17-06-2026, 08:31 PM
"Espero que os haya gustado Drum. ¿Todos listos?" Stroud dio un par de golpes sobre el timón, como comprobando la consistencia de la estructura, y provocando que la capa superficial de hielo y carámbanos que se había formado sobre el mismo se fracturase y cayese al suelo en mil pedazos, como si acabase de dejar caer una vasija de porcelana. El Royal Quiver soportaba el crudo invierno de Drum como buenamente podía. A un barco de aquella envergadura no le era fácil aguantar las adversidades del Grand Line y las muchas pruebas, meteorológicas y de otros tipos, a las que aquel mar sometía a sus navegantes, pero la vieja goleta de la División 60 podía con aquello y más, siempre que se le diese el adecuado mantenimiento. El horroroso frío del Reino de Drum no había sido clemente, en absoluto, con el navío, como no lo era con nada en general, pero estaba a punto para partir.
Stroud extrajo su pipa Saltfin de su bolsillo, contemplando el mar semicongelado, en el que múltiples trozos de hielo, del tamaño de pequeñas islas, flotaban sobre el oleaje, fracturándose y estampándose contra las rocosas costas de Drum continuamente como enormes placas tectónicas a la vista de todos. Mientras prensaba el tabaco en su interior con cuidado, pensó sobre su estancia en aquel lugar, y las aventuras que los miembros de la División habían corrido en aquel paraje helado. Tenía su encanto, eso era innegable. Eso sí, una vez llegasen a su destino, tendría que aclarar algunas cosas con Kibai respecto a su más reciente misión. Aquello, sin embargo, debería esperar: la labor que les esperaba para llegar hasta la siguiente isla no prometía ser poca cosa, y navegar por las aguas del Grand Line era trabajo más que suficiente para mantener una mente ocupada, y más en pleno invierno.
Prendió su pipa, dando varias bocanadas de humo breves y seguidas, para finalmente, cuando la brasa se hubo estabilizado, exhalar un denso aro de humo. Colocándose la pipa entre los dientes y manteniéndola en su lugar, tomó de la tapa del barril que descansaba junto al timón un hatajo de papeles y pergaminos que conocía bien. Los extendió frente a sí, como quien comprobaba el primer periódico de la mañana, y los observó con cuidado, casi como si los estuviese leyendo por primera vez. No era el caso, claro; había estado hasta bien entrada la madrugada anterior revisando hasta el último detalle, comprobando hasta la última ruta, examinando cualquier posible fallo y en busca del más mínimo margen de error. De momento, todo parecía cuadrar. La cubierta, las brazolas y las escotillas estaban mayormente limpias de escarcha y nieve —o todo lo que era posible—, y habían dado un buen repaso a las velas. El sol brillaba sobre ellos, sin una sola nube en el horizonte. La bodega estaba bien surtida, y los muchachos debían de estar listos para el viaje.
Dio una calada más a su pipa, aquella pequeña orca de cuyo lomo brotaba sin cesar un hilillo de humo, y pasó a sujetarla bajo la cazoleta con el índice y el pulgar de su mano derecha, expulsando el humo a través de su nariz de forma medida y lenta, empleando el resto de la mano, así como la izquierda, para agarrar con firmeza el timón, dejando que la propia pipa se apoyase ligeramente uno de los rayos de madera. "Kibai, a proa, y Bertram, al molinete. ¡Levad anclas!," indicó, acompañando sus palabras de varios ademanes. Nada le alegraba más que pronunciar aquellas palabras, que implicaban, necesariamente, que se dirigían a una nueva aventura. A estas alturas, aquellas indicaciones, que tan extrañas se le había hecho ordenar en los comienzos de sus andanzas, se sentían como algo automático. "Moja, iza el foque primero, antes de darle fuerza, y Kibai, caza el foque a media tensión. Id preparando la mayor," continuó, preparándose para que el barco comenzase a desplazarse entre los trozos de hielo, y observando el log pose que descansaba sobre su muñeca. "Ya nos podemos olvidar de los abrigos por un tiempo." Era hora de poner rumbo hacia Arabasta.
Stroud extrajo su pipa Saltfin de su bolsillo, contemplando el mar semicongelado, en el que múltiples trozos de hielo, del tamaño de pequeñas islas, flotaban sobre el oleaje, fracturándose y estampándose contra las rocosas costas de Drum continuamente como enormes placas tectónicas a la vista de todos. Mientras prensaba el tabaco en su interior con cuidado, pensó sobre su estancia en aquel lugar, y las aventuras que los miembros de la División habían corrido en aquel paraje helado. Tenía su encanto, eso era innegable. Eso sí, una vez llegasen a su destino, tendría que aclarar algunas cosas con Kibai respecto a su más reciente misión. Aquello, sin embargo, debería esperar: la labor que les esperaba para llegar hasta la siguiente isla no prometía ser poca cosa, y navegar por las aguas del Grand Line era trabajo más que suficiente para mantener una mente ocupada, y más en pleno invierno.
Prendió su pipa, dando varias bocanadas de humo breves y seguidas, para finalmente, cuando la brasa se hubo estabilizado, exhalar un denso aro de humo. Colocándose la pipa entre los dientes y manteniéndola en su lugar, tomó de la tapa del barril que descansaba junto al timón un hatajo de papeles y pergaminos que conocía bien. Los extendió frente a sí, como quien comprobaba el primer periódico de la mañana, y los observó con cuidado, casi como si los estuviese leyendo por primera vez. No era el caso, claro; había estado hasta bien entrada la madrugada anterior revisando hasta el último detalle, comprobando hasta la última ruta, examinando cualquier posible fallo y en busca del más mínimo margen de error. De momento, todo parecía cuadrar. La cubierta, las brazolas y las escotillas estaban mayormente limpias de escarcha y nieve —o todo lo que era posible—, y habían dado un buen repaso a las velas. El sol brillaba sobre ellos, sin una sola nube en el horizonte. La bodega estaba bien surtida, y los muchachos debían de estar listos para el viaje.
Dio una calada más a su pipa, aquella pequeña orca de cuyo lomo brotaba sin cesar un hilillo de humo, y pasó a sujetarla bajo la cazoleta con el índice y el pulgar de su mano derecha, expulsando el humo a través de su nariz de forma medida y lenta, empleando el resto de la mano, así como la izquierda, para agarrar con firmeza el timón, dejando que la propia pipa se apoyase ligeramente uno de los rayos de madera. "Kibai, a proa, y Bertram, al molinete. ¡Levad anclas!," indicó, acompañando sus palabras de varios ademanes. Nada le alegraba más que pronunciar aquellas palabras, que implicaban, necesariamente, que se dirigían a una nueva aventura. A estas alturas, aquellas indicaciones, que tan extrañas se le había hecho ordenar en los comienzos de sus andanzas, se sentían como algo automático. "Moja, iza el foque primero, antes de darle fuerza, y Kibai, caza el foque a media tensión. Id preparando la mayor," continuó, preparándose para que el barco comenzase a desplazarse entre los trozos de hielo, y observando el log pose que descansaba sobre su muñeca. "Ya nos podemos olvidar de los abrigos por un tiempo." Era hora de poner rumbo hacia Arabasta.
Navegación

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