Una nota. Una maldita nota. Y de no ser porque Yuuki se detiene en la posada a tomar el té, se la habría perdido desde temprano. Maldito Olor-osito, lo iba a estrangular, sucediera lo que sucediera. Y es que ya le hacía falta; siempre hacía lo que le entraba en gana y siempre terminaba metida en problemas por culpa de aquél tontarrón. Aunque... igual y se la iba a dejar pasar. Algo estaría tramando Barald para citarlos a todos de esa manera.
Se puso un suéter color vinotinto, unos pantalones negros ajustados y unas botas. ¿De dónde sacó el vestuario? Bueno, había ropa que nunca jamás iba a ser usada por Runin y Yuuki vio su oportunidad y la sacó de allí. De ahí las botas y el bolso. El pantalón sí que era suyo y el suéter se lo robó de una tienda de Legance en una de sus escapadas. Y es que si tuviera que contar la cantidad de ropa, accesorios y demás cosas para cuidado personal que se logró sacar de las tiendas de la ciudad, podría hacer su propia tienda.
Estaría, sin embargo, en un extraño silencio todo el tiempo luego de reunirse con Ryota, Runin y Tezca en el muelle. Por supuesto, se pegó al rubio como si fuera una rémora acompañando a un tiburón. Sonreía y se comportaba más como un accesorio para el pelilargo, pero se notaba que lo hacía por el solo gusto de intentar meter su mano en los bolsillos del cabrón, que ya solía tenerle preparados dulces y alguna que otra broma. Aún así, tuvo que pararse en seco cuando vio a Barald finalmente.
Escuchó al subcaptián y miró el barco. Yuuki se sentía pequeña. Pequeñísima. Barald se veía tan feliz... Tezca estaba conforme y Runin se notaba que aprobaba el barco. Pero por su parte, Yuuki se quedó atrás... por un momento se sintió ajena a todo ello.
Eran sus mejores amigos. Daría la vida por ellos. Por todos y cada uno. Los conocía hacía menos de un año, pero ya no podría imaginarse su vida sin ellos. Los quería de verdad. Y cuando quiso dar un paso al frente para unirse a la conversación con ellos, su cuerpo se congeló. Los recuerdos de Kitsukku empezaron a llegarle y veía a esos terribles enemigos enfrentándose a sus mejores amigos. Y ella no pudo hacer nada para ayudarlos, solo los vio. ¿Porqué era para ella como si existiera aún esa pantalla invisible?
Cerró los ojos, sacudió su cabeza y se llevó las manos al pecho, y entonces echó adelante. Tenía que alcanzarlos. Tenía que navegar con ellos. Y esa vez no iba a tolerar que nadie se entrometiera entre ella y su nueva familia.
Sonrió de forma amplia y con rastros de lágrimas que no lograron derramarse aún en sus ojos abrazó a Barald como si se tratara de un hermano mayor.
—Ciertamente eres un idiota. Pero eres el mejor idiota que podamos tener. ¡Llévanos dentro! ¡Anda! —Y luego los miraría a todos—. ¡Vamos adentro! No, espera. ¿Dónde está Tocho Morocho? ¿Y Wyatt al final se quedará con la señorita del establo?
Se puso un suéter color vinotinto, unos pantalones negros ajustados y unas botas. ¿De dónde sacó el vestuario? Bueno, había ropa que nunca jamás iba a ser usada por Runin y Yuuki vio su oportunidad y la sacó de allí. De ahí las botas y el bolso. El pantalón sí que era suyo y el suéter se lo robó de una tienda de Legance en una de sus escapadas. Y es que si tuviera que contar la cantidad de ropa, accesorios y demás cosas para cuidado personal que se logró sacar de las tiendas de la ciudad, podría hacer su propia tienda.
Estaría, sin embargo, en un extraño silencio todo el tiempo luego de reunirse con Ryota, Runin y Tezca en el muelle. Por supuesto, se pegó al rubio como si fuera una rémora acompañando a un tiburón. Sonreía y se comportaba más como un accesorio para el pelilargo, pero se notaba que lo hacía por el solo gusto de intentar meter su mano en los bolsillos del cabrón, que ya solía tenerle preparados dulces y alguna que otra broma. Aún así, tuvo que pararse en seco cuando vio a Barald finalmente.
Escuchó al subcaptián y miró el barco. Yuuki se sentía pequeña. Pequeñísima. Barald se veía tan feliz... Tezca estaba conforme y Runin se notaba que aprobaba el barco. Pero por su parte, Yuuki se quedó atrás... por un momento se sintió ajena a todo ello.
Eran sus mejores amigos. Daría la vida por ellos. Por todos y cada uno. Los conocía hacía menos de un año, pero ya no podría imaginarse su vida sin ellos. Los quería de verdad. Y cuando quiso dar un paso al frente para unirse a la conversación con ellos, su cuerpo se congeló. Los recuerdos de Kitsukku empezaron a llegarle y veía a esos terribles enemigos enfrentándose a sus mejores amigos. Y ella no pudo hacer nada para ayudarlos, solo los vio. ¿Porqué era para ella como si existiera aún esa pantalla invisible?
Cerró los ojos, sacudió su cabeza y se llevó las manos al pecho, y entonces echó adelante. Tenía que alcanzarlos. Tenía que navegar con ellos. Y esa vez no iba a tolerar que nadie se entrometiera entre ella y su nueva familia.
Sonrió de forma amplia y con rastros de lágrimas que no lograron derramarse aún en sus ojos abrazó a Barald como si se tratara de un hermano mayor.
—Ciertamente eres un idiota. Pero eres el mejor idiota que podamos tener. ¡Llévanos dentro! ¡Anda! —Y luego los miraría a todos—. ¡Vamos adentro! No, espera. ¿Dónde está Tocho Morocho? ¿Y Wyatt al final se quedará con la señorita del establo?

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