20-06-2026, 04:32 AM
Kibai apretó las mandíbulas al ver como Paul era destrozado por la Lapahn gigante. No sabía que paranoia habría llevado al hombre a tratar de arrebatar una cría a su madre, pero ahora Violet tendría que lamentar la muerte de su marido y la mutilación de su hijo.
Tras su aviso, el pobre desgraciado había lanzado la cría de conejo al aire, en un fútil intento de separarlo de su madre. Por suerte, los reflejos de Kibai, aguzados aún más por el Electro, vieron con todo detalle como la cría giraba en el aira, casi cómicamente, en dirección a golpearse contra el suelo.
Más por necesidad de confianza que por auténtica compasión, pues había mandado a estas alturas a prácticamente dos centenares de aquellos seres al Infierno en todo el tiempo que llevaba en la Isla, Kibai se adelantó como una exhalación y recogió al pequeño, por decir algo ya que era tan voluminoso como un osezno, y lo cargó sin dificutades en su brazo libre, ante s de dejarlo posado en el suelo a su lado.
Mientras tanto, la madre Lapahn parecía haber terminado con su trabajo de venganza contra el secuestrador de su cría, y enfilaba su camino hacia el mink, que intercambió una fría mirada con la enorme bestia: una que, aún sin palabras que pudiesen comprenderse, lo decia todo.
Aunque la madre Lapahn fuese una enemiga formidable, Kibai era un depredador. Y eso siempre decantaría la balanza.
PURURURU PURURURU PURURURU
El Den Den Mushi de Kibai, cómodamente alojado en la acolchada sección interior de su capa, dónde estaba a salvo del intenso frío de Drum, comenzó a sonar repentinamente. En el silencio del paisaje nevado, en ese momento solo roto por el viento y las chispas del Electro que saltaban del pelaje de Kibai. Sin quitarle el ojo a la madre Lapahn, Kibai echó mano del pequeño caracol, activando el dispositivo de respuesta.
— Aquí Kibai, estoy al norte de la posición de mi última comunicación. Habéis conseguido rescatar al chico? Hay un Lapahn gigantesco aquí, y no tengo especiales ganas de pasarme el día cortándolo en pedazos.
Aguardando la respuesta de sus compañeros, Kibai enfiló a la Lapahn gigante, aguardando pacientemente a que la bestia hiciese algún movimiento.
Tras su aviso, el pobre desgraciado había lanzado la cría de conejo al aire, en un fútil intento de separarlo de su madre. Por suerte, los reflejos de Kibai, aguzados aún más por el Electro, vieron con todo detalle como la cría giraba en el aira, casi cómicamente, en dirección a golpearse contra el suelo.
Más por necesidad de confianza que por auténtica compasión, pues había mandado a estas alturas a prácticamente dos centenares de aquellos seres al Infierno en todo el tiempo que llevaba en la Isla, Kibai se adelantó como una exhalación y recogió al pequeño, por decir algo ya que era tan voluminoso como un osezno, y lo cargó sin dificutades en su brazo libre, ante s de dejarlo posado en el suelo a su lado.
Mientras tanto, la madre Lapahn parecía haber terminado con su trabajo de venganza contra el secuestrador de su cría, y enfilaba su camino hacia el mink, que intercambió una fría mirada con la enorme bestia: una que, aún sin palabras que pudiesen comprenderse, lo decia todo.
Aunque la madre Lapahn fuese una enemiga formidable, Kibai era un depredador. Y eso siempre decantaría la balanza.
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El Den Den Mushi de Kibai, cómodamente alojado en la acolchada sección interior de su capa, dónde estaba a salvo del intenso frío de Drum, comenzó a sonar repentinamente. En el silencio del paisaje nevado, en ese momento solo roto por el viento y las chispas del Electro que saltaban del pelaje de Kibai. Sin quitarle el ojo a la madre Lapahn, Kibai echó mano del pequeño caracol, activando el dispositivo de respuesta.
— Aquí Kibai, estoy al norte de la posición de mi última comunicación. Habéis conseguido rescatar al chico? Hay un Lapahn gigantesco aquí, y no tengo especiales ganas de pasarme el día cortándolo en pedazos.
Aguardando la respuesta de sus compañeros, Kibai enfiló a la Lapahn gigante, aguardando pacientemente a que la bestia hiciese algún movimiento.
La Caja de Pandora
