22-06-2026, 11:21 PM
Un paso a la vez, capitán y comandante remontaron los quince metros de escaleras que subían hasta la guarida de los traficantes. Enji se mantuvo detrás de Juan, coordinando sus pasos, chapoteando en el agua que todavía inundaba los peldaños bajo la cortina que creaban los andares de su compañero, mucho más pesados. El enorme caparazón de Juan Sebastian cubría toda la línea de visión, era un tapón, un muro, y ese era justamente el punto. Juan podía caminar de frente y sabía, sabían los dos, que nadie iba a poder pararlo. Era una apisonadora, una fuerza de la naturaleza de piel roja y con un rostro cuadrado que inspiraba de todo menos ternura. Detrás suyo, estaba a salvo, y, cómo capitán y líder de la división, reconocer las virtudes de sus compañeros y explotarlas era su trabajo.
En la formación de la Gloriosa División 80, Juan Sebastian siempre tenía que ir al frente. Era el escudo, mientras los otros tres ( Enji, Masami y Akira ) eran las lanzas que rompían el flanco.
El silbido de una bala cortó el aire apenas llegaron arriba y su impacto formó una muesca en la pared junto a la entrada. «Lo sabía —pensó, satisfecho y algo orgulloso de su predicción—. Fua, que bueno que soy». Había francotiradores en la sala. O tiradores. O quizá un sujetó con un tirachinas. Resultaba difícil discernir algo con precisión teniendo al inmenso gyojin en frente, pero eso podía ser bueno. El grupo estaba asumiendo que eran dos, más ninguno lo había visto ni tenía forma de saber cuándo ni cómo aparecería. Juan lo estaba tapando completamente.
El veneno empezó a correr por su cuerpo, empujado por la adrenalina y la expectativa del conflicto. Estaban sumergidos en un stand off. Los tiradores apuntaban a Juan. ¿Cuántos serían? ¿Qué tan grande era la sala? ¿Habría algún sobreviviente de los marines de abajo con ellos? No… no, lo más probable es que toda la división fuera ahora una sola montaña de cadáveres, esa que habían visto antes de subir. Los que yacían atrincherados allí eran todos culpables de esas muertes.
Enji permaneció callado.
Delegó en su compañero la tarea de hablar y descubrió, orgulloso, el buen trabajo que podía hacer Juan como mediador. “Y si os pensáis que con unos disparitos y los golpes de ese consolador tuyo podéis intimidar a un marine… Vais a llevaros una sorpresa muy desagradable”. ¿Podía enmarcar esa frase? Definitivamente acaba de ser testigo de uno de los momentos destacados del floreado Juan Sebastian.
«Eso, Juancho. Ese es mi tortugon, carajo. Podría llorar… bueno, no, ¡pero casi! ¡Mi maldito compañero!»
La tensión estaba en aumento y pronto se rompería la tregua. ¿Quién sería el primero en moverse? Estaba tenso, preparado para descargar justicia sobre sus enemigos en cuanto Juancho diera la luz verde.
Se rascó el cuello. Después, extendió la mano y con dos toques sobre el caparazón de su compañero, le hizo saber que estaba listo. Los dos se conocían lo suficiente y entendían que las salidas pacíficas, el diálogo y el perdón; todo eso había muerto junto a los camaradas que yacían al final de la escalera. Ahora, lo que quedaba era la venganza.
En la formación de la Gloriosa División 80, Juan Sebastian siempre tenía que ir al frente. Era el escudo, mientras los otros tres ( Enji, Masami y Akira ) eran las lanzas que rompían el flanco.
El silbido de una bala cortó el aire apenas llegaron arriba y su impacto formó una muesca en la pared junto a la entrada. «Lo sabía —pensó, satisfecho y algo orgulloso de su predicción—. Fua, que bueno que soy». Había francotiradores en la sala. O tiradores. O quizá un sujetó con un tirachinas. Resultaba difícil discernir algo con precisión teniendo al inmenso gyojin en frente, pero eso podía ser bueno. El grupo estaba asumiendo que eran dos, más ninguno lo había visto ni tenía forma de saber cuándo ni cómo aparecería. Juan lo estaba tapando completamente.
El veneno empezó a correr por su cuerpo, empujado por la adrenalina y la expectativa del conflicto. Estaban sumergidos en un stand off. Los tiradores apuntaban a Juan. ¿Cuántos serían? ¿Qué tan grande era la sala? ¿Habría algún sobreviviente de los marines de abajo con ellos? No… no, lo más probable es que toda la división fuera ahora una sola montaña de cadáveres, esa que habían visto antes de subir. Los que yacían atrincherados allí eran todos culpables de esas muertes.
Contenido Oculto
Enji permaneció callado.
Delegó en su compañero la tarea de hablar y descubrió, orgulloso, el buen trabajo que podía hacer Juan como mediador. “Y si os pensáis que con unos disparitos y los golpes de ese consolador tuyo podéis intimidar a un marine… Vais a llevaros una sorpresa muy desagradable”. ¿Podía enmarcar esa frase? Definitivamente acaba de ser testigo de uno de los momentos destacados del floreado Juan Sebastian.
«Eso, Juancho. Ese es mi tortugon, carajo. Podría llorar… bueno, no, ¡pero casi! ¡Mi maldito compañero!»
La tensión estaba en aumento y pronto se rompería la tregua. ¿Quién sería el primero en moverse? Estaba tenso, preparado para descargar justicia sobre sus enemigos en cuanto Juancho diera la luz verde.
Contenido Oculto
Se rascó el cuello. Después, extendió la mano y con dos toques sobre el caparazón de su compañero, le hizo saber que estaba listo. Los dos se conocían lo suficiente y entendían que las salidas pacíficas, el diálogo y el perdón; todo eso había muerto junto a los camaradas que yacían al final de la escalera. Ahora, lo que quedaba era la venganza.
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