28-06-2026, 09:01 PM
La respiración agitada, los hombros tensos, la mirada ensombrecida por la encrucijada donde se vio de pronto parado. Cuánto deseó, cuánto anheló por un instante olvidarse de todo, olvidarse del juramento que firmó en silencio hacía ya tantos años, y dejarse llevar. Darle rienda suelta a ese poder maligno, pútrido, que albergaba su pecho desde el momento en que consumió aquella extraña fruta morada. Soltar la cuerda que lo contenía y fluir en una ruta directa a la locura, la desidia, la masacre.
Pero, pero, pero…
—¿Ah?
Enji parpadeó, sacudió la cabeza para sacarse esas ideas de la mente y regresó al mundo real, arrancado de sus pensamientos por el sonido de un Den Den Mushi. Levantó la mirada y buscó hasta discernir de dónde provenía el tono. Estaba cerca de Juan.
«VOSOTROS, ESTUPIDOS MARINES DE MIERDA! QUIÉN OS CREEIS PARA METEROS EN MIS NEGOCIOS? ACASO YO NO PAGO MIS IMPUESTOS PARA PODER CONTRABANDEAR TRANQUILAMENTE SIN QUE UN CENTOLLO AGIGANTADO Y UN ALÉRGICO A LOS PANTALONES VENGAN A FASTIDARME LA RECAUDACIÓN DE LA SEMANA?»
Puso los ojos en blanco. Genial, otro imbécil que se creía por encima de la ley y de la vida de los demás. Dedujo que se trataba del “Intendente”, esa figura autoritaria que mencionó el tirador poco antes de ser puesto a dormir. El jefe de los contrabandistas y un pez mucho más gordo que capturar. La cabeza de la serpiente cuya cola acababan de cortar.
Mientras el Den Den Mushi ladraba insultos y amenazas, Enji consiguió una soga y le ató las manos detrás de la espalda al tirador. Finalmente, el caracol se calló y, tras suspirar aliviado, el capitán de la octogésima división se cargó al tirador al hombro y sacó su propio Den Den Mushi del bolsillo.
—Capturamos a unos contrabandistas —avisó a sus compañeros—. Lamentablemente, no hay marines supervivientes. Vuelvan a la costa, vamos a tener que improvisar una prisión hasta que nos manden un barco de escolta para transportar a estos idiotas a Matsuri.
Cortó, y se quedaron en silencio. El único sonido apreciable además de su respiración, eran los lamentos de sus enemigos derrotados.
—Tocará hacer varios viajes para llevarnos a todos, Juancho —mencionó. Sacó del elástico de su ropa interior un cigarro y se rascó el cuello mientras lo encendía—. Y yo ya tengo hambre… —Dio una primera calada, cerró los ojos y disfrutó de su calor—. Les haremos tumbas en la playa a Rashford y los demás.
Pero, pero, pero…
—¿Ah?
Enji parpadeó, sacudió la cabeza para sacarse esas ideas de la mente y regresó al mundo real, arrancado de sus pensamientos por el sonido de un Den Den Mushi. Levantó la mirada y buscó hasta discernir de dónde provenía el tono. Estaba cerca de Juan.
«VOSOTROS, ESTUPIDOS MARINES DE MIERDA! QUIÉN OS CREEIS PARA METEROS EN MIS NEGOCIOS? ACASO YO NO PAGO MIS IMPUESTOS PARA PODER CONTRABANDEAR TRANQUILAMENTE SIN QUE UN CENTOLLO AGIGANTADO Y UN ALÉRGICO A LOS PANTALONES VENGAN A FASTIDARME LA RECAUDACIÓN DE LA SEMANA?»
Puso los ojos en blanco. Genial, otro imbécil que se creía por encima de la ley y de la vida de los demás. Dedujo que se trataba del “Intendente”, esa figura autoritaria que mencionó el tirador poco antes de ser puesto a dormir. El jefe de los contrabandistas y un pez mucho más gordo que capturar. La cabeza de la serpiente cuya cola acababan de cortar.
Mientras el Den Den Mushi ladraba insultos y amenazas, Enji consiguió una soga y le ató las manos detrás de la espalda al tirador. Finalmente, el caracol se calló y, tras suspirar aliviado, el capitán de la octogésima división se cargó al tirador al hombro y sacó su propio Den Den Mushi del bolsillo.
—Capturamos a unos contrabandistas —avisó a sus compañeros—. Lamentablemente, no hay marines supervivientes. Vuelvan a la costa, vamos a tener que improvisar una prisión hasta que nos manden un barco de escolta para transportar a estos idiotas a Matsuri.
Cortó, y se quedaron en silencio. El único sonido apreciable además de su respiración, eran los lamentos de sus enemigos derrotados.
—Tocará hacer varios viajes para llevarnos a todos, Juancho —mencionó. Sacó del elástico de su ropa interior un cigarro y se rascó el cuello mientras lo encendía—. Y yo ya tengo hambre… —Dio una primera calada, cerró los ojos y disfrutó de su calor—. Les haremos tumbas en la playa a Rashford y los demás.
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