22-06-2026, 08:40 PM
En aquellos instantes, todo el lugar pareció conmocionarse. Incluso las auras de aquellos que se encontraban sobre ellos, en los campanarios, y bajo ellos, en las criptas, cambiaron casi uniformemente su color a uno de inquietud y curiosidad, probablemente debido al repentino silencio que habrían podido percibir en la planta en que se encontraban Ashura y Tenoch, una quietud visiblemente poco habitual en aquel lugar, e incluso pudieron percibir cómo una innumerable cantidad de aquellas auras, muchas más de lo que hubiese cabido esperar, empezaban a subir o a bajar escaleras, dirigiéndose a la planta baja, y algunos de ellos empezaban ya a llegar para ver qué había ocurrido. Los piratas de Hachinosu —o, al menos, la porción de ellos que se encontraba reunida en aquella extraña iglesia-taberna, si bien el sentimiento parecía algo generalizado— siempre habían tenido una costumbre que podía volverse en su contra con facilidad: considerar que el dirigente de Hachinosu era uno de ellos. La tórrida isla, por su localización y, sobre todo, su largo historial de tierra sin ley ni rey (al menos en el sentido más convencional de la palabra), daba pábulo a una vida distendida, de piratería, juegos de cartas, peleas de bar y ron, en la que nadie debía ninguna explicación a nadie y en la que el capricho temporal primaba sobre otras cuestiones. Había excepciones, claro: entre los piratas, la lealtad al capitán y a la tripulación de uno era uno de los listones morales que jamás se ponían en cuestión, y, de hacerse, uno se exponía al escarnio y, con toda probabilidad, a caer en el ostracismo, incluso entre las banderas negras. En aquel mundo en que mandaban el oro y los cañones, pero en el que la lealtad era la moneda de cambio última, nada era peor que ser llamado amotinado.
Sin embargo, este mismo sentido de indolente complacencia era también peligroso, puesto que era sencillo caer en la trampa de considerar que quien gobernase sobre la Calavera Haibu era uno más. Y, en algunos casos, podía haber sido así, pero aquel no era el caso, no con los Mushoku. En mayor o menor medida, los Mushoku no habían acabado ostentando el poder sobre el mundo de la piratería del Nuevo Mundo, la gran meta de todo pirata que se preciase, en base a su apoyo popular, o en base a la legitimidad ganada de una estirpe, no. La legitimidad de los Mushoku provenía de su férreo puño, de la firmeza con que habían conquistado el poder de la isla para sí, y con la que eran capaces de mantenerlo. Eran bien conscientes de que su posición, más que la de uno más, debía ser la del que más. Realmente, los habitantes de Hachinosu, miembros en lo formal de los hombres del Shichibukai Ashura, no erraban a la hora de tratarlos como realeza, y tratarlos con demasiada confianza había sido un error que podía pagarse caro. Ashura era plenamente consciente de ello, así como lo era el enmascarado Tenoch, por significativamente más suaves que resultasen sus formas, tendiendo más a acercarse a sus subordinados manteniendo una sana distancia que a permanecer bajo el palio del poder.
Esto fue lo que los presentes en el Galleon's Grotto —o, al menos, la porción de ellos que estaba lo suficientemente sobria como para encadenar un proceso de sinapsis medianamente coherente— entendieron casi que en el preciso instante en que vieron cómo el labio de Ashura se levantaba con asco, y en la gravedad que había adquirido el tono, habitualmente sereno y tranquilo, del enmascarado Quetzalli. Tal vez fuera también porque, precisamente en aquel ambiente de libertad y libertinaje, en el que se abrían paso el desenfreno y la primacía del deseo, la taberna se convertía en el perfecto símbolo de lo que las pasiones descabalgadas podían hacerle a un hombre, como el borracho que había osado explicarle una serie de gilipolleces —no tenían otro nombre, para ser honestos— a la Catástrofe, en contraste y, paradójicamente, equilibrio con el propio jefe de mesas, don Athir, cuyo desvencijado uniforme y delicados modales habían quedado como el único recordatorio de que el Galleon's Grotto había optado alguna vez a convertirse en un local respetable, al contrario de lo que pudiese pensarse al contemplar a la práctica totalidad de su clientela habitual.
Los movimientos del tuerto capitán de los Mushoku habían sido rápidos y sin lugar a respuesta alguna, claro: ¿quién se hubiera atrevido a retar al Shichibukai en su propia casa, en su propia isla? Y, sobre todo, ¿quién se hubiera atrevido a disputarle a los Mushoku que aquella era, en efecto, su isla? El borracho se levantó con enorme dificultad, como si acabase de despertar en una playa tras un naufragio, confuso, mareado, dolorido y con dificultad para respirar, además de los considerables psicomotrices causados por el consumo de alcohol del que parecía haber estado participando con excesiva asiduidad. Todos contemplaron lo ocurrido con perplejidad, y ni un dedo se movió, ni una boca se abrió. Incluso los codos dejaron de moverse para llevar las botellas hasta los labios de sus propietarios. El borracho lanzado por Ashura no hizo ningún comentario al respecto; suficiente dificultad parecía plantearle ya el solo hecho de levantarse sin vomitarse encima todo el contenido de su alcoholizado sistema digestivo. En cuanto estuvo erguido —es un decir—, con sus brazos y su cabeza colgando como si nada los sujetase, y su cuello amoratado con la forma de una mano informe, mantuvo cerrada su boca, salvo para exhalar algo de aquel nauseabundo aliento que borboteaba al pasar por su maltrecha garganta, y observó el suelo. Se agachó de nuevo con dificultad, y por un momento pareció que fuese a desplomarse allí mismo, para recoger el preciado tesoro: su botella, que había caído sobre los tablones de madera del suelo. La agitó ligeramente, su líquido contenido salpicando en el interior de su vidrio translúcido: la mayoría de su bebida se había salvado, solo una parte desparramándose y filtrándose por el suelo tras su caída. Suspiró con alivio, y dio un sediento trago más, antes de volver a clavar sus ojos en Ashura. Tras la barra, el jefe de mesas y el resto de personal del bar habían adoptado un prudente silencio, mas no había cesado en sus tareas, desempeñando sus labores con minuciosidad, limpiando la superficie de madera, llevando torres de vasos sucios y apilados unos sobre otros o preparando algún cóctel. Finalmente, el borracho abrió su pútrida boca para responder a la Catástrofe.
Apenas hubo tomado aliento para hablar, sin embargo, de las desgastadas escaleras de mármol había aparecido una multitud incontable de maleantes llegados desde las profundidades de las criptas del Galleon's Grotto, armas en mano y dispuestos a darle su merecido a quien fuera que hubiese perturbado la paz de su local de confianza, sus auras encendidas con fulgurantes mezclas de rabia, violencia y curiosidad, que, sin embargo, parecieron apocarse en el instante en que sus ojos, colectivamente, se detuvieron primero en el sereno Quetzalli, para después ir a parar sobre el imponente Ashura. Hubo un instante de vacilación, de duda, al darse cuenta de quiénes habían sido los responsables de, pese a todo, poner orden en aquel lugar y dejar claro de quién era la primacía sobre Hachinosu. Sus auras flameantes, que habían quedado ya completamente visibles para los dos Mushoku a medida que se hubiera acumulado entre ellos y las propias escaleras, dieron buena cuenta de la miríada de emociones que atravesaron en cuestión de un instante: de la ira y el deseo de violencia contra algún individuo sin nombre que, en apariencia, se había atrevido a irrumpir en su lugar de solaz, hasta la perplejidad al ver de quiénes se trataba y su correspondiente vacilación y, finalmente, una firme determinación violenta que pareció volver a arder en todos ellos. "¡Recordad la misión!," exclamó uno de ellos, arengando a todos los demás. Comenzaron a encadenarse murmullos entre la multitud. "No sabía que iban a ser ellos...," dijo otro, alzando una ceja. "¿No se suponía que iba a ser solo Quetzalli?". "¡Que no os den miedo! ¡Pensad en el oro!," exclamó otro, a medida que la multitud se abalanzaba sobre los Mushoku, arrasando con todo cuanto encontraban a su paso, lanzándose sobre Ashura y Tenoch como auténticos animales rabiosos. Al mismo tiempo, otro grupo, armado con mosquetes y pistolas de mecha, quedaba atrás, justo junto a las escaleras de las que habían emergido, disponiéndose a disparar contra Quetzalli. Al mismo tiempo, los camareros se agachaban al unísono bajo la barra, preparándose para la carnicería que sin duda se avecinaba, a la vez que las auras de aún más gente ascendían por las escaleras, dirigiéndose hacia el lugar.
Sin embargo, este mismo sentido de indolente complacencia era también peligroso, puesto que era sencillo caer en la trampa de considerar que quien gobernase sobre la Calavera Haibu era uno más. Y, en algunos casos, podía haber sido así, pero aquel no era el caso, no con los Mushoku. En mayor o menor medida, los Mushoku no habían acabado ostentando el poder sobre el mundo de la piratería del Nuevo Mundo, la gran meta de todo pirata que se preciase, en base a su apoyo popular, o en base a la legitimidad ganada de una estirpe, no. La legitimidad de los Mushoku provenía de su férreo puño, de la firmeza con que habían conquistado el poder de la isla para sí, y con la que eran capaces de mantenerlo. Eran bien conscientes de que su posición, más que la de uno más, debía ser la del que más. Realmente, los habitantes de Hachinosu, miembros en lo formal de los hombres del Shichibukai Ashura, no erraban a la hora de tratarlos como realeza, y tratarlos con demasiada confianza había sido un error que podía pagarse caro. Ashura era plenamente consciente de ello, así como lo era el enmascarado Tenoch, por significativamente más suaves que resultasen sus formas, tendiendo más a acercarse a sus subordinados manteniendo una sana distancia que a permanecer bajo el palio del poder.
Esto fue lo que los presentes en el Galleon's Grotto —o, al menos, la porción de ellos que estaba lo suficientemente sobria como para encadenar un proceso de sinapsis medianamente coherente— entendieron casi que en el preciso instante en que vieron cómo el labio de Ashura se levantaba con asco, y en la gravedad que había adquirido el tono, habitualmente sereno y tranquilo, del enmascarado Quetzalli. Tal vez fuera también porque, precisamente en aquel ambiente de libertad y libertinaje, en el que se abrían paso el desenfreno y la primacía del deseo, la taberna se convertía en el perfecto símbolo de lo que las pasiones descabalgadas podían hacerle a un hombre, como el borracho que había osado explicarle una serie de gilipolleces —no tenían otro nombre, para ser honestos— a la Catástrofe, en contraste y, paradójicamente, equilibrio con el propio jefe de mesas, don Athir, cuyo desvencijado uniforme y delicados modales habían quedado como el único recordatorio de que el Galleon's Grotto había optado alguna vez a convertirse en un local respetable, al contrario de lo que pudiese pensarse al contemplar a la práctica totalidad de su clientela habitual.
Los movimientos del tuerto capitán de los Mushoku habían sido rápidos y sin lugar a respuesta alguna, claro: ¿quién se hubiera atrevido a retar al Shichibukai en su propia casa, en su propia isla? Y, sobre todo, ¿quién se hubiera atrevido a disputarle a los Mushoku que aquella era, en efecto, su isla? El borracho se levantó con enorme dificultad, como si acabase de despertar en una playa tras un naufragio, confuso, mareado, dolorido y con dificultad para respirar, además de los considerables psicomotrices causados por el consumo de alcohol del que parecía haber estado participando con excesiva asiduidad. Todos contemplaron lo ocurrido con perplejidad, y ni un dedo se movió, ni una boca se abrió. Incluso los codos dejaron de moverse para llevar las botellas hasta los labios de sus propietarios. El borracho lanzado por Ashura no hizo ningún comentario al respecto; suficiente dificultad parecía plantearle ya el solo hecho de levantarse sin vomitarse encima todo el contenido de su alcoholizado sistema digestivo. En cuanto estuvo erguido —es un decir—, con sus brazos y su cabeza colgando como si nada los sujetase, y su cuello amoratado con la forma de una mano informe, mantuvo cerrada su boca, salvo para exhalar algo de aquel nauseabundo aliento que borboteaba al pasar por su maltrecha garganta, y observó el suelo. Se agachó de nuevo con dificultad, y por un momento pareció que fuese a desplomarse allí mismo, para recoger el preciado tesoro: su botella, que había caído sobre los tablones de madera del suelo. La agitó ligeramente, su líquido contenido salpicando en el interior de su vidrio translúcido: la mayoría de su bebida se había salvado, solo una parte desparramándose y filtrándose por el suelo tras su caída. Suspiró con alivio, y dio un sediento trago más, antes de volver a clavar sus ojos en Ashura. Tras la barra, el jefe de mesas y el resto de personal del bar habían adoptado un prudente silencio, mas no había cesado en sus tareas, desempeñando sus labores con minuciosidad, limpiando la superficie de madera, llevando torres de vasos sucios y apilados unos sobre otros o preparando algún cóctel. Finalmente, el borracho abrió su pútrida boca para responder a la Catástrofe.
Apenas hubo tomado aliento para hablar, sin embargo, de las desgastadas escaleras de mármol había aparecido una multitud incontable de maleantes llegados desde las profundidades de las criptas del Galleon's Grotto, armas en mano y dispuestos a darle su merecido a quien fuera que hubiese perturbado la paz de su local de confianza, sus auras encendidas con fulgurantes mezclas de rabia, violencia y curiosidad, que, sin embargo, parecieron apocarse en el instante en que sus ojos, colectivamente, se detuvieron primero en el sereno Quetzalli, para después ir a parar sobre el imponente Ashura. Hubo un instante de vacilación, de duda, al darse cuenta de quiénes habían sido los responsables de, pese a todo, poner orden en aquel lugar y dejar claro de quién era la primacía sobre Hachinosu. Sus auras flameantes, que habían quedado ya completamente visibles para los dos Mushoku a medida que se hubiera acumulado entre ellos y las propias escaleras, dieron buena cuenta de la miríada de emociones que atravesaron en cuestión de un instante: de la ira y el deseo de violencia contra algún individuo sin nombre que, en apariencia, se había atrevido a irrumpir en su lugar de solaz, hasta la perplejidad al ver de quiénes se trataba y su correspondiente vacilación y, finalmente, una firme determinación violenta que pareció volver a arder en todos ellos. "¡Recordad la misión!," exclamó uno de ellos, arengando a todos los demás. Comenzaron a encadenarse murmullos entre la multitud. "No sabía que iban a ser ellos...," dijo otro, alzando una ceja. "¿No se suponía que iba a ser solo Quetzalli?". "¡Que no os den miedo! ¡Pensad en el oro!," exclamó otro, a medida que la multitud se abalanzaba sobre los Mushoku, arrasando con todo cuanto encontraban a su paso, lanzándose sobre Ashura y Tenoch como auténticos animales rabiosos. Al mismo tiempo, otro grupo, armado con mosquetes y pistolas de mecha, quedaba atrás, justo junto a las escaleras de las que habían emergido, disponiéndose a disparar contra Quetzalli. Al mismo tiempo, los camareros se agachaban al unísono bajo la barra, preparándose para la carnicería que sin duda se avecinaba, a la vez que las auras de aún más gente ascendían por las escaleras, dirigiéndose hacia el lugar.
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