24-06-2026, 07:20 PM
[20:13, atardecer,
80 de invierno, año 17,
Desierto, Arabasta,
Corriente Rakusei]
El sol aún brillaba sobre la enorme Arabasta, aunque el cielo ya empezaba a teñirse con los colores rojizos del ocaso, que inundaban la totalidad de la isla y los mares a su alrededor: no tardaría en ponerse el sol. Stroud aún no había visto una mísera nube sobre aquella isla. Sin embargo, aquella era la única hora a la que era posible salir del relativo refugio del que proveía el Royal Quiver a hacer los quehaceres pertinentes en la extraña isla. En el escaso tiempo que la División 60 había pasado en Arabasta, todos habían debido aprender a convivir con aquel calor asfixiante, que ni siquiera en invierno parecía dar ni siquiera un amago de tregua. Las noches, eso sí, podían volverse infernalmente gélidas, aunque, en opinión de Stroud, aquello era algo, más que bueno, deseable. Un respiro en un mar de asfixia.
El joven Nanashi esperaba sobre una de las rocas, sentado, haciendo un esfuerzo activo por sentir cualquier brizna de aire, por sutil que fuese, que pudiera refrescarlo un poco en aquel tórrido atardecer, mientras el sol se dirigía con su creciente brillo rojizo hacia las líneas oscuras y onduladas que marcaban las dunas en el horizonte. Por una vez, no vestía su uniforme; era raro de ver, pero Stroud llevaba una simple camiseta interior blanca, de tirantes, unos sencillos pantalones negros y, claro, sus acostumbradas botas, que lo mantenían a salvo del calor acumulado en la arena —y de la arena misma, todo sea dicho, puesto que no había peor sensación para el Marine que notar cómo le entraba en los zapatos—. Su tono de piel había adquirido ya, en cuestión de apenas unos días, un tono broncíneo significativamente más oscuro que aquel que acostumbraba a lucir. Se encontraba en una enorme extensión de desierto, hasta casi donde alcanzaba la vista, y uno tenía que aguzar mucho los ojos para contemplar la silueta de la ciudad de Alubarna en la distancia, casi como una gran torre que se alzaba tras kilómetros de aire ondulante, así como la de Rain Base, en otra dirección, más hacia el poniente. Cabía preguntarse qué hacía aquel joven oriundo de Spider Miles en la mitad misma de la nada misma, que no había tenido un apellido propiamente dicho hasta hacía bien poco, y la pregunta era pertinente: esperaba a Kibai. Aquel mismo día se había dado cita con el mink por varios motivos.
El motivo principal de su preocupación, y el tema que había querido abordar desde antes incluso de que dejasen las ya lejanas costas de Drum —y que, en su preferencia por los climas fríos, Stroud echaba de menos más de lo que ningún oriundo de la isla jamás haría, seguramente— había sido la flagrante insubordinación del mink. Nada demasiado grave, claro; de lo contrario, ya se hubiesen adoptado medidas disciplinarias más serias que una charla. Sin embargo, la forma en que el mink había interferido directa y deliberadamente con la actuación del Comandante había sido suficiente como para encender algunas alarmas en el metódico y protocolario cerebro del joven Marine. Su trato personal apenas había variado, claro; para él, Kibai, como Bertram y Moja, era un amigo, además de un compañero de trabajo, una categoría en la que Stroud rara vez encasillaba a nadie. Sin embargo, también era consciente de que, en un grupo de trabajo (y la División 60 era, a fin de cuentas y ante todo, un grupo de trabajo) era fundamental que reinase la disciplina ante toda circunstancia, más allá de las relaciones personales entre sus miembros, sobre todo si se trataba de una maquinaria que se pretendiese mantener engrasada. Esta era una cuestión que Stroud había omitido al anunciar a Bertram y Moja que se encontraría con Kibai en aquel punto específico, por una simple cuestión de no enrarecer el ambiente y de que, al fin y al cabo, tampoco era el fin del mundo.
En toda honestidad, la razón principal por la que se habían dado cita en aquel lugar olvidado por los mismos dioses, si es que alguna vez supieron de su existencia, era otra: entrenar. En aquellas circunstancias, se daba la casualidad de que ambas razones podían casar una con la otra, si bien el Marine no quería que aquello se convirtiese en una especie de lucha por el liderazgo. Este venía por el rango, y se mantenía con la experiencia y el trabajo. Las habilidades del leopardo, en su última demostración en las tierras níveas de la lejana Drum, había impresionado a Stroud, que jamás había llegado a pelear seriamente con ninguno de sus compañeros en una sesión de entrenamiento, más allá de algún sparring casual de los que practicaban periódicamente con tal de mantenerse en forma. Combatir mano a mano, combatir de verdad —aun sin el deseo de herir de gravedad, claro—, era la mejor forma de familiarizarse con el estilo de cada cual, más allá de la fría observación y el rígido análisis que uno pudiese hacer durante o después de una misión, estando de servicio. Y podía ser, naturalmente, una forma de fomentar la camaradería que, en opinión de Stroud, necesitaban los Marines en los tiempos que corrían.
Se acercaba la hora, y el Mink no tendía a ser impuntual. Stroud se puso en pie sobre la roca y, con pesadez, se dejó caer sobre la arena, aterrizando sobre la misma y provocando esta se levantase con el impacto y formase una efímera nubecilla bajo sus botas. Suspirando, y, tras echar un vistazo al horizonte para ver si lograba distinguir la característica silueta del mink aproximándose en la distancia, bajó la mirada hacia sus muñecas, al tiempo que comenzaba a ceñirse las correas de sus guantes, cerrando los ojos por un instante y enfocándose, limpiando su mente de todo lo demás.
Off

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