Fabricacion en el desierto[Fic de recolección y fabricación] P:R
#2
La carreta aún mantiene un peso adecuado para moverla con calma, y espera que así se mantenga hasta el momento de regresar a la zona de forjado, pues sino tendrá que mover la forja hasta allí y eso sería totalmente engorroso. Los oídos del joven empiezan a escuchar un sonido que le hace esbozar una sonrisa pues es un sonido que le recuerda a presas que usaba antaño en su isla natal para conseguir cuero para todo lo que pudiera necesitar. El joven se detiene un momento y presta más atención al sonido, eliminando el sonido de sus propios pasos y de la carreta del entorno para poder concentrarse en ese y busca saber aproximadamente la cantidad de animales que producen ese sonido, sin embargo no es un cálculo fácil y mucho menos completamente preciso, es un cálculo aproximado en base a suposiciones y correlaciones con otras especies que puedan ser similares. El joven toca su carcaj y con eso se hace una idea de la cantidad de flechas que lleva encima, calculando las que pueda necesitar para eliminar a los objetivos que necesite. Por lo que escucha y tirando de experiencia, el joven arquero sospecha que es una manada formada por aproximadamente unos 10 ejemplares, y por el sonido son relativamente grandes por lo que le bastaría con tumbar a dos para conseguir la cantidad de cuero que necesita, haciendo que tenga que encontrar la forma de evitar que los otros ocho animales le ataquen al ir a por los abatidos.

El joven deja la carreta bien estabilizada, asegurándose de que está en un lugar que no va a ceder de repente, y se mueve hacia una zona algo alejada de la misma para evitar que al matar a dos de los animales y se produzca la más que probable estampida, dicha estampida pase por encima de la carreta y la destroce junto a todo lo que lleva. El joven se coloca en una zona desde donde poder disparar libremente a las presas sin miedo a ser aplastado por aquellos que permanezcan vivos y salgan corriendo despavoridos sin fijarse en lo que se encuentra en su camino, buscando únicamente ponerse a salvo y alejarse del peligro. El joven cazador de pelo rojo como el fuego se dedica a observar el entorno y encuentra un pequeño grupo de rocas que servirá perfectamente de punto de observación y de cacería. El joven se encamina al lugar, permaneciendo atento al sonido de las pisadas por si resulta inviable usar la ubicación para la cacería, pero por fortuna para el cazador el sonido indica que lo más probable es que pasen por una zona lo bastante cercana para que su arco pueda alcanzarlos, de forma que el joven pelirrojo se ubica en lo alto del pequeño grupo de rocas y, tras posicionarse de forma perfecta para una cacería agazapado con una rodilla en el suelo manteniendo la otra elevada y el cuerpo recto, de forma que su pierna no estorba al disparo al mismo tiempo que otorga un equilibrio perfecto para lanzar la flecha con total precisión.

El joven fija sus ojos en el horizonte, en la dirección de la que escucha los sonidos acercarse cada vez más, respirando con paciencia y sacando dos flechas de su carcaj, preparándose para el disparo, pues en lugar de dos disparos separados, el joven lanzará dos flechas simultáneas de forma que cada una vaya en una dirección diferente, un pequeño truco que desarrolló de pequeño y que sorprendió incluso a su abuelo al verlo funcionar. El aire era cálido, tanto como el vapor saliendo de un té recién hecho y cargado de tanta humedad que a veces da la impresión de que el joven pelirrojo se encuentra en una sauna en lugar de al aire libre, esperando que un grupo de animales se ponga a tiro para hacerse con algo de cuero. El joven contramaestre de la división 60 desarrolló un sistema muy eficiente de espera en el momento de cazar, una vez encuentra la postura adecuada el joven se mantiene completamente inmóvil, congelado en la postura de forma que los únicos movimientos del marine son los involuntarios producto de las funciones básicas del cuerpo para mantenerse con vida, siendo tal su capacidad de mantenerse quieto que llega a parecer una estatua, siendo el suave sonido de los batidos de su corazón y su respiración lo único que indicaría a alguien que se acerque bastante que el joven es una persona y no una estatua.

Para mejorar el impacto de esa posición el joven meditaba con frecuencia, cada que tenía oportunidad le dedicaba un tiempo a la meditación y al control sobre sus emociones y su cuerpo, hasta el punto en el que logra calmarse tanto que sus latidos apenas son percibidos y solo lo escucha él en sus oídos, mientras que la respiración es tan suave y eficaz que parece que ni respira. La mirada aguda del marine permanece avizora ante la llegada de los animales, y finalmente, tras unos diez minutos de espera, aparece un grupo de unos 10 Adax, una especie similar a un antílope y cuya piel será perfecta para lo que tiene planeado construir el marine de las flechas eléctricas. El joven espera paciente al momento adecuado, no solo a que estén a una distancia donde su arco alcance, sino que debe esperar a un momento concreto, pues su modus operandi como cazador es el mismo, invariable en lo que se trata de cazar, variable respecto a los criminales,  y es que siempre los elimina con un disparo certero para que la muerte sea lo más rápida e indolora posible, pues si bien está acabando con la vida de una criatura al menos evita provocarle dolor innecesario.

El viento cálido de la isla agita su larga melena mientras espera respirando el momento idóneo para el disparo, una brisa que en Drum lo helaba y en otras islas resultaba agradable, aquí hace que el calor se note con fuerza al ser aire caliente, casi tanto como el entorno en sí. Poco a poco la manada de sus presas se acercan, ajenos al peligro que les acecha y al destino que les espera a dos de ellos, pero así es la vida, algunas veces el joven pelirrojo tiene que matar algunos animales para hacerse con cuero para sus productos. Poco a poco sus pasos los llevaban a una zona fatal, y mientras el marine permanece quieto, al acecho y esperando el momento idóneo para disparar, manteniendo sus ojos avizores a cualquier detalle mientras su oído está atento al resto de la zona en busca de peligro. Y es entonces cuando sus orbes lo ven, un momento en el que dos de los animales se separan un poco del resto por lo que el arquero coloca las flechas en el arco, tensa la cuerda con cuidado, sosteniendo ambas flechas al mismo tiempo, y suelta, haciendo que cada flecha vuele hacia cada una de las criaturas e impacten de lleno en su cabeza, provocando que caigan muertas al instante, no les dio tiempo siquiera a chillar de dolor. Como era de esperarse, el resto de los Adax se descontrolan y salen despedidos en todas direcciones, afortunadamente ninguno pasa por encima de los cuerpos ni tampoco se dirigen hacia el lugar donde se encuentra la carreta, por lo que no hay riesgo de perder nada. El joven cazador desciende hasta el lugar donde se encuentran sus presas y retira las flechas, limpiándolas en la ropa antes de guardarlas y arrastrar los cuerpos hacia un rincón, lugar en el que los cuelga usando un saliente de las rocas y con el cuchillo les corta la base del cuello para desangrarlos y que resulte más sencillo sacarles la piel.

Mientras la sangre va vertiéndose a la arena del desierto, el joven se dirige a la carreta y la trae hacia la zona cercana para poder guardar el cuero nada más lo saque de los animales y asegurar que esté bien distribuido en la carreta, pues una distribución eficiente no solo ahorra espacio, sino que hace que mover la carreta resulte más sencillo. El joven  espera pacientemente que la sangre termine de drenarse, manteniéndose fuera de la zona por la que discurre la misma para evitar mancharse, aunque con el calor que hace y lo absorbente que es la arena con los líquidos, es poco probable que la sangre avance demasiado, pues dos Adax no son suficientes para generar la cantidad de sangre necesaria para que llegue a la posición del marine desde donde están los cuerpos. El joven observa el cielo y las zonas cercanas, necesita quitarles la piel a los cuerpos antes de que el aroma de la sangre y la carne empiecen a atraer a carroñeros, momento en el que el joven arquero tendría que lidiar con ellos y matar a más animales de los que quería o usar su haki para paralizarlos, lo cual puede ser peligroso para ellos.

El sol sigue brillando en el cielo, cambiando su posición y su ángulo de incisión conforme el día avanza, el tiempo pasa y se aproxima a la noche y el fin del día,  por lo que lentamente la temperatura va bajando y empieza a haber más sombras en las que refugiarse del calor del ambiente, sin embargo no es conveniente estar muy alejado por la noche, si bien el desierto es un lugar terriblemente cálido, por la noche es como lo contrario por completo, las temperaturas bajan de golpe haciendo un frío casi más letal que el calor. La mirada del arquero eléctrico se centra en los cuerpos que ya están completamente drenados de sangre, por lo que el joven se acerca para empezar a sacar la piel, lo único que necesita de ellos, alegrándose de que todavía no haya llegado ninguna criatura carroñera a por su botín. El joven respira hondo, toma aire y se concentra antes de tomar a uno de los cuerpos y clavar la hoja de su cuchillo en la base de una de sus patas para empezar a despellejarlo desde allí, una vez la clava y separa ligeramente la piel de los músculos, inclina la hoja lo suficiente para que pueda avanzar suavemente mientras levanta la piel y la separa de la carne sin dañarla. Es un trabajo delicado, complejo y que lleva muchos años de práctica poder hacer limpiamente, pero eso lo hace todavía más satisfactorio, pues al lograr terminarlo tienes la sensación de haber hecho algo que muchos no logran, otros intentan aprender, pero se rinden a mitad y otros nunca llegan a entender. El joven artesano mantiene el pulso firme, un movimiento calmado y uniforme,  algo que perfeccionó con el tiempo y que aprendió era la mejor forma de quitarle la piel a un animal de forma aprovechable y con el menor riesgo de dañarla.

Poco a poco el cuchillo va separando la piel de la carne, un sonido seco del rasgar del filo del cuchillo contra la piel y el viendo moviendo la arena alrededor del joven son los únicos sonidos presentes, mientras que el desierto parece no tener más vida que el joven contramaestre que está preparándose para cualquier posible imprevisto o problema que pueda surgir, buscando mejorar sus capacidades y su armamento para evitar volver a sufrir lo que ocurrió en Drum contra el francotirador y el tal Betrug, pero sobre todo, quiere poder proteger a todos los inocentes que pueda, no quiere volver a vivir lo que le pasó el Little Garden con Flora y en Drum con ese granjero, víctima de un asesino despiadado. El joven termina con la primera criatura y pasa automáticamente a la segunda, repitiendo el mismo proceso, exactamente de la misma manera, sin cambiar nada. El joven empieza a tararear una melodía mientras trabaja, manteniéndose despierto y luchando contra el calor, haciendo pausas frecuentes para hidratarse pero sin abusar, hay que racionar bien el agua por si acaso se prolonga el trabajo de recolecta. Una vez tiene ambas pieles consigo, el joven las coloca en la carreta y al echar un vistazo alrededor una enorme sonrisa se forma en su rostro, pues al hacerlo se percata de que sin quererlo se dirigió al lugar donde está precisamente el tipo de madera que busca, por lo que empieza a recolectar toda la madera que puede llegar a necesitar, con calma y paciencia, pues de dejar que la alegría y la emoción controlen sus movimientos se agotará antes de poder terminar de cargar la madera en el carro.

El joven arquero recolecta maderas de todos tamaños, formas, pero sobre todo, de buena calidad y en muy buen estado, siendo que es lo más importante para lo que pretende lograr. Los movimientos del joven son fluidos, sin pausas ni prisa, tampoco hay movimientos innecesarios y como siempre, hay un cuidado extremo. Al contrario que con los demás materiales, el joven va colocando la madera en la carreta a medida que la recoge, es la mejor forma de lidiar con algo de tanto volumen y tamaño, y que no sea una hoja. Lentamente la carreta se va llenando y se puede ver como las ruedas empiezan a hundirse poco a poco, hasta que el joven ve que tiene todo lo necesario por lo que suspira y mientras se rasca tras la cabeza dice

-Creo que ya es hora de ponerme a fabricar sir.-

Tras eso el joven toma la carreta  y se encamina directamente hacia donde está su forja montada, aligerando el paso al conocer ya el camino y saber que es totalmente seguro, aunque mantiene una vigilancia constante del entorno y de la carreta en busca de cualquier señal de peligro o inconveniente. Conforme se aleja escucha el batir de unas alas, seguramente unos buitres se acercan a tomar lo que queda de los animales cazados por Bertram quien lentamente y con cuidado vuelve hasta donde empezó toda la búsqueda, donde está todo el acero. El joven llega relativamente rápido, siendo que como aún hay solo pero está por ponerse decide que es mejor empezar por encender el fuego y mientras va tomando temperatura, preparar lo que no necesita de la forja. El joven coloca la fuente de fuego en cada horno, calculando con precisión lo necesario para cada temperatura específica y mientras el fuego va tomando cuerpo y temperatura, toma las pieles y las corta en las formas y tamaños que necesita para cada objeto, dejando cada parche en una zona. Tras eso toma las hojas y empieza a deshilacharlas con cuidado, usando el cuchillo para empezar y luego avanzando lenta y cuidadosamente con sus diestras manos has formar pequeños hilos, lo bastante gruesos para ser resistentes, pero lo bastante finos para poder ser mezclados con cuidado y formar el tipo de cuerda que necesita para su arco.

Poco a poco el joven va formando una larga cuerda, lo bastante fina para funcionar como cuerda de arco sin molestar al disparar, de hecho tiene el grosor idóneo para la forma de disparar del joven marine de pelos rojos, así como para que las flechas reposen con suavidad y firmeza en la cuerda, casi como si estuvieran hechas al mismo tiempo. Una vez termina con la cuerda del arco pasa a una cuerda diferente, de mayor grosor y más centrada en la resistencia que en su capacidad de lanzar flechas, por lo que usa lo que queda de las plantas que recogió para hacer la cuerda y las empieza a entrelazar con calma, cuidado y de manera meticulosa, asegurándose de que cada entrelazado es firme y resistente, pues sus flechas dependen de esa cuerda y cuanto mejor resista la cuerda, más seguras estarán las flechas. El proceso es similar al de la cuerda del arco, pero más sencillo, al no tener que hacerla tan fina puede controlar mejor la forma en la que entrelaza las partes formantes de la cuerda y asegurarse de su firmeza. Una vez termina de asegurar la firmeza de la cuerda empieza a trabajar en la forma del carcaj, tomando el cuero que cortó específicamente para este objeto, y sacando algo que hace mucho aprendió a usar pero que nunca pudo darle utilidad hasta este momento, el recuerdo de cuando le enseñaron a darle forma al cuero usando solo una cuerda sin necesidad de agujas, creando un carcaj con más de un compartimento, concretamente tres diferentes, bastante amplios para poder colocar diferentes tipos de flechas, haciendo que sea más rápido cambiar los tipos de flecha a usar en cada combate, siendo que puede ser lo que defina el cambio entre una victoria y una derrota.

El joven artesano vigila el fuego de los hornos y al ver como ya está listo el horno para el cristal termina la puntada y deja pendiente de terminar de dar los últimos retoques al carcaj para pasar a tomar la arena del entorno, obviamente no cualquiera, sino que usa un pequeño colador que tiene especializado para esta labor, para separar la mayoría de las impurezas, dejando una arena casi totalmente pura, lo cual la hace perfecta para lo que la va a utilizar, colocándola en una bandeja de metal e introduciéndola al horno, para calentar la arena desde todos los lados al mismo tiempo, pero al contrario que con el acero, lo deja en una zona desde la que pueda tener acceso a ello, pues conforme la arena se va solidificando el joven le va dando la forma de lente que necesita, pero no una, sino varias lentes, hechas para incrementar la precisión y permitir que se observe con mayor facilidad objetos lejanos. El joven vigila con tremendo cuidado que la forma de cada lente sea la adecuada, que no haya grietas ni impurezas en cada una de ellas, y que sean del tamaño adecuado para añadirlo a una mira que acoplará a su arco una vez esté terminado.

Poco a poco los cristales van tomando forma y terminando de adecuarse a lo que necesita, y conforme eso va pasando el joven los va estudiando para encontrar el momento adecuado para sacarlos, o más bien para apagar el fuego y dejarlos enfriar dentro del horno para evitar rotura por choque térmico, siendo que no tarda mucho en pasar eso, justo a la vez que la temperatura empieza a bajar afuera. Mientras el cristal se enfría con cuidado dentro del horno, bajando su temperatura simultáneamente con el horno, el joven termina de hacer el carcaj, estando completamente satisfecho con el resultado. Bertram estira los músculos, tanto de brazos como de espalda, y empieza a darle forma al arco, usando el cuchillo para talar la madera que consiguió específicamente para ello, al mismo tiempo que con una fuerza controlada lo va doblando y flexionando para comprobar como se comporta ante ese tipo de esfuerzos, estando contento pues logró hacerse con las maderas que quería, todas las diferentes que buscaba. Una vez tiene terminado el arco, o al menos la parte de agarre, toma la cuerda y la enreda poco a poco en uno de los extremos y la empieza a tirar y tensar hasta llevarla hasta el otro extremo y enredarla, o más bien atarla dejando el arco ya casi completo, siendo que toma los parches de cuero separados para el arco y los empieza a unir al mismo, en la zona adecuada para hacer que el agarre sea firme y evitar que se resbale en momentos de tensión, algo extremadamente importante para un arquero.

Revisa el arco, y lo deja listo para terminar de darle los retoques una vez termine con todo lo demás, fijándose en que el horno del acero está ya listo, siendo que ahora va a formar las mismas puntas de flecha que en Little Garden, solo que con unos moldes algo más concentrados y una punta bastante mejor pulida y afilada, facilitando el mejorar el daño causado por las flechas y propiciar más hemorragias. El joven toma el acero que va a necesitar y lo separa en tres partes, uno para cada grupo de flechas y otro para la mira, pues la estructura de la misma va a estar formada de acero en lugar de madera. El joven arquero no se queda quieto mientras el acero se va fundiendo, empieza a preparar los cuerpos de las flechas, talando la madera que consiguió para tal propósito, dejando todos bien pulidos y listos para unir a las puntas de las flechas, algo que será el final del proceso junto al pulido de las flechas y añadir las colas, para lo cual aún conserva plumas. El joven termina relativamente rápido con la preparación de los cuerpos de las flechas, por lo que toma el arco que aún no había terminado de dar los últimos retoques y lo coloca con cuidado en el banco de trabajo, dándole una mano de pintura oscura a todo el arco, pasando con cuidado cada pincelada y cubriendo cada rincón, aprovechando para preparar ya el hueco para la mira y evitando que la pintura afecte la cuerda, siendo que eso sería algo terrible pues la cuerda no está hecha para aguantar ese tipo de sustancias.

Tras la pintura lo deja secar un momento, colocando una barrera por encima para que la arena no lo estropee mientras regresa al horno, viendo como el metal ya se ha fundido empieza por la mira, vertiendo el metal en un molde hecho de forma especial para tomar la forma adecuada, controlando la velocidad con la que rellena el molde y vigilando de no pasarse, hasta que logra cubrir todo el espacio requerido del molde, llevándolo al barril de aceite de enfriado, donde hunde el molde, usando las tenazas para ello, y escuchando el sonido del metal al enfriarse de esa manera y observando el humo elevarse antes de retirar la pieza y separar el molde, viendo que está ya listo para terminar de montar las lentes y tener la mira terminada. El joven artesano abre el horno del cristal, ya a temperatura lo bastante baja para que no haya peligro, y lo abre, sacando las lentes que fabricó antes y las dispone dentro de la mira en el orden y la posición adecuados para lo que pretende lograr, para luego con un último ajuste terminar de dejar la mira completamente sellada y bien estructurada, depositándola en el banco de trabajo para luego llevarlo junto al arco al barco.

Una vez terminada la mira y viendo como el arco ya está listo, el joven se vuelve hacia el resto del acero y se dispone a terminar de una vez por todas la fabricación de las flechas. El joven deposita ambos moldes en el banco de trabajo, uno al lado del otro, pero esta vez al contrario que la última, quiere agilizar el trabajo y en lugar de hacer las flechas una a una, toma un molde por cada flecha que va a fabricar de cada tipo, y los dispone en fila, tomando el acero que va a usar para una de las flechas con las tenazas y los cuerpos de las flechas con su otra mano. Camina con calma hasta los moldes y empieza a verter el acero en el primer molde con calma y cuidado, controlando que no desborde pero no se vierta de manera insuficiente, además de controlar que se llene de manera uniforme el molde, antes de pasar al siguiente molde y repetir el mismo proceso, con calma, cuidado y atención a todos los detalles. Finalmente pasa al tercer molde de esa tanda de flechas, dejando lo que queda de acero fundido en el mismo antes de regresar al primero y colocar el cuerpo de la flecha bien tallado en el molde, hundiéndolo la distancia justa para que la unión sea firme y estable, pero no demasiado para perder distancia y reducir la posibilidad de tensar más el arco y ganar fuerza. Mantiene la misma velocidad de trabajo que antes, cuidadosa pero continua, moviéndose al siguiente molde y repitiendo el mismo proceso que la flecha anterior y haciendo exactamente lo mismo en el siguiente molde. Finalmente termina esas tres flechas, por lo que toma los moldes uno a uno y los lleva al aceite de forjado para enfriar el acero con la forma del molde y el cuerpo de la flecha incrustado, de forma que ahora todo es lo mismo.

Una vez terminado con esas flechas el joven pasa al siguiente, repitiendo exactamente la misma forma de proceder, solo que reduciendo un poco más la velocidad de trabajo, yendo con algo más de calma, lo bastante para que se asiente mejor el acero y tenga una diferencia con las flechas anteriores, pero no lo bastante para que no pueda terminar de colocar los cuerpos de las flechas en el metal fundido y luego enfriarlos para formar las flechas que desea usar. El calor del horno es mucho peor que el que sufrió durante el día con el sol, pero al ser de noche el joven pudo quitarse la ropa y al contrario que con el sol le bastaba con alejarse del horno para refrescarse y tomar algo de agua con calma, mientras se seca el sudor de la frente y observa el trabajo bien hecho y satisfactorio que es forjar sus propias municiones y su propio equipamiento, sintiendo algo similar cuando hizo la espada y los guantes de Kibai. El joven camina con cuidado entre molde y molde, asegurándose de que todo esté en perfecto estado durante la producción y que ninguna esté más adelantada o peor forjada. Una vez es el momento de enfriarlas, el joven sigue el mismo proceso que con las otras flechas, hunde una a una las flechas aún dentro del molde para que mantengan la forma, y una vez lo termina separa el molde, que ha hecho de forma específica para que pueda separarse fácilmente tras la forja, siendo su proceso habitual de fabricación de flechas encontró una manera de reutilizar los moldes sin comprometer su estabilidad.

El joven toma las flechas con cuidado en sus manos, puliendo las cabezas con cuidado, dando un repaso al cuerpo y añadiendo distintas plumas a cada una de las flechas para distinguirlas rápidamente, aunque teniendo en cuenta la forma de su carcaj, basta con memorizar en qué compartimento va cada flecha y listo. Una vez terminado de pulir, colocar las plumas y demás el joven revisa las aristas y afila las que se hayan quedado algo romas, aunque son pocas y a consecuencia del pulido, pero una vez termina con eso toca la parte más engorrosa del trabajo, recogerlo todo y regresar al barco. Pese a que lo ve como algo engorroso y aburrido, es una persona responsable y lo hace por varios motivos, aunque principalmente por no tener que reponer todo el material que perdería de no abandonarlo cada vez que lo monte siendo un gasto tremendo de esfuerzo y tiempo, y por no contaminar ni llenar de basura u objetos molestos e innecesarios el entorno donde viven otros, tanto humanos como animales, buscando tener el menor impacto negativo posible en las islas por las que pasa. El joven lo va recogiendo todo y aprovecha la carreta para ir colocando los bancos, las herramientas y demás, tras colgarse su nuevo arco al hombro, terminar el carcaj haciéndolo algo diferente y colocándolo en horizontal a la altura de sus lumbares en lugar de en la espalda sobresaliendo por arriba y las flechas en sus respectivos compartimentos, manteniendo las herramientas y los moldes en una especie de macuto que tiene específicamente para eso, teniendo un cuidado tremendo con sus cosas.

Una vez termina de recogerlo todo, el joven carga el barril con el aceite, ya cerrado, y comprueba con total detenimiento que no se deja absolutamente nada antes de encaminarse hacia su barco a descansar.

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RE: Fabricacion en el desierto[Fic de recolección y fabricación] P:R - por Bertram Gaufrid - 29-06-2026, 02:41 PM

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