25-06-2026, 05:23 PM
El orgullo y el coraje son cualidades dignas de un guerrero. Esa fortaleza mental que te sobrepone a cualquier situación y, en ocasiones, te da ese impulso para seguir adelante. Pero en exceso, esas virtudes se convierten en prepotencia y soberbia, o así se pueden percibir.
El rostro de Ubbe se ensombrece por completo ante la actuación de los hermanos. Siente como se están mofando de él a pesar de reconocer su valentía. Las oportunidades de un final clemente e indoloro para ellos se esfuman en el momento en el que el Agente A abre la boca y V le sigue la corriente. La diplomacia queda en segundo plano y retoma las actitudes propias de un hijo del mar, de un pirata del Ragnarok. Sin titubeos, libera al más malherido de la dupla y lo deja caer varios metros sobre lo que alguna vez fue su base de operaciones en cubierta, chocando bruscamente contra sus destrozados artilugios. No da tiempo a esperas ni pausas para afianzar su agarre contra el primero que se atrevió a reírse de él, y tras remarcar su error y todo aquello de lo que carecen, soltar un tremendo golpe que manda a volar al karateca a varios metros de distancia.
Así finaliza la batalla, sentando las bases del orgullo Buccaneer y con un aprendizaje marcado en la piel para aquellos que osan cruzar la linea. Con ambos soldados fuera de juego, casi al limite del aburrimiento, retoma su camino y su propósito, el cual era hacerse con material para su hermano de armas. Sin volver la vista atrás, se pierde en la inmensidad del monte, como una fuerza de la naturaleza inalterable que tal y como llegó a causar estragos, se retira con toda la solemnidad del mundo.
El agente A no tiene ni tiempo para pensar en la siguiente broma cuando nota como la gravedad lo empuja para abajo una vez más. El movimiento es rápido y liberador, imposible de reaccionar, pues esperaba acabar partido por la mitad, no dejar de sentir la presión en el pecho que lo comprimía hasta la asfixia.
El alivio le dura poco. La mano del hombre dinosaurio lo atrapa en mitad del vuelo, cerrándose sobre él como un castigo divino por sus ofensas y enalteciendo lo frágil y vulnerable que es cuando toca enfrentar los verdaderos peligros del mar azul. En una fracción de segundo, pasa por su mente un sinfín de momento, desde amargos a dulces. Sus primeros amores, sus primeras pérdidas... Y luego, oscuridad. La oscuridad de un apéndice que se cierra sobre su rostro como un cepo para osos. La oscuridad de una sombra tan alta como un edificio y escamosa como un dragón. La oscuridad del final del camino tras una vida de conflictos.
Lo último que siente es un impacto. Un choque atronador, como si le hubiera alcanzando un rato en mitad de una tormenta. Su abdomen arde por completo. Siente dolor en cada fibra muscular, en cada órgano que rebota contra los límites de su cuerpo luchando por no salir despedidos. Él si lo hace. Vuela. Sale disparado como una bala de cañón. No ve nada, sus ojos están cerrados mientras se pierde entre los árboles eyectado. No respira, pues le duele respirar. No piensa, pues la sensación es tan amarga y cruda, que todo le parece dar vueltas.
Antes de que pueda caer, el Agente A cede al dolor y se desmaya.
El Agente V, frente a la actitud de su camarada, se anima a sonreírle a una muerte segura. Lo han intentado y han fracasado. Pero ambas cosas lo han hecho juntos. Ve aterrorizado como el rostro del coloso difumina la sonrisa hasta transformarse en una mueca insalubre de descontento. Aún así, se niega a perder la alegría de haber vivido una vida plagada de aventuras junto a su hermano. Completamente indefenso, con las lágrimas peleando por no saltarse de los ojos, acepta su destino.
No espera caer de golpe varios metros de altura. Incrédulo, siente como sus brazos dejan de contraerse contra su pecho y como se desploma a gran velocidad hasta estamparse contra telas, aparatos y piezas sueltas. Por un segundo achina el rostro por el daño de clavarse tuercas y tornillos por la piel, como aquél que pisa piezas de juguete, pero su mente no asimila lo que está pasando. Por un instante, se cubre el rostro torpemente, esperando una parada o golpe de cola para mandarlo al otro barrio. Pero lejos de ver llegar el golpe, apenas alcanza a ver cómo su hermano sale volando como un misil tras un puñetazo del monstruo.
La cara de V es un poema. Tiene que asimilar demasiadas cosas en décimas de segundo, y no es capaz de asumir toda la información. Reír, caer, dolor, mirar, bloquear, esperar, ver, sentir, analizar... Todo pasa demasiado deprisa. Pero cuando vuelve a alzar la vista, el kaiju, en vez de rematar la faena y pisotearlo como a una miserable hormiga, se da media vuelta y se retira victorioso. Sin aspavientos, sin alardear su evidente superioridad ni causar un genocidio. Tan solo, se va.
V corre a toda velocidad a la posición de su hermano. Sus piernas apenas le responden y su brazo ha dejado de nombrar sangre desde hace rato. Es un amasijo informe que le cuelga del brazo. Aún así, se sobrepone a todo dolor y va a socorrer rápido el cuerpo de su amigo. Este no responde. Está plenamente inconsciente, con una fractura en la cabeza y el abdomen destrozado. Aún así... Respira.
Y no respira por milagro de Dios, ni por intervención de una entidad superior. Respira porque Ubbe lo ha querido. Ha tenido en su mano poder decapitarlos de un mordisco o haberlos hecho puré de huesos y vísceras. Pero ha visto algo en ellos, algo que no han respetado y aún así se les ha concedido. Una demostración de que el poder, orgulloso de si mismo, decide sobre la vida y la muerte del resto. No como un acto de clemencia, sino como la rebeldía misma de su naturaleza, porque Ubbe se impone incluso sobre lo que esperan de él. Es el privilegio de ser el más fuerte, el rey de los monstruos.
Unos gritos de agradecimiento se esgrimen de la boca del soldado, que tartamudea entre la alegría y el llanto, alabando la bondad de la criatura. Pero él... Él ya se ha marchado.
El rostro de Ubbe se ensombrece por completo ante la actuación de los hermanos. Siente como se están mofando de él a pesar de reconocer su valentía. Las oportunidades de un final clemente e indoloro para ellos se esfuman en el momento en el que el Agente A abre la boca y V le sigue la corriente. La diplomacia queda en segundo plano y retoma las actitudes propias de un hijo del mar, de un pirata del Ragnarok. Sin titubeos, libera al más malherido de la dupla y lo deja caer varios metros sobre lo que alguna vez fue su base de operaciones en cubierta, chocando bruscamente contra sus destrozados artilugios. No da tiempo a esperas ni pausas para afianzar su agarre contra el primero que se atrevió a reírse de él, y tras remarcar su error y todo aquello de lo que carecen, soltar un tremendo golpe que manda a volar al karateca a varios metros de distancia.
Así finaliza la batalla, sentando las bases del orgullo Buccaneer y con un aprendizaje marcado en la piel para aquellos que osan cruzar la linea. Con ambos soldados fuera de juego, casi al limite del aburrimiento, retoma su camino y su propósito, el cual era hacerse con material para su hermano de armas. Sin volver la vista atrás, se pierde en la inmensidad del monte, como una fuerza de la naturaleza inalterable que tal y como llegó a causar estragos, se retira con toda la solemnidad del mundo.
El agente A no tiene ni tiempo para pensar en la siguiente broma cuando nota como la gravedad lo empuja para abajo una vez más. El movimiento es rápido y liberador, imposible de reaccionar, pues esperaba acabar partido por la mitad, no dejar de sentir la presión en el pecho que lo comprimía hasta la asfixia.
El alivio le dura poco. La mano del hombre dinosaurio lo atrapa en mitad del vuelo, cerrándose sobre él como un castigo divino por sus ofensas y enalteciendo lo frágil y vulnerable que es cuando toca enfrentar los verdaderos peligros del mar azul. En una fracción de segundo, pasa por su mente un sinfín de momento, desde amargos a dulces. Sus primeros amores, sus primeras pérdidas... Y luego, oscuridad. La oscuridad de un apéndice que se cierra sobre su rostro como un cepo para osos. La oscuridad de una sombra tan alta como un edificio y escamosa como un dragón. La oscuridad del final del camino tras una vida de conflictos.
Lo último que siente es un impacto. Un choque atronador, como si le hubiera alcanzando un rato en mitad de una tormenta. Su abdomen arde por completo. Siente dolor en cada fibra muscular, en cada órgano que rebota contra los límites de su cuerpo luchando por no salir despedidos. Él si lo hace. Vuela. Sale disparado como una bala de cañón. No ve nada, sus ojos están cerrados mientras se pierde entre los árboles eyectado. No respira, pues le duele respirar. No piensa, pues la sensación es tan amarga y cruda, que todo le parece dar vueltas.
Antes de que pueda caer, el Agente A cede al dolor y se desmaya.
El Agente V, frente a la actitud de su camarada, se anima a sonreírle a una muerte segura. Lo han intentado y han fracasado. Pero ambas cosas lo han hecho juntos. Ve aterrorizado como el rostro del coloso difumina la sonrisa hasta transformarse en una mueca insalubre de descontento. Aún así, se niega a perder la alegría de haber vivido una vida plagada de aventuras junto a su hermano. Completamente indefenso, con las lágrimas peleando por no saltarse de los ojos, acepta su destino.
No espera caer de golpe varios metros de altura. Incrédulo, siente como sus brazos dejan de contraerse contra su pecho y como se desploma a gran velocidad hasta estamparse contra telas, aparatos y piezas sueltas. Por un segundo achina el rostro por el daño de clavarse tuercas y tornillos por la piel, como aquél que pisa piezas de juguete, pero su mente no asimila lo que está pasando. Por un instante, se cubre el rostro torpemente, esperando una parada o golpe de cola para mandarlo al otro barrio. Pero lejos de ver llegar el golpe, apenas alcanza a ver cómo su hermano sale volando como un misil tras un puñetazo del monstruo.
La cara de V es un poema. Tiene que asimilar demasiadas cosas en décimas de segundo, y no es capaz de asumir toda la información. Reír, caer, dolor, mirar, bloquear, esperar, ver, sentir, analizar... Todo pasa demasiado deprisa. Pero cuando vuelve a alzar la vista, el kaiju, en vez de rematar la faena y pisotearlo como a una miserable hormiga, se da media vuelta y se retira victorioso. Sin aspavientos, sin alardear su evidente superioridad ni causar un genocidio. Tan solo, se va.
V corre a toda velocidad a la posición de su hermano. Sus piernas apenas le responden y su brazo ha dejado de nombrar sangre desde hace rato. Es un amasijo informe que le cuelga del brazo. Aún así, se sobrepone a todo dolor y va a socorrer rápido el cuerpo de su amigo. Este no responde. Está plenamente inconsciente, con una fractura en la cabeza y el abdomen destrozado. Aún así... Respira.
Y no respira por milagro de Dios, ni por intervención de una entidad superior. Respira porque Ubbe lo ha querido. Ha tenido en su mano poder decapitarlos de un mordisco o haberlos hecho puré de huesos y vísceras. Pero ha visto algo en ellos, algo que no han respetado y aún así se les ha concedido. Una demostración de que el poder, orgulloso de si mismo, decide sobre la vida y la muerte del resto. No como un acto de clemencia, sino como la rebeldía misma de su naturaleza, porque Ubbe se impone incluso sobre lo que esperan de él. Es el privilegio de ser el más fuerte, el rey de los monstruos.
Unos gritos de agradecimiento se esgrimen de la boca del soldado, que tartamudea entre la alegría y el llanto, alabando la bondad de la criatura. Pero él... Él ya se ha marchado.
Aviso
Final
