28-06-2026, 02:08 PM
Mucho antes de llegar a Sorbet, a inicios de verano del año 16.
Pueblo de Baquella, Baterilla.
Después de lo que a Bai le parecieron siglos —aunque en realidad solo habían sido unos días de larga travesía–, sus pies por fin tocaron el suelo firme. Y, aunque era maravillosa la sensación no estar balanceándose de un lado a otro, en cuanto abrió sus pulmones tragando una magnánima bocanada de aire, el olor a salitre, a mar, a pescado fresco y...
Un joven de escaso metro y medio, cuyo rostro recordaba haberlo visto en el buffet del barco comercial, pasó de repente corriendo por su lado, golpeándole el costado con tanta fuerza que si la física lo hubiera permitido, Bai habría creído que era una bala lo que le golpeaba.
¿Qué estaba pasando? Ugh.
Arrugando el puente de la nariz y parte del rostro en una mueca de absoluto asco, la birkiniana desvió la mirada hacia el lado opuesto de donde el joven se encontraba para borrar aquella imagen de su mente; un maullido iracundo se escuchó al instante y, mientras bajaba de la pasarela del barco arrastrando su maletín, el cual parecía haber duplicado su peso sospechosamente durante el viaje, Bai vio de reojo como un gato salía espantado del barril lleno de pescado fresco en el que el joven se había asomado para vomitar.
«Bienvenida a Baterilla», pensó mientras se hacía a un lado para dejar paso al resto de pasajeros.
Sin embargo, su parada poco duraría en aquel rincón donde el olor a rancio empezaba a incomodarle. Y es que, a decir verdad, ella no estaría demasiados días en aquel lugar; de hecho, si no hubiera sido porque el barco necesitaba hacer una escala técnica obligatoria en ese puerto, quizás ni siquiera se le habría pasado por la cabeza detenerse en Baquella.
Sin embargo, el destino suele hacer esa clase de cosas. Y, como consecuencia, te toca tomar decisiones rápidas que pueden llevarte —y nunca mejor dicho— a buen puerto.
Esta era una de esas decisiones.
Bai levantó la vista oteando el muelle. El caos era absoluto. Parecía que en ningún momento hubieran estado esperando a un barco de pasajeros pues, tablas de madera astilladas, redes amontonadas que amenazaban con hacer tropezar a la gente y un enjambre de máquinas de polea destartaladas chirriaban con desgana en medio del lugar. Además, había demasiada gente yendo y viniendo, empujándose sin pedir permiso y transportando cargas que parecían extremadamente pesadas.
—No te quedes ahí, chica —le gritó alguien.
Pero ella no se enteró y continuó cavilando, pensando que en un sitio como aquel muelle no iba a encontrar ninguna posada en la que descansar.
—¡Aparta!
Unas manos fuertes y callosas la empujaron sacándola del ensimismamiento en el que se encontraba.
«Definitivamente tienes que salir de aquí», se dijo presta y dispuesta a dejar aquel dichoso maletín que cargaba en algún sitio que no fueran sus sufridas manos.
Su paseo por el laberinto de angostas callejuelas, cuyo suelo empedrado de guijarros desgastados zigzagueaba caprichosamente entre fachadas de un blanco deslumbrante, la llevó finalmente hasta una pequeña plaza abierta que, más que una plaza, parecía un mirador natural. Desde ahí, diversos senderos de suave pendiente se bifurcaban para morir en el litoral regalando a la vista la recortada silueta de la zona que dejaba entrever pequeñas calas de aguas cristalinas y barcas de pesca varadas sobre la arena que nada tenían que ver con el muelle por donde había venido.
Incluso, si afinabas un poco el oído, el rumor de las gaviotas hendía el aire con una nitidez casi poética.
Sin embargo, por el hambre que cargaba, lo que más le llamó la atención es que a un lado de la plaza, encajado entre dos fachadas encaladas y ligeramente desgastadas por la sal, había un pequeño local que parecía un bar. Y, en él, en los flancos del portal, un conjunto de sillas de madera albergaba a una clientela variopinta que colmaba casi el total del aforo exterior.
Por suerte para la oharanense, conforme acortaba la distancia con sus enormes zancadas, constató que una última mesa permanecía desocupada, ofreciéndole una buena oportunidad para comer y descansar.
—Que los dioses le sean propicios —anunció, sentándose en la silla, al mink que tenía a su derecha y la mujer de su izquierda pese a saber que posiblemente ninguno de los dos le entendieran.
Después, contemplando la plaza, esperó a que alguien viniera a tomarle la orden.
En el centro de la plaza, un bullicioso grupo de infantes acaparaba su atención, enzarzados en una pele donde se golpeaban con rudimentarios listones de madera que hacían chocar con estrépito. A su vez, los niños gritaban entusiasmadls en una idioma indescifrable para la oharanense; no obstante, al observarlos, Bai dedujo que aquellos muchachos jugaban a marines y piratas.
—Disculpe... —una mano pasó por delante de sus ojos.
¿Cuándo se había perdido en sí misma?
Bai sonrió y le hizo un gesto señalándose a si misma.
—Bai — luego miró alrededor buscando las bebidas de los demás y señaló la de la señorita que bebía cerveza —Eso.
A continuación buscó a alguién mád que estuviera comiendo algo que pudiera identificar y señaló a un humano qur parecía comer una sopa.
—Eso.
La camarera, extrañada, trató de dialogar un poco más con Bai pero, al ver que esta solo sonreía, terminó yéndose y murmurando que le iba a llevar lo que fuera pues, al fin y al cabo, sabía que no podía quejarse.
Tras esto Bai volvió a observar a su alrededor y terminó mirando fijamente el libro de la mujer de al lado.
Pueblo de Baquella, Baterilla.
Después de lo que a Bai le parecieron siglos —aunque en realidad solo habían sido unos días de larga travesía–, sus pies por fin tocaron el suelo firme. Y, aunque era maravillosa la sensación no estar balanceándose de un lado a otro, en cuanto abrió sus pulmones tragando una magnánima bocanada de aire, el olor a salitre, a mar, a pescado fresco y...
Un joven de escaso metro y medio, cuyo rostro recordaba haberlo visto en el buffet del barco comercial, pasó de repente corriendo por su lado, golpeándole el costado con tanta fuerza que si la física lo hubiera permitido, Bai habría creído que era una bala lo que le golpeaba.
¿Qué estaba pasando? Ugh.
Arrugando el puente de la nariz y parte del rostro en una mueca de absoluto asco, la birkiniana desvió la mirada hacia el lado opuesto de donde el joven se encontraba para borrar aquella imagen de su mente; un maullido iracundo se escuchó al instante y, mientras bajaba de la pasarela del barco arrastrando su maletín, el cual parecía haber duplicado su peso sospechosamente durante el viaje, Bai vio de reojo como un gato salía espantado del barril lleno de pescado fresco en el que el joven se había asomado para vomitar.
«Bienvenida a Baterilla», pensó mientras se hacía a un lado para dejar paso al resto de pasajeros.
BSO de Bienvenida
Sin embargo, su parada poco duraría en aquel rincón donde el olor a rancio empezaba a incomodarle. Y es que, a decir verdad, ella no estaría demasiados días en aquel lugar; de hecho, si no hubiera sido porque el barco necesitaba hacer una escala técnica obligatoria en ese puerto, quizás ni siquiera se le habría pasado por la cabeza detenerse en Baquella.
Sin embargo, el destino suele hacer esa clase de cosas. Y, como consecuencia, te toca tomar decisiones rápidas que pueden llevarte —y nunca mejor dicho— a buen puerto.
Esta era una de esas decisiones.
Bai levantó la vista oteando el muelle. El caos era absoluto. Parecía que en ningún momento hubieran estado esperando a un barco de pasajeros pues, tablas de madera astilladas, redes amontonadas que amenazaban con hacer tropezar a la gente y un enjambre de máquinas de polea destartaladas chirriaban con desgana en medio del lugar. Además, había demasiada gente yendo y viniendo, empujándose sin pedir permiso y transportando cargas que parecían extremadamente pesadas.
—No te quedes ahí, chica —le gritó alguien.
Pero ella no se enteró y continuó cavilando, pensando que en un sitio como aquel muelle no iba a encontrar ninguna posada en la que descansar.
—¡Aparta!
Unas manos fuertes y callosas la empujaron sacándola del ensimismamiento en el que se encontraba.
«Definitivamente tienes que salir de aquí», se dijo presta y dispuesta a dejar aquel dichoso maletín que cargaba en algún sitio que no fueran sus sufridas manos.
BSO del Pueblo
Su paseo por el laberinto de angostas callejuelas, cuyo suelo empedrado de guijarros desgastados zigzagueaba caprichosamente entre fachadas de un blanco deslumbrante, la llevó finalmente hasta una pequeña plaza abierta que, más que una plaza, parecía un mirador natural. Desde ahí, diversos senderos de suave pendiente se bifurcaban para morir en el litoral regalando a la vista la recortada silueta de la zona que dejaba entrever pequeñas calas de aguas cristalinas y barcas de pesca varadas sobre la arena que nada tenían que ver con el muelle por donde había venido.
Incluso, si afinabas un poco el oído, el rumor de las gaviotas hendía el aire con una nitidez casi poética.
Sin embargo, por el hambre que cargaba, lo que más le llamó la atención es que a un lado de la plaza, encajado entre dos fachadas encaladas y ligeramente desgastadas por la sal, había un pequeño local que parecía un bar. Y, en él, en los flancos del portal, un conjunto de sillas de madera albergaba a una clientela variopinta que colmaba casi el total del aforo exterior.
Por suerte para la oharanense, conforme acortaba la distancia con sus enormes zancadas, constató que una última mesa permanecía desocupada, ofreciéndole una buena oportunidad para comer y descansar.
—Que los dioses le sean propicios —anunció, sentándose en la silla, al mink que tenía a su derecha y la mujer de su izquierda pese a saber que posiblemente ninguno de los dos le entendieran.
Después, contemplando la plaza, esperó a que alguien viniera a tomarle la orden.
En el centro de la plaza, un bullicioso grupo de infantes acaparaba su atención, enzarzados en una pele donde se golpeaban con rudimentarios listones de madera que hacían chocar con estrépito. A su vez, los niños gritaban entusiasmadls en una idioma indescifrable para la oharanense; no obstante, al observarlos, Bai dedujo que aquellos muchachos jugaban a marines y piratas.
—Disculpe... —una mano pasó por delante de sus ojos.
¿Cuándo se había perdido en sí misma?
Bai sonrió y le hizo un gesto señalándose a si misma.
—Bai — luego miró alrededor buscando las bebidas de los demás y señaló la de la señorita que bebía cerveza —Eso.
A continuación buscó a alguién mád que estuviera comiendo algo que pudiera identificar y señaló a un humano qur parecía comer una sopa.
—Eso.
La camarera, extrañada, trató de dialogar un poco más con Bai pero, al ver que esta solo sonreía, terminó yéndose y murmurando que le iba a llevar lo que fuera pues, al fin y al cabo, sabía que no podía quejarse.
Tras esto Bai volvió a observar a su alrededor y terminó mirando fijamente el libro de la mujer de al lado.
Información Bai del pasado [LVL 1
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios

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