18-06-2026, 07:59 AM
Dentro del Gran Salón
8:00 p.m.
Lujo y esplendor.
Una vez en la entrada del hotel, uno de los edecanes contratados para guiar a los asistentes, se encargó de encaminar a nuestro protagonista por el amplio pasillo del lobby del Domus Aurea. Luego de haber caminado unos cuantos metros giraron hacia la derecha y encontraron una enorme puerta, abierta de par en par, de cinco metros de ancho y otros cinco de alto, un perfecto cuadrado enmarcado con fina madera color ébano traída, especialmente, desde Elbaph.
—Sea bienvenido, caballero —. Fueron las últimas palabras que le dirigió el edecán al enmascarado pirata antes de realizar una reverencia y hacerlo pasar al Salón Argentum.
Desde el pasillo se podía escuchar la música, pero una vez dentro, el sonido de los instrumentos en vivo, tocados por una orquesta que parecía casi hipnotizada con su labor, generaban una atmósfera casi mágica dentro del salón. Era como otro mundo, un espacio en donde incluso las gráciles calles de la isla palidecían ante la suntuosa decoración y a los trajes estilizados de los distinguidos invitados.
En los alrededores del Gran Salón se vislumbraban largas mesas con todo tipo de comidas y bebidas, las suficientes para mantener entretenidos a los asistentes. Los licores eran de todas las clases que alguien pudiera imaginarse y la comida venía en diferentes presentaciones, tanto en porciones chicas como en porciones grandes, para todos los gusto y, aunque cada uno podría servirse por su cuenta si así lo deseaba, al inicio y al final de cada mesa había meseros, tanto chicas como chicos, con bandejas con platos pre preparados y otro par más esperando por si alguien le ordenaba servir un pedido especial. Hacían un total de 10 en cada lado del salón, 20 en total.
También, sobre las cabezas de los asistentes, colgaban del techo al menos seis candelabros que estaban bien sujetos en las alturas, se notaba que las cadenas que los sostenían era de la mejor calidad, como todo ahí.
Cualquiera creería que un evento así estaría limitado a unos pocos asistentes, pero lo cierto es que el salón rebosaba con parejas y grupos de amigos, de distintas edades y razas, todos con el rostro bien cubierto, tal como la invitación ordenaba. Algunos de ellos charlaban y otros bailaban al ritmo de la suave música.
Sin embargo, lo que más llamaba la atención era la enorme tarima que estaba justo al frente del salón, elevada sobre el suelo y decorada de manera tal que en medio relucían unos podios con almohadones que parecían hechos de terciopelo de seda. No…no parecían, estaban hechos con ese material, no podía ser de otra manera considerando todo el lujo que derrochaban en ese hotel.
Un reloj, enorme, situado al otro extremo del salón, encarando al escenario, fijó la hora del inicio real del evento: Las 8:00 p.m. y con ello fue suficiente para que la música se detuviera con solo la primera campanada y sobre el escenario apareciera una plataforma que venía desde abajo, revelando al presentador de la noche.
Los aplausos no tardaron en llegar ante el saludo del carismático hombre trajeado que acaparaba el escenario. La subasta estaba por comenzar.
Pero más allá del esplendor de aquella gala, a un lado del escenario había dos puertas que se disimulaban bastante bien; sin embargo, si se prestaba suficiente atención se podía ver el ir y venir de los empleados del hotel, tanto meseros como meseras, guardias y músicos, así como cualquier otro miembro de la organización. Gente que los asistentes suelen ignorar hasta que disponen de ellos, pero que eran justamente los que hacían que todo funcionara a la perfección: Los encargados de custodiar las joyas para la subasta, incluyendo el diamante negro que la señorita Agelena clamaba que pertenecía a su familia.
Ese momento, en donde todos tenían la vista en el escenario, en donde las primeras joyas eran colocadas sobre los podios para empezar la subasta, parecía perfecto para llegar colarse en una de aquellas puertas y empezar a buscar el diamante, pero…ahí estaba justo el problema: Las indicaciones de Agelena.
La mujer habló con claridad cuando le dio las instrucciones al pirata, que habría una puerta a un lado del escenario, pero ahora había dos, tal vez su informante le dio mal los datos, así que, al capitán solo quedaba una cosa por hacer: elegir, después de todo, atrás de una de esas dos puertas debía estar el Diamante de la Viuda Negra y con ello, sus 170 millones de berries si es que se lo llevaba a la pelirroja.
Invitación al Baile
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