26-06-2026, 02:46 PM
El golpe llegó sin contemplaciones, la lluvia de escombros levantada por Yggdrasil atravesó el espacio entre ambos como una tormenta de rocas imposibles de detener. Fragmentos de roca, madera y metal arrancados del suelo salieron despedidos en todas direcciones frente al Buccaneer, impulsados por una fuerza monstruosa; algunos impactaron contra Hitan de lleno, incrustándose en hombros, brazos y piernas, otros atravesaron a varios revolucionarios que se habían precipitado para protegerlo, derribándolos en medio de gritos de dolor y charcos de sangre. Durante unos segundos, el patio entero quedó sumido en el estruendo causado por el ataque, luego llegó el silencio. Un silencio pesado, incómodo, porque todos habían visto lo mismo. Habían visto a su líder sangrar, habían visto a su líder fracasar.
Habían visto cómo el hombre que prometía cambiar el mundo había sido incapaz de detener a un único individuo, a un solo pirata.
Las palabras de Sigurd resonaban por toda la plaza mientras los revolucionarios observaban el campo de batalla. Algunos apretaban las armas con fuerza. Otros contemplaban a los compañeros muertos que yacían esparcidos por el suelo. Muchos terminaron mirando a Hitan, esperando, buscando una respuesta, una orden, una solución, cualquier cosa, algo que demostrara por qué le seguían, por qué estaban de su parte, por qué debían seguir apoyándolo, una razón para estar de su lado, y durante unos instantes, Hitan intentó dársela.
Se incorporó apoyándose en el kanabo con la espalda recta y el mentón alto, seguía siendo el mismo hombre elegante y seguro de sí mismo que había aparecido horas atrás. O al menos eso intentaba.
Porque el disfraz ya no encajaba, la sangre caía de sus heridas, las piernas le temblaban y la respiración se le escapaba entre jadeos. Y por mucho que intentara recomponer la postura, la realidad ya se había impuesto sobre el personaje que había construido.
- ¿Lo veis...? -murmuró con una sonrisa ladeada que apenas logró mantener- Esto es exactamente lo que os decía... Miradle...
Señaló a Sigurd con el kanabo.
- No es más que una bestia... una fuerza sin propósito... - Nadie respondió, algunos revolucionarios ni siquiera lo miraban, sus ojos permanecían clavados en el gigantesco buccaneer. Hitan tragó saliva. - ¡Decid algo! - Su voz sonó más alta, más aguda, y cada vez más desesperada.
- ¡Decid algo, maldita sea!
Solo hubo silencio, y entonces ocurrió algo terrible, no para su cuerpo, ni para sus heridas, sino para su orgullo, porque comprendió que ya no lo estaban escuchando. Los mismos hombres que hacía unos minutos levantaban el puño cuando él hablaba, los mismos que golpeaban el suelo proclamando la revolución, los mismos que habrían muerto por él sin dudarlo.
Ahora dudaban.
Y esa duda era infinitamente más dolorosa que cualquier corte de Yggdrasil. Pues el discurso del Buccaneer había hecho más mella en las tropas de Hitan que cualquier corte o golpe de un arma. Había conseguido abrir los ojos a aquellos hombres que buscaban un cambio real en el mundo, y llevaban demasiado tiempo esperando a que su líder, Hitan, hiciera algo al respecto.
- ¡Matadlo!- gritó de repente con una voz desesperada- ¡¿A qué estáis esperando?! ¡Matadlo!
Nadie avanzó, la orden quedó suspendida en el aire, ignorada por todos, y algo se rompió definitivamente dentro de Hitan.
Su mirada empezó a moverse de forma errática, sus ojos iban desde Sigurd a sus hombres, de sus hombres a las salidas, de las salidas a los cadáveres, y de los cadáveres de nuevo a Sigurd.
Ya no parecía un líder, ya no parecía un revolucionario, aunque nunca lo había sido de verdad, ya no parecía un hombre que quisiera cambiar el mundo, solo parecía un hombre que acababa de comprender que iba a morir.
- No... - murmuró dando un paso atrás, luego otro.
- No... no podéis dejar que esto ocurra...
La voz le tembló, las manos también. - Yo fui quien os sacó de los callejones... Yo os di una causa... ¡Os di un propósito!
Nadie respondió, y por primera vez desde que comenzó todo aquello, Hitan entendió la verdad más simple y cruel de todas.
Que la fe que tanto había exigido a los demás nunca fue capaz de tenerla para sí mismo, entonces retrocedió otro paso y luego otro. Cada vez más rápido, cada vez más lejos de Sigurd, cada vez más lejos de sus propios ideales y de su propia convicción.
Hasta que el gran visionario de los Cuervos Rojos dejó de parecer un líder revolucionario, y pasó a parecer exactamente lo que siempre fue, un hombre aterrado escondido detrás de discursos grandilocuentes, un cobarde que hablaba de sacrificio mientras esperaba que otros murieran por él, un insecto desesperado intentando escapar de la sombra del monstruo que él mismo había despertado.
Habían visto cómo el hombre que prometía cambiar el mundo había sido incapaz de detener a un único individuo, a un solo pirata.
Las palabras de Sigurd resonaban por toda la plaza mientras los revolucionarios observaban el campo de batalla. Algunos apretaban las armas con fuerza. Otros contemplaban a los compañeros muertos que yacían esparcidos por el suelo. Muchos terminaron mirando a Hitan, esperando, buscando una respuesta, una orden, una solución, cualquier cosa, algo que demostrara por qué le seguían, por qué estaban de su parte, por qué debían seguir apoyándolo, una razón para estar de su lado, y durante unos instantes, Hitan intentó dársela.
Se incorporó apoyándose en el kanabo con la espalda recta y el mentón alto, seguía siendo el mismo hombre elegante y seguro de sí mismo que había aparecido horas atrás. O al menos eso intentaba.
Porque el disfraz ya no encajaba, la sangre caía de sus heridas, las piernas le temblaban y la respiración se le escapaba entre jadeos. Y por mucho que intentara recomponer la postura, la realidad ya se había impuesto sobre el personaje que había construido.
- ¿Lo veis...? -murmuró con una sonrisa ladeada que apenas logró mantener- Esto es exactamente lo que os decía... Miradle...
Señaló a Sigurd con el kanabo.
- No es más que una bestia... una fuerza sin propósito... - Nadie respondió, algunos revolucionarios ni siquiera lo miraban, sus ojos permanecían clavados en el gigantesco buccaneer. Hitan tragó saliva. - ¡Decid algo! - Su voz sonó más alta, más aguda, y cada vez más desesperada.
- ¡Decid algo, maldita sea!
Solo hubo silencio, y entonces ocurrió algo terrible, no para su cuerpo, ni para sus heridas, sino para su orgullo, porque comprendió que ya no lo estaban escuchando. Los mismos hombres que hacía unos minutos levantaban el puño cuando él hablaba, los mismos que golpeaban el suelo proclamando la revolución, los mismos que habrían muerto por él sin dudarlo.
Ahora dudaban.
Y esa duda era infinitamente más dolorosa que cualquier corte de Yggdrasil. Pues el discurso del Buccaneer había hecho más mella en las tropas de Hitan que cualquier corte o golpe de un arma. Había conseguido abrir los ojos a aquellos hombres que buscaban un cambio real en el mundo, y llevaban demasiado tiempo esperando a que su líder, Hitan, hiciera algo al respecto.
- ¡Matadlo!- gritó de repente con una voz desesperada- ¡¿A qué estáis esperando?! ¡Matadlo!
Nadie avanzó, la orden quedó suspendida en el aire, ignorada por todos, y algo se rompió definitivamente dentro de Hitan.
Su mirada empezó a moverse de forma errática, sus ojos iban desde Sigurd a sus hombres, de sus hombres a las salidas, de las salidas a los cadáveres, y de los cadáveres de nuevo a Sigurd.
Ya no parecía un líder, ya no parecía un revolucionario, aunque nunca lo había sido de verdad, ya no parecía un hombre que quisiera cambiar el mundo, solo parecía un hombre que acababa de comprender que iba a morir.
- No... - murmuró dando un paso atrás, luego otro.
- No... no podéis dejar que esto ocurra...
La voz le tembló, las manos también. - Yo fui quien os sacó de los callejones... Yo os di una causa... ¡Os di un propósito!
Nadie respondió, y por primera vez desde que comenzó todo aquello, Hitan entendió la verdad más simple y cruel de todas.
Que la fe que tanto había exigido a los demás nunca fue capaz de tenerla para sí mismo, entonces retrocedió otro paso y luego otro. Cada vez más rápido, cada vez más lejos de Sigurd, cada vez más lejos de sus propios ideales y de su propia convicción.
Hasta que el gran visionario de los Cuervos Rojos dejó de parecer un líder revolucionario, y pasó a parecer exactamente lo que siempre fue, un hombre aterrado escondido detrás de discursos grandilocuentes, un cobarde que hablaba de sacrificio mientras esperaba que otros murieran por él, un insecto desesperado intentando escapar de la sombra del monstruo que él mismo había despertado.
INFO
![[Imagen: ksMOGZu.png]](https://i.imgur.com/ksMOGZu.png)

![[Imagen: 5iQaF8K.png]](https://i.imgur.com/5iQaF8K.png)