Nyra Kuroshiro
Cuando la joven humink decidió abandonar momentáneamente el salón principal, sus aguzados oídos pueden escuchar numerosos murmullos en los círculos colindantes a ella, muchos de los cuales a buen seguro no serían demasiado de su agrado, pues eran afilados puñales en contra de la misteriosa mujer que había acaparado las atenciones del joven,
— Pero quién se cree que es esta?
— A mi no me suena de nada, no la he visto nunca.
— Oh por todos los... Eso es una cola?
Sin embargo, lo que más llamaría la atención de Nyra a medida que se acercaba a la puerta que la llevaría a la sala de juegos sería la queda conversación que Carlisle mantenía con un hombre del servicio de la mansión. El gentilhombre en cuestión lucía una librea especialmente elegante, indicando sin duda que pertenecía al grado más alto de sirvientes. Sostenía con una sola mano una pesada bandeja de plata, sobre la cual reposaba un sobre dorado con un sello de lacre rojo, el cual debía contener bastante papel dentro a juzgar por lo abultado del mismo.
Carlisle, a pesar de que la máscara cubriese la mayor parte de su expresión, tenía una postura mucho menos relajada que a la hora de hablar con la joven marine, y estaba apoyando una mano en el hombro del sirviente mientras susurraba quedamente.
— Está todo dispuesto? Ya sabes que es muy importante para mi.
— Soy conciente de la situación, señor. Yo mismo lo he revisado dos veces. Está todo. Solo dígame cuando he de entregarlo a su destinatario y me encargaré de que lo reciba sin dilación.
— No. — A ojos de Nyra, la mano de Carlisle que seguía sobre el hombro del sirviente se tensó, mientras su mandíbula se apretaba. — Me encargaré yo mismo. Después, durante el baile. Ya has hecho suficiente, no quiero que tú y el resto os impliquéis aún más en esto. Gracias, Jacques, por todo.
El joven recogió el sobre y subió por las escaleras que llevaban al primer piso. Por su parte, Nyra, tras haber captado estas palabras, se internó en la sala de juegos, cruzando la puerta que le abrió galantemente un miembro del servicio.
El silencio que la envolvió en cuanto el sirviente cerró la puerta a su espalda fue casi sobrecogedor. Sin duda, la Mansión de Le Chevalier estaba brillantemente construida. La estancia que tenía ante sus ojos era aproximadamente la mitad de grande que el recibidor dónde había estado. Todo el suelo era de maderas oscuras, cubierto de alfombras en color granate con flecos dorados. Había una chimenea en la pared a su izquierda, frente a la cual varios nobles conversaban sentados en un sofá y dos butacones. En el extremo más alejado de la puerta, dos parejas jugaban al billar, aunque los flirteos, bromas y caricias disimuladas parecían importarles bastante más que la victoria o la derrota.
Pero lo que más llamaba la atención sin duda era el corrillo de cabezzas inclinadas sobre una mesa situada en el centro del lugar. Los cuchicheos eran constantes, y de cada poco, un gemido seguido de una nueva oleada de murmullos, y ocasionalmente un aplauso o dos se sucedían una vez tras otra.
Al entrar en el salón, unas cuantas cabezas se giraron hacia Nyra, curiosos por ver quien era la nueva incorporación, pero algo en la mesa volvió a captar rapidamente la atención de los observadores, que tras un coro de OHHHs aplaudieron cortésmente, aunque la alegría no llegaba a sus rostros. Un hombre mayor se levantó de la silla y se abrió paso, saliendo del círculo y cruzándose con Nyra, con la cabeza gacha y sin pararse a mirarla.
En la mesa, que ahora se podía ver mejor, había un tablero de ajedrez, en la cual de uno de los lados solamente quedaba un rey negro tumbado, mientras que un ejército de piezas blancas lo rodeaban. Del otro lado de la mesa, un hombre de pelo rubio ceniza, vestido con un curioso atuendo de color blanco y negro a juego con una máscara negra decorada con perlas estrechaba unas cuantas manos y guardaba un papel en el bolsillo de su chaqueta. Tras tomar un sorbo de la copa de vino que tenía a su derecha, cruzó sus ojos con los de Nyra. La humink fue consciente de como se detenía en diversos detalles de su vestido, desde su calidad, hasta la cola que asomaba por la parte trasera.
— Vaya, una cara nueva por aquí! Sed bienvenida, joven dama. Habéis venido en busca de algo de entretenimiento? Estas recepciones pueden resultar algo tediosas una vez se ha saludado a todo el mundo, no es así? Por eso a algunos nos gusta alimentar un poco nuestras emociones con un par de juegos.
Con gran habilidad, el hombre recogió todas las piezas negras, que había colocado en la zona de captura de su lado del tablero y las colocó de nuevo en posición, organizándolas para una nueva partida.
— Me haríais el gran honor? Aún queda tiempo para el discurso de Le Chevalier. Normalmente la apuesta son veinte mil berries por pieza capturada, pero no os preocupéis por ello. Me apetece algo más... ligero. Por favor sentaos. Mis buenos amigos, nos disculparían?
Como si hubiese sido una orden más que una sugerencia, el corro de nobles e invitados se disolvió tan rapidamente que habría parecido ensayado, dejando el camino libre a Nyra para sentarse en la mesa.
Imagen del Ajedrecista
Kael Omuyaga
La corriente de viento nocturno erizó levemente la piel de Kael cuando cruzó el portal del balcón hacia el exterior. Aunque el día había sido relativamente cálido, el invierno seguía haciendose presente en la isla, y las temperaturas habían descendido notablemente, lo suficiente para que Margaret, incluso llevando un vestido de manga larga acompañado de laargos guantes de seda negra, temblase ligeramente al recibir el soplo de aire producido cuando su amiga se internó de nuevo en el salón. O puede que quizás no fuese solo por el frío, ya que cuando el joven marine se la acercó, su mandíbula estaba tensa y su gesto torcido en un ademán a medias entre la frustración y la furia ciega.
— Preocupaciones, decís? Ojalá tener que cargar con mis preocupaciones. Llevo toda mi vida cargando con mis malditas preocupaciones, puedo con eso de sobra. Lo que me hacer hervir la sangre es tener que cargar con las preocupaciones de los demás, y sentirlas como si fuesen mias!
Como si las palabras no fuesen suficientes como para expresar todo lo que en ese momento estaba pasando por el interior de su cabeza, la joven terminó su frase arrojando violentamente su copa ya vacía desde el balcón. El recipiente de cristal se estrelló contra un árbol cercano, arrancando una nota aguda que por suerte se perdió entre el ruido de la música y el murmullo general que provenía del interior. Asimismo, la altura del balcón respecto al jardín y la escasa luz hicieron dificil que los sirvientes más cercanos localizasen el origen del ruido o a su causante.
Sorprendida y repentinamente azorada por lo que acaba de hacer, el rostro de Margaret se ruborizó, a la vez que se hiraba hacia Kael, el cual había iniciado su presentación.
— Oh, por todos los diablos, lamento muchísimo mi comportamiento. Por favor, os ruego que no tengáis una mala impresión de mi a causa de un pasajero momento de enfado.
La joven hizo una reverencia tan perfecta que Kael podría pensar que estaba leyendo el más estricto libro de etiqueta.
— Es un placer pues, señor Phantom. Os ruego que me disculpéis pero yo ya he peridido hace mucho la emoción de buscar apodos para los bailes de máscaras, o de siquiera plantearme figurar como una invitada misteriosa. Mi nombre es Margaret, Margaret Deschamps.
El nombre sonaría a Kael al momento, pues como comerciante que era recordaba haber visto una muy bien cuidad tienda en la gran avenida durante su paseo previo a la fiesta, dónde se ofrecían desde flores frescas a perfumes, joyas elaboradas con rosas bañadas en plata y muchos otros productos de fino lujo.
— Ojalá aún fuese lo suficientemente desconocida en esta isla como para ponerme en vuestro lugar, mi señor Phantom. Por desgracia, el nombre de la familia de mi padre, y los múltiples escádalos de mi hermano han hecho que las miradas recaigan sobre mi desde el momento en el que entro en cualquier tienda siquiera a preguntar por el precio de una tela. Pero no quiero aburriros con mi vida, aunque os daré la razón en algo. Al menos yo, a diferencia de la mayoría de esa gente, tengo las agallas suficientes para decir la verdad de frente.
La joven se giró hacia el frente, cruzando los brazos de nuevo.
— Por eso prefiero estar aquí, en el balcón, dónde no puedo oír como las cotorras con peluca de ahí dentro murmuran sobre mi y sobre mi hermano o mi padre.
Kael se daría cuenta que, al mencionar a su padre y hermano, los dedos de Margaret se crisparían sobre sus brazos. Al emncionar el marine su petición de un baile, la joven giró levemente la cabeza, mirándolo de reojo y asintió, metiendo la mano en las mangas de su vestido para sacar una tarjeta dorada con algunos nombres ya grabados.
— Aquí tenéis, escribidlo como mejor vea..... PADRE!
Margaret había desviado la mirada hacia dentro, y dejando caer la tarjeta a los pies de Kael, había cruzado el balcón rapidamente para agacharse al lado de un hombre mayor que se había desplomado sentado en uno de los bancos que cirncundaban el balcón.
— Padre, por favor, dime que lo has logrado, dime que Remy es libre...
El anciano miró a Margaret con los ojos vidriosos y negó con la cabeza.
— Lo siento, pequeña, ese hombre... fue demasiado para mi. Nunca me había enfrentado a alguien tan bueno. Todo lo que intentaba hacer era contrarrestado antes de acabar de trazarlo. He perdido. El señor me ha concedido como regalo de buena fe por mi honradez y deportividad la libertad de tu hermano, pero le he tenido que ceder la propiedad de nuestra casa, de la tienda y de la licencia de exportación. Ese era el trato...
Una continua serie de espasmos agitaron los hombros del padre de Margaret, que comenzó a llorar tapándose los ojos con las manos, mientras que su hija hundía su rostro en su hombro, tratando de infundirle consuelo.
— No te preocupes padre, encontraremos la manera de salir adelante...
El anciano sorbió por la nariz, frotándose los ojos.
— Tú seguro que si, hija mía. Eres joven, hermosa y lista. Encontrarás a un buen marido. Para mi ya es tarde.
Levantándose como pudo, Margaret dirigió la vista a Kael, como si de repente hubiese recordado que el marien seguía allí.
— Mi señor Phantom, no puedo prometeros que me quede al baile, así que si no me encontráis en la multitud, os ruego que me disculpéis, pero ahora mi padre me necesita.
Acto seguido, recogió la lista de baile, la guardó en la manga de su vestido y se giró de nuevo hacia su padre, acariciándole suavemente los hombros con la frente apoyada contra su sien.
La Caja de Pandora

![[Imagen: sPVmAIk.png]](https://i.imgur.com/sPVmAIk.png)