Hacía calor.
Mucho calor
Aquella condenada isla era lo más parecido a un horno que Kibai había encontrado de todos los lugares que el mink había tenido la oportunidad de visitar. El clima era medianamente soportable cerca del mar, dónde la temperatura se regulaba a duras penas gracias a la cercanía de la gran masa de agua. Pero bastaba con alejarse unos kilómettros hacia el interior para que Arabasta lo golpease a uno con toda su fuerza. Las dunas del desierto que parecían infinitas resplandecían a la luz del sol, provocando que el aire temblase, lo que por lo que Kibai había escuchado de los lugareños, podía ser muy peligroso, pues la combinación del aire distorsionando el horizonte y el intenso calor producían ilusiones a los caminantes.
De todas maneras, todo aquello no importaba en ese momento. Kibai, aún en el Royal se remangó su camisa blanca por encima de los codos y recogió su equipo, ajustando el cinturón con Arashi y Raimei, antes de pasar por la bodega y recoger dos cantimploras que había llenado aquella mañana y que mantenía sumergidas en el agua del mar. Al izar los cabos que las sujetaban, el mink no pudo evitar esbozar una sonrisa. Por mucho calor que hubiese en la supeerficie, bastaba con sumergir los recipientes unas cuantas brazas para que estuviesen frescas como si hubiesen sido recién llenadas con agua de manantial.
Apresurándose para evitar que el agua se recalentase de nuevo, Kibai saltó de la cubierta del Royal Quiver. Cerrando los ojos un momento, aspiró por la nariz aquel aire caldeado, hasta que encontró lo que buscaba, el característico olor a tabaco de pipa que Stroud fumaba. El mink se preguntó si su comandante sería consciente de lo sencillo que resultaba ahora para él saber si andaba cerca o de si había pasado por algún sitio del barco en concreto.
— O de si, como en este caso me está esperando en algún lugar — pensó mientras sus pies se hundían en la arena. Aunque al principio había resultado un problema, el mink no había tardado demasiado en acostumbrarse al ardor de la arena del desierto, aunque echaba de menos algún árbol decente en el que tumbarse.
Tras una breve caminata, Kibai divisó la figura de Stroud, recortándose contra el sol poniente encima de una roca. Tensando brevemente las mandíbulas, recordó el episodio de Drum. Ni el joven humano ni él habían vuelto a sacar el tema. Aún siendo consciente de lo que había hecho y que su consciencia estaba tranquila al respecto, era algo que aún estaba pendiente de solventarse.
— Y no es que sea esta la peor manera ni mucho menos — pensó de nuevo para si Kibai mientras se crujía el cuello con una mano. Obviamente él y Stroud tenían un punto de vista diferente, o lo habían tenido en ese momento, ya que de normal la División solía coincidir bastante en su forma de pensar. De hecho, lo que había acontecido con Betrug había sido la primera vez, a memoria del mink, en el que las mentalidades de los marines habían divergido de manera clara.
A medida que se acercaba, pudo ver como Stroud bajaba de un salto de la roca, ajustándose los guantes. Sonriendo para si , el mink negó brevemente con la cabeza. Parecía que la cosa iba a ser seria. A pesar de que consideraba al joven humano un amigo y un miembro de su manada (cosa que se extendía a Moja y Bertram, lo cual era sorprendente tratandose el arquero y el propio Stroud de Minks inferiores), Kibai sabía lo fuerte que era su adversario, y que refrenar su hoja sería tanto una falta de respeto hacia su comadante como un claro error.
Cuando llegó junto al joven, Kibai hizo un breve gesto de saludo con la cabeza, antes de lanzarle la cantimplora con agua que por suerte aún seguía fresca gracias a las profundidades del mar.
La caja de Pandora
