27-06-2026, 12:57 AM
Narrador / María Merlot (Kasandra).
El velo que cubría la cara la dejaba ver a la perfección su entorno. Recostada como estaba de la pierna del hombre, esperaba que la atracción, en forma de cuarteto, de esa noche se extendiera muchas horas, así evitaría tener que fingir algo que no le gustaba: Estar en la cama de Gabriel Lucadense. Un tipo baboso, se creía un semental, pero sin duda, ni miedo a equivocarse, estaba entre los peores amantes que tuvo alguna vez.
El cuarteto ingreso sin mayor miramiento. Cada uno con un instrumento de cuerda. Mentiría si dijera que aquella mujer, de cabellera anaranjada como la fruta y el instrumento del color del océano, no llamo su atención. Una mujer libre, sin ataduras, con un trabajo normal, ella tendría seguramente una casa con vallas de color blanco y vecinos que cada mañana le dieran los “Buenos días” y le regalaran vegetales frescos de sus huertos. María sonrió bajo aquel velo, imaginando la vida normal que las personas normales llevaban. A veces le gustaba soñar con el futuro que le fue arrebatado, aquella vida que pintaba con colores increíbles y felicidad absoluta.
Cuando la melodía comenzó, la joven cerró los ojos, dejándose abrazar por la música. Una que le parecía perfecta para su estado de animo interior: melancolía. Fue transportada por los grillos en su cabeza a la casa de su padre, cuando aun era joven y tenia sueños. Lo vio claramente haciéndole el desayuno, con aquellas extremidades curiosas. Esa pinza le daría miedo a cualquiera, pero a ella no, solo se asusto la primera vez que lo vio, era feo de cajones pero su gran corazón compensaba su exterior. Reía con él, estudiaba con él, fue quien le enseño a nadar. Le había dicho que la enviaría a la escuela, que conocería a otros niños, que haría amigos. Tal vez como la mujer violinista, no parecía mayor, es más, podría tener hasta la misma edad.
Cuando la mano de Gabriel se poso sobre su cabeza, en una caricia descuidada, la celeste abrió los ojos rompiendo el recuerdo lejano. Entonces sus orbes ámbar volvieron a la dama, a como de ensimismada estaba tocando la melodía que le apretaba el corazón. ¿Se estaba burlando de su desgracia? ¿Por qué al final de la noche dormiría sola y ella con el asqueroso hombre encima teniendo que fingir orgasmos? María alejo ese pensamiento, no, nadie se burlaba. Todo estaba en su cabeza, no podía permitir que le robaran lo único que no le habían arrebatado. Entonces, se cuestionó: ¿Por qué sonaba todo tan triste? ¿Por qué le transmitía esa melancolía la música que debía alegrar el lugar, y hacerla olvidar la miseria?
— ¿Amo? — levanto la cabeza en dirección al hombre, que inmediatamente le prestó atención — ¿Podrían tocar algo más animado? Esa música me está deprimiendo, amo… Haz que toquen algo alegre y… bailare para ti — le pregunto con su aterciopelada voz como si él fuera un Dios entre hombres.
El tipejo sonrió — … puedo hacerlo, si... pero recuerda que deberás pagarlo más tarde — la sujeto por el mentón ejerciendo presión para que recordará que esa petición tendría su cobro cuando llegaran a la cama. María le sonrió por inercia, con o sin solicitud, igual le haría lo que él quisiera — Toquen algo más alegre, Mi Sirena quiere bailar — comento a viva voz, haciendo que todos en la sala guardaran silencio; y por todos, se tratada de: el cuarteto de cuerdas, un par de sirvientes y sus guardaespaldas.
Con la orden soltada al aire María espero la música. Cuando la escucho se levanto haciendo sonar en el proceso el metal contra el metal, provocado por las joyas que la adornaban. El velo que cubría su cara, caída desde la cabeza hacía los lados llegandole por debajo de los senos, dejando al descubierto su sublime figura, iba descalza además. Un paso tras otro descendió las escaleras. Luego tomo una postura delicada, y empezó el suave movimiento de su cuerpo, manos, brazos, caderas; había sido educada para el placer en todas sus formas y expresiones, el arte de usar su cuerpo, se extendía más allá de la recamara.
El cuarteto ingreso sin mayor miramiento. Cada uno con un instrumento de cuerda. Mentiría si dijera que aquella mujer, de cabellera anaranjada como la fruta y el instrumento del color del océano, no llamo su atención. Una mujer libre, sin ataduras, con un trabajo normal, ella tendría seguramente una casa con vallas de color blanco y vecinos que cada mañana le dieran los “Buenos días” y le regalaran vegetales frescos de sus huertos. María sonrió bajo aquel velo, imaginando la vida normal que las personas normales llevaban. A veces le gustaba soñar con el futuro que le fue arrebatado, aquella vida que pintaba con colores increíbles y felicidad absoluta.
Cuando la melodía comenzó, la joven cerró los ojos, dejándose abrazar por la música. Una que le parecía perfecta para su estado de animo interior: melancolía. Fue transportada por los grillos en su cabeza a la casa de su padre, cuando aun era joven y tenia sueños. Lo vio claramente haciéndole el desayuno, con aquellas extremidades curiosas. Esa pinza le daría miedo a cualquiera, pero a ella no, solo se asusto la primera vez que lo vio, era feo de cajones pero su gran corazón compensaba su exterior. Reía con él, estudiaba con él, fue quien le enseño a nadar. Le había dicho que la enviaría a la escuela, que conocería a otros niños, que haría amigos. Tal vez como la mujer violinista, no parecía mayor, es más, podría tener hasta la misma edad.
Cuando la mano de Gabriel se poso sobre su cabeza, en una caricia descuidada, la celeste abrió los ojos rompiendo el recuerdo lejano. Entonces sus orbes ámbar volvieron a la dama, a como de ensimismada estaba tocando la melodía que le apretaba el corazón. ¿Se estaba burlando de su desgracia? ¿Por qué al final de la noche dormiría sola y ella con el asqueroso hombre encima teniendo que fingir orgasmos? María alejo ese pensamiento, no, nadie se burlaba. Todo estaba en su cabeza, no podía permitir que le robaran lo único que no le habían arrebatado. Entonces, se cuestionó: ¿Por qué sonaba todo tan triste? ¿Por qué le transmitía esa melancolía la música que debía alegrar el lugar, y hacerla olvidar la miseria?
— ¿Amo? — levanto la cabeza en dirección al hombre, que inmediatamente le prestó atención — ¿Podrían tocar algo más animado? Esa música me está deprimiendo, amo… Haz que toquen algo alegre y… bailare para ti — le pregunto con su aterciopelada voz como si él fuera un Dios entre hombres.
El tipejo sonrió — … puedo hacerlo, si... pero recuerda que deberás pagarlo más tarde — la sujeto por el mentón ejerciendo presión para que recordará que esa petición tendría su cobro cuando llegaran a la cama. María le sonrió por inercia, con o sin solicitud, igual le haría lo que él quisiera — Toquen algo más alegre, Mi Sirena quiere bailar — comento a viva voz, haciendo que todos en la sala guardaran silencio; y por todos, se tratada de: el cuarteto de cuerdas, un par de sirvientes y sus guardaespaldas.
Con la orden soltada al aire María espero la música. Cuando la escucho se levanto haciendo sonar en el proceso el metal contra el metal, provocado por las joyas que la adornaban. El velo que cubría su cara, caída desde la cabeza hacía los lados llegandole por debajo de los senos, dejando al descubierto su sublime figura, iba descalza además. Un paso tras otro descendió las escaleras. Luego tomo una postura delicada, y empezó el suave movimiento de su cuerpo, manos, brazos, caderas; había sido educada para el placer en todas sus formas y expresiones, el arte de usar su cuerpo, se extendía más allá de la recamara.
DANZANDO
Mientras danzaba, la mirada ámbar no dejaba a la mujer violinista. Sus ojos, color del océano, captaron toda su atención. ¿Si era libre, por qué se veía obligada?
Primavera (67).
Año 15.
11:21 p. m.
Selva, South Blue.
Año 15.
11:21 p. m.
Selva, South Blue.
El cielo se abrió y la lluvia torrencial los acompañó el resto de la noche. El cuarteto no pudo dejar la selva, Gabriel Lucadense les asigno una habitación a cada uno. Podría ser un tipo malo pero cuando se trataba de música, y más instrumental, respetaba a sus autores. Luego de saciarse con la sirena celeste, fue llamado a su despacho. “Algo” sucedió pero a María poco le importo, se podía imaginar de que se trataba. Cuando él se fue, supo que era buen momento para dar rienda suelta a su curiosidad, y quizás buena obra de esa semana, así que se vistió de nuevo, y salió en busca de aquella fruta cítrica.
Le costó encontrar la habitación.
Lo logró luego de un rato.
Lo logró luego de un rato.
La lluvia la había empapado, ella amaba el agua. Aquel abrazo frio y constante la hizo sentir viva, la hizo sentir limpia. Sin ningún tipo de delicadeza, toco la ventana repetidas veces. Estaba en una planta baja, de fácil acceso desde el jardín. Así que apenas se abrió la ventana de la dama anaranjada, María se metió sin invitación, empapando todo y tirándose a la cama, como si fuera la suya propia.
— ¡Vivi! ¿Te desperté? Espero que no. Sigue lloviendo. La lluvia me gusta, es como tener el mar comprimido en pequeñas gotas bendecidas desde el cielo — comentaría aleatoriamente con su encantadora voz. El velo continuaba sobre ella, pegándose a la piel en su cara sin relevarla por completo, solo los delicados contornos — ¡Vivi! ¿Por qué tocaste una melodía tan… afligida? ¿No eres feliz? ¿Qué te hace feliz? — le pregunto levantándose de la cama, y caminado por la pequeña recamara hasta detenerse frente al estuche donde descansaba el instrumento, no lo toco, solo lo miro — … el color me recordó a las profundidades. ¿Alguna vez has ido al fondo del mar? ¡Es… del color de tu violín, Vivi! Te llevaré, si quieres, claro — comento con alegría girándose para ver a la fémina mientras llevaba sus manos a la espalda — ¿Vives en una casa con vallas blancas, Viví? ¿Tienes algún guapo pretendiente que te lleve flores cada día? ¿Tus padres se preocupan por ti? ¿Sales de paseo con tus amigos? — en su cabeza, ella tenía una vida perfectamente normal, la que siempre ansió, la que soñaba cada noche al cerrar los ojos.
¿Por qué le preguntaba tantas cosas? Porque del cuarteto, ella no parecía querer estar ahí. Entonces, ignorando el castigo que pudiera traerle, la ayudaría a salir de ahí…y no, nada tenia que ver con Gabriel Lucadense, él era un imbécil pero amante del arte... se refería a los Piratas del Abismos.
— ¡Vivi! ¿Te desperté? Espero que no. Sigue lloviendo. La lluvia me gusta, es como tener el mar comprimido en pequeñas gotas bendecidas desde el cielo — comentaría aleatoriamente con su encantadora voz. El velo continuaba sobre ella, pegándose a la piel en su cara sin relevarla por completo, solo los delicados contornos — ¡Vivi! ¿Por qué tocaste una melodía tan… afligida? ¿No eres feliz? ¿Qué te hace feliz? — le pregunto levantándose de la cama, y caminado por la pequeña recamara hasta detenerse frente al estuche donde descansaba el instrumento, no lo toco, solo lo miro — … el color me recordó a las profundidades. ¿Alguna vez has ido al fondo del mar? ¡Es… del color de tu violín, Vivi! Te llevaré, si quieres, claro — comento con alegría girándose para ver a la fémina mientras llevaba sus manos a la espalda — ¿Vives en una casa con vallas blancas, Viví? ¿Tienes algún guapo pretendiente que te lleve flores cada día? ¿Tus padres se preocupan por ti? ¿Sales de paseo con tus amigos? — en su cabeza, ella tenía una vida perfectamente normal, la que siempre ansió, la que soñaba cada noche al cerrar los ojos.
¿Por qué le preguntaba tantas cosas? Porque del cuarteto, ella no parecía querer estar ahí. Entonces, ignorando el castigo que pudiera traerle, la ayudaría a salir de ahí…y no, nada tenia que ver con Gabriel Lucadense, él era un imbécil pero amante del arte... se refería a los Piratas del Abismos.
Karma Fanático: Hyakinthos.
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