18-06-2026, 04:36 AM
(Última modificación: 18-06-2026, 04:48 AM por Hyákinthos.)
Su mano seguía arriba, el cañón de la pistola apuntaba directamente a la silueta de un hombre rubio que, para el conejo, se parecía demasiado a un viejo conocido. En ningún momento quitó la vista de él y, menos mal que fue así, pues, aunque su vista le fallaba al reconocer a las personas, aún era capaz de reconocer cuando alguien estaba a punto de atacarlo, a fin de cuentas, más sabe el diablo por viejo que por diablo y Barnaby lo demostraría.
Dio un salto hacia arriba hasta elevarse tres metros sobre el rubio, haciendo que la lanza que buscaba golpearlo pasara de largo y una vez arriba, se movió apenas un par de centímetros para caer a un metro hacia la izquierda de donde estaba originalmente, había quedado justamente delante de la Madame, aunque separada de ella también por un metro.
—¿Ah? ¿Qué dices, maldito traidor? ¿Tu padre? —A pesar de su buena escucha, el viejo omitió por completo el apodo de “Cici”, dejándose llevar solo por el apellido del maldito que lo había traicionado. —¿Cómo voy a saber yo de tu padre, chis? —Su mano nunca se apartó del gatillo, pues cuando aterrizó se encargó de apuntar hacia el rubio. No cedería, no escucharía…No le interesaban las excusas que pudiera darle. —Nunca hablaste de él cuando eras joven y tampoco cuando nos vimos la última vez y de todos modos ¿Cómo tienes tanto descaro de venir a pedirme información cuando viniste aquí hace poco y me traicionaste?
No esperó a que el rubio pudiera responderle algo, simplemente, aprovechando su posición, decidió apretar el gatillo sin pensarlo dos veces y de este salió una pequeña bala disparada directamente hacia Tezca, una que, si no se apartaba, daría directo en el mismo brazo con el que sostenía la lanza.
¡Boom!
La bala explotaría cuando alcanzara su objetivo.
—¡Adiós, Norova! Quiero que sepas que, hace tiempo, te aprecié como a un hijo —. Bajó su mano, guardó el arma en su cinturón y se dispuso a abalanzarse sobre el rubio, todo con la intención de darle una patada que pudiera dejarlo noqueado; sin embargo, solo con doblar un poco sus rodillas se escuchó el crujido de sus huesos. De su boca salió un quejido de dolor…bueno, más bien una maldición. —¡MALDITA SEA! ¡PUTO DOLOR DE RODILLAS! ¡Ah! Ya no estoy para estos trotes —. Refunfuñó mientras apoyaba sus manos sobre sus rodillas para masajearse, algo que Madame De Rosier aprovechó para ponerse de pie y sostener al viejo mink, una acción que imitó el otro Monsieur Clair, quienes, hasta ahora, no habían intervenido en nada porque sus ojos estaban cegados, sus cuerpos golpeados por la caída y algo mareados por el viaje que hicieron con Tezca.
—¿Qué haces, Barnaby? —El agarre de la Madame era más fuerte que el del hombre, pues este, aunque no estaba tan borracho como al inicio, sí que estaba mucho más débil por culpa del alcohol y, además, tenía más edad que la mujer. —¿No ves que ese no es el Norova que conocemos?
—Oigan ¡Suéltenme! ¡Déjenme ir a matar a ese desgracia…!
—¡Eso no! —exclamó el viejo mientras intentaba sujetar al conejo que aun murmuraba insultos por culpa del dolor de su artritis. —También creí que mis ojos me engañaban y que veía a un joven Cici, pero ese no es él… ¡Es su hijo! ¿Qué no ves que su piel es tan tersa como la porcelana y su cabello aun es dorado como el sol? ¡No tiene canas ni arrugas! Y mira lo ágil que es…además… ¿Cuándo viste que Cici se convirtiera en…iugh…ese lodo asqueroso? —El agarre del hombre se hizo un poco más fuerte, aunque lo cierto es que no era necesario, pues la artritis había casi paralizado al conejo. Lo había anclado a su lugar.
Monsieur Clair miró de reojo a la mujer, con algo de preocupación, ella devolvió esa mirada con preocupación y soltó al mink para correr hacia donde estaba el rubio. El humo de la explosión no le dejaba ver cómo estaba el chico.
—¿Cariño? ¿Estas bien? —La mujer corrió para ayudar al chico a ponerse de pie. —Vamos, mejor explícale al anciano cascarrabias que es lo que en verdad necesitas, díselo con calma, incluso puedes decirle que intenciones tienes con tu padre al reencontrarte —. Ella, por supuesto, no tenía idea del porque el muchacho buscaba a su padre con tanto ahínco.
—¿Es cierto? ¿Es eso cierto? ¡Pero es su viva imagen! —El conejo, algo más recuperado, se acercó hasta el chico, cojeaba y con cada paso se quejaba por el dolor de sus rodillas. —No debí saltar tan alto, chis —. Se quejó cuando llegó a un lado del chico mientras que del bolsillo de su camisa sacaba un monóculo que colocó sobre uno de sus ojos, todo para analizar al rubio al que había atacado sin pensar.
—¡Por las barbas de Neptuno! —Fue su primera expresión cuando la claridad del monóculo le hizo observar a un muchacho que, aunque parecido al Norova que conocía, se veía más delicado, delgado y, por supuesto, muchísimo más joven que el hombre que lo había visitado semanas antes. —¡JA! ¿Quién diría que ese irresponsable tendría un hijo? ¿Para qué quieres encontrar al inútil de tu padre? —Había bajado las armas y la guardia, incluso su tono era más afable, pero eso sí…no pensaba en disculparse.
Relicario
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