27-06-2026, 10:33 PM
—¿O necesitas acercarte más para saberlo?
Kibai se detuvo momentáneamenten en su labor frotándose las manos para elminar los últimos restos de de hierbas de sus palmas, antes de girar levemente la cabeza hacia Kagura. Con una ceja arqueada, se preguntó si la chica lo estaría diciendo en serio, o si aquello era alguna clase de extraña insinuación que él no acababa de comprender, o era simple y llanamente una pregunta nacida de una curiosidad sincera por algo que la joven no se había encontrado nunca antes.
— Bueno, pues eso depende, la verdad. Hay personas que tienen un olor característico muy marcado, ya sea de manera natural, o porque les gusta demasiado comer o beber algo en concreto. También están claro las personas que fuman una determinada marca de tabaco o les gusta usar un perfume en concreto. Eso es relativamente fácil de rastrear en cualquier situación. Después, a causa por ejemplo de su trabajo tienes a carpinteros, que siempre huelen a madera y barniz, a herreros que huelen a carbón y a hierro recalentado...
El mink se recostó momentáneamente hacia atrás, apoyando ambas palmas en la roca, recordando con cierta nostalgia los primeros días en el Swift, cuando se había sorprendido de lo mucho que podía llegar a ser agresivo el holor de tantos humanos conviviendo juntos en un espacio cerrado, a pesar de que el capitán y el oficial de cubierta insistían mucho en que la tripulación siempre debía aparecer en perfecto estado de limpieza y preparación.
— Y si te lo preguntas no, no necesito acercarme demasiado para saber como hueles, salvo que quiera recordar a conciencia tu olor.
Extendiendo un dedo de la zarpa izquierda, Kibai señaló hacia la zona del cuello de Kagura.
— Para eso, lo ideal es ahí. Es un lugar dónde se acumula mucha sangre, hay varias zonas de piel, y en vuestro caso el pelo suele caer ahí también. Es básicamente una combinación de tres de las cuatro fuentes más importantes de olor de una persona, quitando el aliento: La piel, el cabello...
Kibai se permitió un momento de pausa, riendo internamente mientras rebajaba su tono un par de octavas y fijaba su mirada en los ojos de la joven.
—Y la sangre, por supuesto.
Cuando por fin la carne estuvo lista, aderezada y regada por añadidura con una de las frutas que Kagura aún conservaba y amablemente le cedió, Kibai le dio a probar uno de los trozo del costillar de conejo ya deshuesada, congratulándose enormemente al ver su expresión de satisfacción. Era algo que, aunque normalmente se resistía a admitirlo, le encantaba ver en las personas a las cuales les preparaba cualquier clase de alimento. El saber que lo que hacía realmente era bueno y valorable le ayudaba a sentirse realizado.
— Me alegro mucho de que te guste. La verdad, con lo que había por aquí he hecho lo que he podido. El no tener sal me obliga a usar practicamente cualquier cosa que aumente el sabor de la carne, aunque lo cierto es que al ser una presa salvaje, los platos siempre tienen un toque más intenso de manera natural. No obstante, tengo pendiente el llevarme a partir de ahora siempre conmigo aunque sea un pequeño estuche con lo indispensable para poder cocinar un par de días. Si en un futuro me nombran cocinero de la DIvisión en la que me encuentre, tengo que ser capaz de mantener a los hombres fuertes y, en la mayor medida posible, contentos de tener un plato de comida caliente y que les alegre el ánimo delante de ellos todos los días.
Kibai le dejó el resto del medio costillar a Kagura y se giró para atender el resto de piezas, dándole momentáneamente la espalda a la joven mientras se afanaba en dar vueltas al improvisado espetón en el que había clavado los cuartos traseros del conejo.
— Pero…¿Qué clase de carne es exactamente? …creo que nunca he probado algo así de tierno...
El mink sonrió mientras observaba con atención que la capa exterior de las patas traseras adquiriese el dorado justo para resultar crujiente sin chamuscarse demasiado.
— Pues es conejo, claro. En esta zona abundan bastante. Solo tuve que buscar alguno de los arbustos con bayas en los que suelen alimentarse y esperar pacientemente a que uno se acercase para poder cazarlo. No era un ejemplar demasiado grande, pero al menos parece que estaba bien nutrido a juzgar por toda la carne que tiene. Y en cuanto a lo tierno, es una combinación de cocinarlo en su propia grasa y sobre un lecho de piedra y no hierro o brasas directas. Eso permite que los jugos se queden dentro de la carne, de otro modo quedaría muy seca.
El mink dio un par de vueltas más al espeto antes de retirarlo del fuego para examinarlo mejor. Lo último que quería era quemar la carne y que la mordida resultase desagradable.
— No te preocupes, yo aprendí mucho a base de ensayo y error. Si supueras la de platos que arruiné antes de lograr cocinar las cosas de una manera decente... El mejor consejo que puedo darte, y creo que el que nadie puede darte, es que no tengas miedo a equivocarte y que pruebes cosas diferentes. Nunca se sabe qué combinación puede ser increíble y no lo sabías hasta ese momento. Para la técnica, ya sabes, que no se te quemen las cosas, el punto de la carne o del pescado, la cantidad de aderezo y demás, es una cuestión de mera experiencia, y tener algo de buen gusto en el paladar, claro.
Satisfecho con el resultado que había obtenido, Kibai separó los dos cuartos traseros a los extremos del improvisado espeto y con un chasquido, lo partió por la mitad, quedando en sus manos dos improvisados pinchos, cada uno con una pata trasera de conejo firmemente atravesada en él. Volviendo a sentarte al lado de Kagura, le alargó su mitad con una sonrisa.
— Aquí tienes, espero que la pata te guste tanto como las costillas. Si ves que te gusta mucho, no tengo problema en cazar otros cuantos por la mañana. Seguro que al oficial de cubierta de mi barco le duele menos que me haya fugado cuando traiga carne fresca para todos, y también puedo cazar un par para ti. La receta no se si podrás replicarla, pero seguro que en tu casa también se alegran de que les traigas algo rico para cocinar a tu vuelta.
