22-06-2026, 06:51 PM
Pese a que el agua siguiese acorralándonos por debajo y encima sólo tuviésemos un largo túnel hasta un techo de roca, Karl no perdía la esperanza. Yo volaba varios metros por delante de ella, con la intención de que si no encontrábamos salida, la crearíamos a puñetazos si fuese necesario. Sin embargo me percaté de que ella empezó a hablar por den den mushi, aunque no llegué a oír nada de lo que decía. La situación era crítica y necesitábamos un milagro, ya que si el agua no dejaba de ascender, nos ahogaríamos acompañando al centenar de Marines que llegaron antes que nosotros. De pronto oí un sonido metálico a través de las paredes que detuvo mi vuelo. El milagro llegó. Sin saber cómo ni por qué, un temblor en la cueva anunció una de las cosas más impresionantes que había presenciado nunca: en la lejanía vi como el techo se partía, como si la tierra se separase dándonos una última bala. — ¡KARL! — grité a mi compañera que hablaba por su den den mushi metros abajo. — ¡Parece que aún nos quedan más viajes por delante, el Ayuwoki nos protege! ¡sígueme! ¡Kakahaha! — Sin perder el tiempo, volví a acelerar mi vuelo propulsado por la arena hacia la superficie, atravesando con mi cuerpo algunas rocas que caían desde arriba tras el movimiento terrestre.
Ya podía ver el cielo nocturno y, con un último impulso, por fin llegué al exterior pudiendo respirar un aire menos cargado, cancelando mi vuelo y dejándome caer desde las alturas, flexionando mis piernas al aterrizar sobre el terreno. En la lejanía vi como el sheriff y los hermanos del establo habían acudido a mi llamada y me reí entre dientes al imaginarme cómo sería su reacción cuando se enterasen de que Helios Cabohausen, el músico errante, no existía. Que yo era un vicealmirante de la novena división de la Marina. Karl salió detrás de mí y, un rato después, Fuguwu apareció llevando a alguien consigo. Resultaba ser uno de los hombres de Leyos y, al mirarle, lo único que me apetecía era actuar como ellos hicieron con nuestros hombres. Quería separarle la cabeza del cuerpo con un pisotón seco en el cuello. Sin embargo la captura había sido de Fuguwu, lo justo era que mi compañero decidiese qué hacer con ese gyojin. — Sabía que te las apañarías, amigo, Karl y yo casi nos ahogamos pero al menos pude hacer un último baile ¡kakahaha! — Levanté el aparato reproductor de música para enseñárselo mientras el bucle eterno de la canción del Ayuwoki seguía sonando.
El último en aparecer en escena fue Viktor, demostrando que hacía falta mucho más que un lago para acabar con él. No me sorprendía que hubiese sobrevivido, lo sorprendente fue que nos abrazase de forma cálida en cuanto se reagrupó con nosotros. Lo que en su día fue un encuentro con su grupo con un final catastrófico, tenerlo de invitado en Mystoria y como compañero de armas había construido algo a lo que se le podía llamar amistad. Tras ello nos enseñó con orgullo su trofeo, apartando su abrigo para ver la cabeza del criminal que había provocado todo. — Parece que al final sí te has divertido. — le dije sonriente, en referencia al momento en el que nos topamos el centenar de cadáveres como bienvenida. A continuación sólo pude reír. — Eh Viktor, gracias. — Atando cabos había llegado a la conclusión de que el milagro en la salida había sido cosa suya. Definitivamente el Shichibukai jugaba en otra liga.
En la lejanía la extraña mujer a la que Viktor se refirió se seguía alejando. Tenía la sensación de que no había por qué preocuparse. Mi preocupación residía en ese radio casette el cual alcé para mirarlo de cerca. Empecé a aporrearlo a ver si dejaba de sonar o cambiaba la canción. Después de lo sucedido en el taller, no quería volver a escuchar al Ayuwoki nunca más.
Ya podía ver el cielo nocturno y, con un último impulso, por fin llegué al exterior pudiendo respirar un aire menos cargado, cancelando mi vuelo y dejándome caer desde las alturas, flexionando mis piernas al aterrizar sobre el terreno. En la lejanía vi como el sheriff y los hermanos del establo habían acudido a mi llamada y me reí entre dientes al imaginarme cómo sería su reacción cuando se enterasen de que Helios Cabohausen, el músico errante, no existía. Que yo era un vicealmirante de la novena división de la Marina. Karl salió detrás de mí y, un rato después, Fuguwu apareció llevando a alguien consigo. Resultaba ser uno de los hombres de Leyos y, al mirarle, lo único que me apetecía era actuar como ellos hicieron con nuestros hombres. Quería separarle la cabeza del cuerpo con un pisotón seco en el cuello. Sin embargo la captura había sido de Fuguwu, lo justo era que mi compañero decidiese qué hacer con ese gyojin. — Sabía que te las apañarías, amigo, Karl y yo casi nos ahogamos pero al menos pude hacer un último baile ¡kakahaha! — Levanté el aparato reproductor de música para enseñárselo mientras el bucle eterno de la canción del Ayuwoki seguía sonando.
El último en aparecer en escena fue Viktor, demostrando que hacía falta mucho más que un lago para acabar con él. No me sorprendía que hubiese sobrevivido, lo sorprendente fue que nos abrazase de forma cálida en cuanto se reagrupó con nosotros. Lo que en su día fue un encuentro con su grupo con un final catastrófico, tenerlo de invitado en Mystoria y como compañero de armas había construido algo a lo que se le podía llamar amistad. Tras ello nos enseñó con orgullo su trofeo, apartando su abrigo para ver la cabeza del criminal que había provocado todo. — Parece que al final sí te has divertido. — le dije sonriente, en referencia al momento en el que nos topamos el centenar de cadáveres como bienvenida. A continuación sólo pude reír. — Eh Viktor, gracias. — Atando cabos había llegado a la conclusión de que el milagro en la salida había sido cosa suya. Definitivamente el Shichibukai jugaba en otra liga.
En la lejanía la extraña mujer a la que Viktor se refirió se seguía alejando. Tenía la sensación de que no había por qué preocuparse. Mi preocupación residía en ese radio casette el cual alcé para mirarlo de cerca. Empecé a aporrearlo a ver si dejaba de sonar o cambiaba la canción. Después de lo sucedido en el taller, no quería volver a escuchar al Ayuwoki nunca más.
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