27-06-2026, 01:35 AM
Por primera vez desde que había decidido levantar el estandarte de los Cuervos Rojos, Hitan dejó de escuchar el mundo que lo rodeaba. El estruendo de la plaza dejó de existir, incluso el rugido de aquel monstruo llamado Sigurd terminó convirtiéndose en un murmullo lejano. Durante un instante, solo existió él. Él y el miedo.
Mientras el buccaneer avanzaba con aquella determinación inquebrantable, la mente del revolucionario viajó muchos años atrás, a una época en la que no existían ni los Cuervos Rojos, ni sus discursos grandilocuentes, ni las promesas de libertad. Recordó las calles miserables donde había crecido, las noches durmiendo bajo techos que apenas protegían de la lluvia y el hambre que lo había acompañado durante media vida. Recordó el día en que juró que jamás volvería a sentirse insignificante, que algún día sería alguien capaz de cambiar el mundo, alguien cuyo nombre inspiraría esperanza allí donde los demás solo encontraban resignación.
Al principio fueron pocos, tan solo puñado de hombres y mujeres cansados de agachar la cabeza, personas que encontraron en sus palabras un motivo para seguir adelante. Después llegaron más. Y más. Cada victoria alimentó su ego. Cada nuevo seguidor reforzó una mentira que terminó repitiéndose tantas veces que acabó creyéndola él mismo. Ya no luchaba únicamente por una revolución; luchaba por la imagen que había construido de sí mismo. La del líder destinado a guiar a los demás. La mentira de una revolución a la cual nunca había ni siquiera intentado unirse. Solo era fachada. Puras mentiras.
Hasta que apareció Sigurd, y comprendió demasiado tarde, que jamás había querido cambiar el mundo, lo único que había querido era ocupar un lugar en él.
Sus ojos buscaron desesperadamente a los hombres que durante años habían jurado seguirle hasta la muerte. Esperaba encontrar determinación, obediencia, una fe ciega que tantas veces había utilizado para sostener sus ideales. Pero lo único que encontró fueron dudas. Vacilación. Miradas que ya no buscaban órdenes, sino respuestas que él era incapaz de ofrecer.
Fue entonces cuando el verdadero terror lo alcanzó.
No era el dolor de las heridas, no era la sangre que resbalaba por su cuerpo, ni siquiera era la certeza de que Sigurd podía matarlo, era comprender que iba a morir completamente solo.
Intentó levantar el kanabo una última vez, pero el brazo apenas respondió; también intentó abrir la boca para pronunciar otra orden, pero tampoco salió ninguna palabra. Las piernas dejaron de sostenerle con firmeza y el cuerpo comenzó a retroceder por puro instinto, mientras frente a él el Carnicero de Whisky Peak continuaba avanzando con la serenidad de quien ya había dictado sentencia. Y Hitan, por primera vez en toda su vida, dejó de sentirse un líder.
Solo era un hombre aterrado esperando la llegada del hacha.
El primer impacto dejó el ambiente cortado. El segundo terminó de romper algo mucho más frágil que la carne de Hitan. Cuando el enorme cuerpo del revolucionario terminó desplomándose sobre el suelo, partido, destrozado y completamente irreconocible, nadie fue capaz de reaccionar durante varios segundos. El kanabo resbaló entre el barro y la sangre hasta detenerse varios metros más allá, abandonado por unas manos que jamás volverían a empuñarlo. El hombre que había prometido cambiar el mundo acababa de desaparecer en un silencio absoluto, sin una última palabra, sin un último gesto heroico, sin nadie capaz de impedir un destino que él mismo había provocado.
El patio entero permaneció inmóvil, nadie levantó un arma, nadie gritó venganza. Los rostros de los revolucionarios iban alternando entre el cadáver de su comandante y la imponente figura de Sigurd, incapaces de reconciliar la imagen del líder al que habían seguido durante años con la del hombre que acababa de morir suplicando a los demás que lucharan por él. Muchos comenzaron a comprender que, durante todo ese tiempo, las palabras de Hitan siempre habían exigido sacrificios ajenos. Él hablaba de revolución mientras otros morían. Hablaba de cambiar el mundo sin colocarse jamás en la primera línea. Y cuando por fin le había tocado afrontar aquello que tantas veces había pedido a los demás, el miedo había terminado por desnudarlo frente a todos y mostrar su verdadera forma.
Uno tras otro, varios revolucionarios dejaron caer sus armas al suelo y el sonido del acero golpeando la piedra comenzó a repetirse por distintos rincones del patio, lento al principio, constante después. Algunos dieron media vuelta sin pronunciar una sola palabra y abandonaron la plaza con la cabeza gacha, incapaces de sostener la mirada de sus compañeros. Otros simplemente permanecieron inmóviles, observando el cuerpo sin vida de quien hasta hacía unos instantes había sido su comandante, intentando comprender en qué momento la revolución había dejado de pertenecerles para convertirse únicamente en el sueño egoísta de un hombre sediento de reconocimiento.
Sin embargo, no todos reaccionaron igual.
Hubo quienes, lejos de apartar la vista de Sigurd, continuaron observándolo con una mezcla imposible de describir. No había una admiración ciega, ni fanatismo, ni obediencia. Había respeto. Habían visto a un hombre que jamás había ocultado quién era, que no había utilizado a nadie como escudo, que había caminado siempre en primera línea y que había derrotado con sus propias manos al mismo líder que durante años les había pedido confiar en él desde la seguridad de las alturas. Quizá no compartían todas sus ideas, quizá muchos ni siquiera comprendían aquella obsesión por la fuerza, pero por primera vez en mucho tiempo sentían que alguien hablaba exactamente como actuaba.
Aquella tarde no solo murió Hitan.
También murieron los Cuervos Rojos, aunque en el fondo solo habían existido para esos hombres, y para su abatido lider.
Y de las cenizas de aquella revolución fallida comenzaron a levantarse hombres y mujeres que ya no buscaban promesas imposibles ni discursos grandilocuentes. Buscaban seguir a alguien cuya verdad, por brutal que fuese, jamás necesitaba esconderse detrás de una mentira. De entre todos los presentes, alrededor de setenta personas dieron un paso al frente, recogieron sus armas y abandonaron la plaza tras la imponente figura del Buccaneer, dispuestas a dejar atrás el sueño de cambiar el mundo para convertirse, por voluntad propia, en los heraldos de una catástrofe que prometía hacerlo arder.
Mientras el buccaneer avanzaba con aquella determinación inquebrantable, la mente del revolucionario viajó muchos años atrás, a una época en la que no existían ni los Cuervos Rojos, ni sus discursos grandilocuentes, ni las promesas de libertad. Recordó las calles miserables donde había crecido, las noches durmiendo bajo techos que apenas protegían de la lluvia y el hambre que lo había acompañado durante media vida. Recordó el día en que juró que jamás volvería a sentirse insignificante, que algún día sería alguien capaz de cambiar el mundo, alguien cuyo nombre inspiraría esperanza allí donde los demás solo encontraban resignación.
Al principio fueron pocos, tan solo puñado de hombres y mujeres cansados de agachar la cabeza, personas que encontraron en sus palabras un motivo para seguir adelante. Después llegaron más. Y más. Cada victoria alimentó su ego. Cada nuevo seguidor reforzó una mentira que terminó repitiéndose tantas veces que acabó creyéndola él mismo. Ya no luchaba únicamente por una revolución; luchaba por la imagen que había construido de sí mismo. La del líder destinado a guiar a los demás. La mentira de una revolución a la cual nunca había ni siquiera intentado unirse. Solo era fachada. Puras mentiras.
Hasta que apareció Sigurd, y comprendió demasiado tarde, que jamás había querido cambiar el mundo, lo único que había querido era ocupar un lugar en él.
Sus ojos buscaron desesperadamente a los hombres que durante años habían jurado seguirle hasta la muerte. Esperaba encontrar determinación, obediencia, una fe ciega que tantas veces había utilizado para sostener sus ideales. Pero lo único que encontró fueron dudas. Vacilación. Miradas que ya no buscaban órdenes, sino respuestas que él era incapaz de ofrecer.
Fue entonces cuando el verdadero terror lo alcanzó.
No era el dolor de las heridas, no era la sangre que resbalaba por su cuerpo, ni siquiera era la certeza de que Sigurd podía matarlo, era comprender que iba a morir completamente solo.
Intentó levantar el kanabo una última vez, pero el brazo apenas respondió; también intentó abrir la boca para pronunciar otra orden, pero tampoco salió ninguna palabra. Las piernas dejaron de sostenerle con firmeza y el cuerpo comenzó a retroceder por puro instinto, mientras frente a él el Carnicero de Whisky Peak continuaba avanzando con la serenidad de quien ya había dictado sentencia. Y Hitan, por primera vez en toda su vida, dejó de sentirse un líder.
Solo era un hombre aterrado esperando la llegada del hacha.
El primer impacto dejó el ambiente cortado. El segundo terminó de romper algo mucho más frágil que la carne de Hitan. Cuando el enorme cuerpo del revolucionario terminó desplomándose sobre el suelo, partido, destrozado y completamente irreconocible, nadie fue capaz de reaccionar durante varios segundos. El kanabo resbaló entre el barro y la sangre hasta detenerse varios metros más allá, abandonado por unas manos que jamás volverían a empuñarlo. El hombre que había prometido cambiar el mundo acababa de desaparecer en un silencio absoluto, sin una última palabra, sin un último gesto heroico, sin nadie capaz de impedir un destino que él mismo había provocado.
El patio entero permaneció inmóvil, nadie levantó un arma, nadie gritó venganza. Los rostros de los revolucionarios iban alternando entre el cadáver de su comandante y la imponente figura de Sigurd, incapaces de reconciliar la imagen del líder al que habían seguido durante años con la del hombre que acababa de morir suplicando a los demás que lucharan por él. Muchos comenzaron a comprender que, durante todo ese tiempo, las palabras de Hitan siempre habían exigido sacrificios ajenos. Él hablaba de revolución mientras otros morían. Hablaba de cambiar el mundo sin colocarse jamás en la primera línea. Y cuando por fin le había tocado afrontar aquello que tantas veces había pedido a los demás, el miedo había terminado por desnudarlo frente a todos y mostrar su verdadera forma.
Uno tras otro, varios revolucionarios dejaron caer sus armas al suelo y el sonido del acero golpeando la piedra comenzó a repetirse por distintos rincones del patio, lento al principio, constante después. Algunos dieron media vuelta sin pronunciar una sola palabra y abandonaron la plaza con la cabeza gacha, incapaces de sostener la mirada de sus compañeros. Otros simplemente permanecieron inmóviles, observando el cuerpo sin vida de quien hasta hacía unos instantes había sido su comandante, intentando comprender en qué momento la revolución había dejado de pertenecerles para convertirse únicamente en el sueño egoísta de un hombre sediento de reconocimiento.
Sin embargo, no todos reaccionaron igual.
Hubo quienes, lejos de apartar la vista de Sigurd, continuaron observándolo con una mezcla imposible de describir. No había una admiración ciega, ni fanatismo, ni obediencia. Había respeto. Habían visto a un hombre que jamás había ocultado quién era, que no había utilizado a nadie como escudo, que había caminado siempre en primera línea y que había derrotado con sus propias manos al mismo líder que durante años les había pedido confiar en él desde la seguridad de las alturas. Quizá no compartían todas sus ideas, quizá muchos ni siquiera comprendían aquella obsesión por la fuerza, pero por primera vez en mucho tiempo sentían que alguien hablaba exactamente como actuaba.
Aquella tarde no solo murió Hitan.
También murieron los Cuervos Rojos, aunque en el fondo solo habían existido para esos hombres, y para su abatido lider.
Y de las cenizas de aquella revolución fallida comenzaron a levantarse hombres y mujeres que ya no buscaban promesas imposibles ni discursos grandilocuentes. Buscaban seguir a alguien cuya verdad, por brutal que fuese, jamás necesitaba esconderse detrás de una mentira. De entre todos los presentes, alrededor de setenta personas dieron un paso al frente, recogieron sus armas y abandonaron la plaza tras la imponente figura del Buccaneer, dispuestas a dejar atrás el sueño de cambiar el mundo para convertirse, por voluntad propia, en los heraldos de una catástrofe que prometía hacerlo arder.
INFO
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