobre el nivel del suelo, aferrado con fuerza a la grieta natural que había estado usando para ascender por la pared de roca, el aire huracanado que lo rodeaba no había hecho otra cosa que aumentar su intensidad. Mientras se esforzaba por seguir ascendiendo, el mink dejó volar su mente de nuevo hacia las razones que lo habían llevado hasta allí, sin siquiera saber si todo aquel riesgo iba a valer la pena.

Todo había comenzado hacía unas cuantas horas. Kibai se encontraba en una de sus expediciones fuera de la ciudad de Sakura, cuando el olor a una sangre de animal y graves aullidos lo habían llevado directo a un perro pastor, que había quedado con una pata atrapada en un cepo. El mink se acercó con cuidado al animal, confiando en que su aroma no del todo humano despertase cierta confianza en él. Por suerte, a pesar de lo asustado que se encontraba el perro, permitió que Kibai se acercase lo suficiente para introducir a Arashi en las juntas del cepo y hacer palanca para separar los dientes de acero, liberando al pobre animal.

Al poco tiempo, durante el cual el mink trató de improvisar un vendaje con un trozo de tela par evitar que el perro acabase perdiendo la pata por causa de la gangrena, un anciano provisto de un cayado y un grueso chaquetón de borreguillo apareció entre los árboles. Con un gran alivio, el hombre agradeció a Kibai su actuación, lamentando la presencia de cada vez más de aquellas trampas en los bosques.

— Desde que ese maldito grupo de tramperos se ha instalado en la isla, esto ha sido como caminar por un lago con el hielo del grosor de mi dedo meñique. — dijo pateando con fuerza un montón de nieve, con la voz ronca por el enojo. — Además, esos canallas se han parapetado en la cima de una de las Drum Rookies, y desde ahí es imposible sorprenderlos. Un par de los chicos que me ayudan a pastorear el ganado trataron de recriminarles sus métodos, pero los encañonaron antes de que pudiesen siquiera terminar su frase.

Mientras escuchaba la historia, Kibai miró con enojo el cepo aún machado de sangre. Podía entender que un cazador pusiese una trampa, era una manera legítima de atrapar a una presa. Pero aquello era como incendiar un bosque solo para hacer salir a los animales, un método cruel y despiadado al que no le importaban para nada los daños colaterales. Eso por no hablar claro está del hecho de amenazar a la población civil. Si lo primero hubiese provocado en el mink una reacción de desprecio y posiblemente una reprimenda, lo segundo constituía un crimen que no iba a quedar sin castigo.

Tras preguntar al anciano en qué dirección quedaba el Drum Rookie en el que aquella banda se había instalado, Kibai le agredeció la ayuda y le instruyó que junto a sus chicos peinasen el bosque ayudados de sus cayados para hacer saltar y de esa manera retirar todos los cepos que pudiesen encontrar. Él, por su parte, se encargaría de solventar el asunto de los tramperos.



Había tardado una hora y media en llegar hasta la base del Drum Rookie y al menos otros veinte minutos en decidir la mejor ruta de escalada. A medida que había ido ascendiendo, el frío no había hecho sino empeorar, al punto que al mink le costaba sentir las puntas de los dedos que clavaba una y otra vez en la dura roca cubierta de hielo y nieve para impulsarse hacia arriba. Por suerte, su amplia experiencia escalando en entornos tanto salvajes como urbanos le había proporcionado la suficiente experiencia y sangre fría para no entrar en pánico en un momento de duda o cuando sufría un resbalón o algún trozo de piedra menos sólido de lo que había juzgado en un inicio se desprendía.

Al cabo de lo que le parecía una eternidad, al fin consiguió ascender los últimos metros. La cima de la gigantesca montaña era extrañamente plana, como si fuese un tronco cortado que alguien hubiese transformado mágicamente en roca dura. El viento arreciaba duramente en aquel lugar sin ningún tipo de cobertura. Desde luego aquel no era el lugar más adecuado para guarecerse, pensó el mink, pero no tardó en captar el inconfundible olor del humo proveniente de una hoguera. De modo previsor, se guareció en una dirección en la que le viento le viniese de cara y, agazapándose levemente, comenzó a seguir el rastro que su fino olfato había captado.

A unos ochocientos metros, una hondonada rompía la monótona llanura que componía la cima del Drum Rookie. Kibai no sabría decir si era algún tipo de accidente natural, o si tal vez milenios de erosion habían acabado por cavar aquel extraño hoyo en la roca, pero ahora aquel era el lugar ideal para guarecerse del frio, y la gran hoguera del centro proprocionaba un ambiente habitable aún en aquella altitud.

Aproximándose ya completamente pegado al suelo, Kibai examinó el panorama. Al menos una docena de hombres se encontraban sentados alrededor del fuego. La mayoría de ellos simplemente estaban tumbados sobre lechos de piel sin curtir, mientras que otro daba vueltas a algo que borboteaba en una olla y que, de acuerdo al fino olfato del mink, tenía una cantidad tremendamente errónea de aderezo. Dos más, que parecían hermanos a juzgar por el gran parecido que tenían, discutían entre si alrededor de un mapa que habían extendido en el suelo y fijado mediante cuatro piedras para evitar que el viento lo moviese.

— De momento ya hemos cubierto toda esta zona. — decía uno de ellos señalando la parte derecha del mapa. — Con los cien cepos ya colocados, calculo que podríamos obtener unas cincuenta pieles al día entre animales salvajes y ganado que se despiste de los rebaños. En una semana, podremos mudarnos a otra region de la isla para que el ritmo de presas se mantenga estable cuando esta parte ya esté diezmada.

— Y qué hay de los pastores locales? Ya sabes, ese viejo y sus chicos. — intervino el otro. — Ya han metido las narices varias veces en nuestros asuntos, y creo que las balas van a dejar de meterles miedo si demasiado ganado empieza a caer en los cebos.

— Bueno, en ese caso... — el que había hablado primero acarició el cañón del rifle de caza que tenía a su lado. — Tendremos que enseñarles por las malas a tener miedo a las balas.

Aquello había sido suficiente para Kibai. Levantándose de un salto, desenvainó a Raimei y Arashi y encaró a los maleantes con una mirada decidida en su rostro.

— Buenas noches, caballeros. Como ya se imaginarán por mi uniforme, quedan arrestados en nombre de la Marina por caza furtiva, amenazas con armas de fuego y conspiración para el asesinato. Dejad todas las armas junto al fuego y apartaos, estoy seguro que habrá cuerda por algún lado. Os ataréis los unos a los otros y descenderemos la montaña para llevaros a la prisión real.

Sin duda, habría tenido más exito pidiéndole al viento que soplara en Re mayor. Uno de los hombres se levantó de un salto, pero cuando fue a apuntar al mink con su arma, este ya estaba preparado. El disparo sonó como un trueno, arrancando ecos en las paredes de roca pero Kibai, que había activado ya su Electro. Raimei se movió como una centella chispeante, desviando la bala sin esfuerzo. El mink notó como su instinto se despertaba, y se permitió dirigirle a aquel grupo de malnacidos una sonrisa salvaje que dejaba ver sus colmillos.

— De modo que optáis por resistiros al arresto...

El mink pareció desdibujarse en el aire, descendiendo hacia el centro de la hondonada a toda velocidad, cortando armas y carne por igual. Kibai no se excedió en cuanto a crueldad, pero tampoco se permitió grandes lujos, si un enemigo empuñaba su arma hacia él, moría. Por fortuna, ninguno de sus rivales era un grandísimo tirador, motivo indudable por el cual habían optado por recurrir a la estratagema de la colocación en masa de cepos.

Finalmente, solo uno de los líderes quedó en pie. Su hermano, que había intentado rajar a Kibai empleando un cuchillo de monte, había encontrado un rápido final en forma de una estocada certera entre los ojos. El hombre empuñó su rifle y disparó, solo para que la bala fuese desviada nuevamente por Kibai, que siguió rechazando una bala tras otra hasta que el familiar sonido de un cargador vacío fue lo único que llenó la hondonada, junto con las chispas propias del Electro.

El mink envainó las espadas tras agitarlas a ambos lados para librarse de la sangre sobrante y se acercó despacio hacai su último rival, crujiéndose los nudillos mientras sacaba las garras.

— A ver si consigues esta piel.

El hombre lo miraba con un pánico genuino en los ojos, y agarró el rifle con ambas manos, tratando de golpear la cabeza de Kibai con él, pero este se echó a un lado y de un certero zarpazo le abrió la garganta de lado a lado. Mientras su rival caía de rodillas tratando de contener la hemorragía, Kibai echó el contenido de la olla sobre el fuego, dejando la cima del Drum Rookie en una negrura total, al menos para cualquiera que, a diferencia de él, fuese incapaz de ver en la oscuridad.

Los últimos estertores de los supervivientes le acompañaron mientras se dirigía hacia el borde del Drum Rookie, mirando hacia la dirección en la que había encontrado al anciano y a sus muchachos. Sosteniendo el mapa de los cazadores en la mano, de dejó caer al vacío, usando su garra libre para aminorar su descenso. Aún había mucho trabajo que hacer hasta despejar el bosque de trampas y devolver la tranquilidad a los lugareños.

El viento le aguó los ojos mientras seguía su descenso hacia el suelo. Cuando finalmente aterrizó, se sacudió los restos de sangre y polvo de la capa y se encaminó hacia el bosque cercano, mientras ojeaba el mapa. Desde luego, los tramperos habían hecho su trabajo a conciencia: al menos había casi setenta puntos rojos marcados en aquella zona del mapa.

— Maldita sea, estos desgraciados me van a tener despierto toda la noche...

Cuando al fin se reunió con el anciano y sus ayudantes, el mink extendió el mapa a la luz de las antorchas para mostrárselo.

— Distribuyámonos para cubrir toda la zona. Examinad bien el mapa para descartar las zonas que ya hbéis registrado por completo a ciegas. Debemos centrarnos en los caminos de ganado y aquellos lugares que puedan ser visitados por viajeros, cazadores o excursionistas.

El anciano le palmeó levemente la espalda como agradecimiento y se dispuso a organizar al resto de voluntarios. Kibai sonrió con disimulo mientras se crujía los nudillos. Definitivamente, aún quedaba mucho trabajo.
[Imagen: gvCFAP2.png]


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[T3, Autonarrada] Cazando a los cazadores [P.A.] - por Kibai - 17-06-2026, 12:12 AM

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