22-06-2026, 06:03 PM
La sopresa que se llevaron el dúo de marines al conseguir abrir la puerta a la primera fue notable, y aunque ambos sufrieron el embate de la ola de agua que provino de las escaleras, aquello no aminaló para nada su ánimo para lograr terminar con los delincuentes que habían atacado a sus compañeros. Con decisión adoptaron una formación con Juna Sebastián en su forma híbrida al frente, mientras que Enji mantendría a salvo la retaguardia, cubriendo el avance de su compañero.
A medida que ascendían por las escaleras de roca, los murmullos que se entremezclaban con el ruido del agua aún fluyendo fueron haciéndose cada vez más claros hasta diferenciarse en varias voces humanas, las cuales, en tonos más o menos disimulados susurraban órdenes y palabras de ánimo. Parecía que aquellos criminales estaban ya alerta y listos para enfentar a los adalids de la Justicia.
Apenas Juan Sebastián asomó el caparazón por el último tramo de escaleras, el estruendo característico de un arma de fuego resonó por toda la caverna, y un fragmento de roca estalló a su derecha.
— Vale amigo! Intentemos no hacer movimientos raros! Aquí mi amigo tiene el dedo del gatillo muy sensible como has podido comprobar. No sé como demonios habéis logrado entrar pero vais a tener tiempo suficiente para decirnoslo a todos.
A ojos del gyojin, el lugar que tenía ante sus ojos parecía una conbinación de almacén de mercancías y barracón militar. Las escaleras desembocaban en una zona amplia de techo alto y abovedado, de al menos ocho metros de alto. En toda la estancia, cajas de madera y sacos de arpillera se acumulaban en montones ordenados, ocultando mercancía de índole desconocida.
A ambos flancos de la entrada, parapetados tras estas cajas a modo de barricada, varios hombres apuntaban sus armas hacia los marines. Al fondo de la caverna, a unos veinte metros de la entrada, seis literas de hasta cuatro metros de altura servían de lugar de descanso para aquellos criminales, aunque en este momento también servían de atalaya para un tirador, el cual se encontraba tumbado y con la mira de su rifle enfocada en el lugar por dónde iban a subinr Enji y Juan Sebastián.
Enfrente de las literas, a quince metros de la entrada, un hombre armado con un gran Kanabo se apoyaba en el arma mientras hablaba con un Den Den Mushi.
— Si, señor, han logrado acceder al interior. El inventario de la cueva ha sido comprometido. Contactaré de nuevo cuando me haya encargado de ellos.
Tras colgar, El hombre guardó el caracol en su bolsillo y sujetó el kanabo con ambas manos.
— Bien, vosotros! Estáis muertos, bastardos de mierda! Hacednos un favor, y no os resistáis, tenemos mucho que hacer y no podemos perder el tiempo con un marisco gigante.
A medida que ascendían por las escaleras de roca, los murmullos que se entremezclaban con el ruido del agua aún fluyendo fueron haciéndose cada vez más claros hasta diferenciarse en varias voces humanas, las cuales, en tonos más o menos disimulados susurraban órdenes y palabras de ánimo. Parecía que aquellos criminales estaban ya alerta y listos para enfentar a los adalids de la Justicia.
Apenas Juan Sebastián asomó el caparazón por el último tramo de escaleras, el estruendo característico de un arma de fuego resonó por toda la caverna, y un fragmento de roca estalló a su derecha.
— Vale amigo! Intentemos no hacer movimientos raros! Aquí mi amigo tiene el dedo del gatillo muy sensible como has podido comprobar. No sé como demonios habéis logrado entrar pero vais a tener tiempo suficiente para decirnoslo a todos.
A ojos del gyojin, el lugar que tenía ante sus ojos parecía una conbinación de almacén de mercancías y barracón militar. Las escaleras desembocaban en una zona amplia de techo alto y abovedado, de al menos ocho metros de alto. En toda la estancia, cajas de madera y sacos de arpillera se acumulaban en montones ordenados, ocultando mercancía de índole desconocida.
A ambos flancos de la entrada, parapetados tras estas cajas a modo de barricada, varios hombres apuntaban sus armas hacia los marines. Al fondo de la caverna, a unos veinte metros de la entrada, seis literas de hasta cuatro metros de altura servían de lugar de descanso para aquellos criminales, aunque en este momento también servían de atalaya para un tirador, el cual se encontraba tumbado y con la mira de su rifle enfocada en el lugar por dónde iban a subinr Enji y Juan Sebastián.
Enfrente de las literas, a quince metros de la entrada, un hombre armado con un gran Kanabo se apoyaba en el arma mientras hablaba con un Den Den Mushi.
— Si, señor, han logrado acceder al interior. El inventario de la cueva ha sido comprometido. Contactaré de nuevo cuando me haya encargado de ellos.
Tras colgar, El hombre guardó el caracol en su bolsillo y sujetó el kanabo con ambas manos.
— Bien, vosotros! Estáis muertos, bastardos de mierda! Hacednos un favor, y no os resistáis, tenemos mucho que hacer y no podemos perder el tiempo con un marisco gigante.
La Caja de Pandora
