Kibai dio un trago a su propia cantimplora, antes de dejarla caer sobre la arena, dónde se hundió con un seco zunc. El mink escucho pacientemente las palabras de Stroud, con la mandíbula levemente tensada. Si bien lo que decía podía tener su sentido, y el propio Kibai entendía las razones de haber querido ejecutar a Betrug, todo su ser le gritaba que había hecho lo correcto. Aquel hombre ya no era una amenaza para nadie, no en el estado en el que había acabado tras su cruenta lucha contra la División 60, y era la oportunidad perfecta, al menos a la vista de sus ojos, para que el rey y su guardia recuperasen la confianza de la población de la isla. Aún más cuando de manera habitual eran lo único que podía proteger a sus habitantes de escoria pirata y criminales como Betrug y sus secuaces.
Sin embargo, tal vez su propa visión a largo plazo estuviese equivocada, y a juzgar por las palabras de su comandante, este pensaba que así era. Pero Kibai, pese a su espíritu libre que sabía era imposible que lo abandonase de todo, también había decidido servir a la bandera que llevaba a su espalda.
— Y eso acaso no te da derecho a pensar por ti mismo, acaso? — le dijo su vocecilla interna que solía adoptar el tono del diminuto oficial de cubierta del Swift. — Debes de ser una mera herramienta sin voluntad, criterio ni poder de decisión?
— No. No lo seré. — se contestó a si mismo Kibai. — Pero el comandante tiene razón en algo, soy un soldado. Si quiero tener la capacidad para poder enfrentarme a alguien, debo mejorar. Ya va siendo hora de ganarme los galones.
— Una decisión así, simplemente, queda fuera de tus competencias, y no lo estará en la próxima ocasión. ¿Me explico?
El tono monocorde de Stroud le sacó de sus pensamientos. Kibai clavó su mirada en el joven rubio, frunciendo levemente el entrecejo.
— Cristalino, señor.
El remarque del mink de su última palabra fue bastante menos obvio que el de Stroud al referirse a él como soldado, aunque ignoraba si su superior lo había percibido o no.
Cuando Stroud se dispuso a comenzar su entrenamiento, Kibai dejó caer su capa y desenfundó a Raimei, preparado para el combate. El comandante no perdió el tiempo y se lanzó hacia el, y pese a que la trayectoria de su aproximación fue claramente discernible para Kibai, en el último momento el puño de Stroud cambió su trayectoria e impactó contra su sien sin que pudiese desviarlo a tiempo.
El golpe le sacudió la cabeza de lado a lado, frenando en seco su brazo, aunque no lo suficiente como para hacerle perder de vista a su objetivo. Stroud, tras golpearle, retrocedió de nuevo a su posición inicial.
— Con que esas tenemos eh? — pensó el mink mientras escupía por su hombro derecho en la arena. Agitando a Raimei en un vigoroso molinete, se sorprendió al notar que sus extremidades respondían algo más lento de lo habitual. Sin duda, el trallazo de Stroud había tenido algo que ver.
— Pues vamos allá...
Kibai flexionó levemente las piernas y se impulsó hacia delante, cruzando toda la distancia que lo separaba de Stroud de un solo salto. A medida que el aire silbaba a su alrededor, el mink enfiló la punta de la espada en su objetivo, tomando inercia con su brazo derecho para asestarle una poderosa estocada al joven. Kibai sabía que el primer indicio de todo luchador cuerpo a cuerpo es mantener la guardia alzada para proteger tanto su rostro como las zonas vitales de su torso, así que varió levemente la trayectoria de su espada y ejecutó un ataque hacia abajo.
La punta de Raimei atravesó a Stroud a través del muslo derecho. Sonriendo, Kibai varió levemente el agarre de la espada para deslizarla hacia fuera, arracando un chorro de sangre a su salida. Girando sobre si mismo, Kibai mantuvo a Raimei delante de él a medida que retrocedía otros doce metros hasta situarse en guardia, listo para el siguiente golpe de su comandante.
Sin embargo, tal vez su propa visión a largo plazo estuviese equivocada, y a juzgar por las palabras de su comandante, este pensaba que así era. Pero Kibai, pese a su espíritu libre que sabía era imposible que lo abandonase de todo, también había decidido servir a la bandera que llevaba a su espalda.
— Y eso acaso no te da derecho a pensar por ti mismo, acaso? — le dijo su vocecilla interna que solía adoptar el tono del diminuto oficial de cubierta del Swift. — Debes de ser una mera herramienta sin voluntad, criterio ni poder de decisión?
— No. No lo seré. — se contestó a si mismo Kibai. — Pero el comandante tiene razón en algo, soy un soldado. Si quiero tener la capacidad para poder enfrentarme a alguien, debo mejorar. Ya va siendo hora de ganarme los galones.
— Una decisión así, simplemente, queda fuera de tus competencias, y no lo estará en la próxima ocasión. ¿Me explico?
El tono monocorde de Stroud le sacó de sus pensamientos. Kibai clavó su mirada en el joven rubio, frunciendo levemente el entrecejo.
— Cristalino, señor.
El remarque del mink de su última palabra fue bastante menos obvio que el de Stroud al referirse a él como soldado, aunque ignoraba si su superior lo había percibido o no.
Cuando Stroud se dispuso a comenzar su entrenamiento, Kibai dejó caer su capa y desenfundó a Raimei, preparado para el combate. El comandante no perdió el tiempo y se lanzó hacia el, y pese a que la trayectoria de su aproximación fue claramente discernible para Kibai, en el último momento el puño de Stroud cambió su trayectoria e impactó contra su sien sin que pudiese desviarlo a tiempo.
El golpe le sacudió la cabeza de lado a lado, frenando en seco su brazo, aunque no lo suficiente como para hacerle perder de vista a su objetivo. Stroud, tras golpearle, retrocedió de nuevo a su posición inicial.
— Con que esas tenemos eh? — pensó el mink mientras escupía por su hombro derecho en la arena. Agitando a Raimei en un vigoroso molinete, se sorprendió al notar que sus extremidades respondían algo más lento de lo habitual. Sin duda, el trallazo de Stroud había tenido algo que ver.
— Pues vamos allá...
Kibai flexionó levemente las piernas y se impulsó hacia delante, cruzando toda la distancia que lo separaba de Stroud de un solo salto. A medida que el aire silbaba a su alrededor, el mink enfiló la punta de la espada en su objetivo, tomando inercia con su brazo derecho para asestarle una poderosa estocada al joven. Kibai sabía que el primer indicio de todo luchador cuerpo a cuerpo es mantener la guardia alzada para proteger tanto su rostro como las zonas vitales de su torso, así que varió levemente la trayectoria de su espada y ejecutó un ataque hacia abajo.
¡¡¡Denkō Senshi!!!
La caja de Pandora
