La partitura de un lejano recuerdo con ojos color océano :: Pasado :: Privado
#2
La noche que conocí a Merlot.

La sonata fluía perfecta entre los músicos invitados a interpretar aquellas piezas gloriosas para un hombre devorador de sus riquezas y su extravagancias, alguien que jamás reparaba en ocultar sus gustos ni sus peculiares deseos, ¿Cuán rico debía ser alguien para proclamarse amante de la música sin haber conocido antes su verdadera esencia?, Mis manos guiaban con gracia el arco sobre las cuerdas de mi violín azul, Amphitrite, su mástil de acabados azules relucía bajo la luz dorada de los candelabros y luces incandescentes del salon, a mi lado, el resto del cuarteto entonaba las últimas notas de aquella partitura ensayada, el sonido se expandía cual eco por los vastos rincones del palacio, se escabullía entre pilares de piedra blanca revestidos de marfil pulido, fuentes ornamentales y cimientos engalanados con tanto oro que por momentos parecía que las leyendas sobre caminos dorados hacia el paraíso hubiesen cobrado forma ante mis ojos. Era una mansión de belleza indiscutible, hecha para estar escondida en el corazón de la selva como el capricho de un hombre cuya fortuna le permitía conquistar nuevas islas con la misma facilidad con la que otros cruzaban una calle, todo allí estaba diseñado para impresionar para inspirar admiración y deseo… y sin embargo, para mí… aquella belleza se sentía demasiado artificial.

Era como una flor demasiado perfecta para haber nacido de la tierra, como una flameante llama escindida en medio de aguas sagradas, como una jaula forjada con barrotes de oro capaz de aprisionar el corazón de quien la contemplará… era como seducir la codicia de un alma empobrecida.

Mis ojos azules se abrieron lentamente cuando el silencio dio paso a una lluvia discreta de aplausos, provenían de aquellos que habían pagado por nuestros servicios, un gesto de cortesía más que de emoción genuina y mientras sostenía el violín contra mi regazo permití que mi mirada recorriera el entorno con cautela, había algo extraño en la atmósfera, no era la primera vez que tocaba para personas adineradas, había interpretado melodías en tabernas abarrotadas, plazas bulliciosas, mercados repletos de vida e incluso para nobles ocasionales como el joven Gabriel, sin embargo pocas veces… no, casi nunca… me había sentido tan fuera de lugar como aquella noche. Los artistas aprendemos a leer a quienes nos escuchan, la música según el corazón del público que lo recibe, algunos buscan alegría para aligerar sus pasos en la danza, otros consuelo para liberar emociones atrapadas en sus silencios, hay quienes persiguen el amor entre acordes o encuentran refugio para sus tristezas en una melodía melancólica… incluso existen aquellos que simplemente desean una compañía amable para compartir el peso de una copa… pero aquí… aquí no percibía ninguna de esas cosas.

Observé los rostros dispersos entre el oro, las piedras preciosas y las telas lujosas, ninguno parece escuchar realmente, la música no era la protagonista de la vela ni siquiera era una invitada de honor, era apenas un adorno más, un lujo añadido a la colección de excesos que decoraban aquella mansión.


Continué participando en el cuarteto de instrumentos de sinfonía clásica, era una composición suave, elegante, evocaba a una danza lenta que prometía encuentros y amor bajo cielos estrellados y promesas declaradas… pero, Amphitrite nunca me mentía, justo ahora no sentía su bendición ni su alma, eran simples sonidos siguiendo al pie de la letra una partitura ya impuesta por su dueño, nada fluía.

Era como observar una obra teatral donde todos conocían sus líneas de memoria, todos menos yo… solo tragué saliva y seguí tocando las canciones que aquel pobre señor me había pedido con desespero acompañarlos en esta velada. ¿Cuánto más debía fingir que estaba cómoda tocando canciones carentes de sentimiento?, ¿Había algo peor que fingir que todo está bien?, o quizás estaba imaginando cosas, quizá el hombre que nos había contratado era simplemente un excéntrico que tiene curiosidad por la música de cada tierra que visita.

Pero mis ojos azules encontraron una razón para cuestionarme aun más la procedencia de estos extranjeros, una figura femenina que permanecía cerca del anfitrión, estaba adornada de hermosas joyas por todo su cuerpo con oro entrelazado en sus muñecas, en su vestimenta, en su velo como también lucía de la plata descansando sobre su cintura junto a diamantes y zafiros que logran proyectar el reflejo de las lámparas incandescentes de la habitación, su vestimenta me recordaba a las bailarinas y nómadas de las tierras áridas de las que tanto hablaban los marineros en los puertos, telas casi ligeras, velos bordados en hilos de oro, pero…. no fueron las piedras preciosas ni la riqueza de su apariencia lo que atrapó mi mirada, sino ella misma, sus cabellos celestes que parecen ser un fragmento del mismo cielo como el misterioso océano surcando los muelles, era divina, una diosa que ocultaba su rostro como sí sola verla estaba prohibida a los nativos de esta isla.

Era raro contemplarla porque me parecía que era una muñeca… una perfecta muñeca.
La perfección siempre suele ser falsa.
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RE: La partitura de un lejano recuerdo con ojos color océano :: Pasado :: Privado - por Miyori Hoshino - 24-06-2026, 04:40 AM

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