29-06-2026, 09:33 PM
(Última modificación: 29-06-2026, 09:33 PM por Akira Raito.)
Mantenía la respiración, intentando regular el flujo de aire en mis pulmones mientras sostenía el peso medio muerto de Valerie, pero al escuchar la voz quebrada de Masami y notar como su expresión se volvía algo dura para después suavizarse, me calmé por una fracción de segundo. Y mis ojos que momentos antes brillaban por culpa de las lágrimas, ahora miraban a Masami con una mezcla entre seguridad y decisión que me hizo asentir lentamente.
Le pasé el cuerpo inerte y destrozado de la cazadora, con cuidado de no perjudicar más las heridas que se había llevado al arrastrarla selva a través—. De acuerdo, llévala con Sigrid —y le pasé el cuerpo—. Asegúrate de que no se muera, necesitamos información… Sigrid será capaz de hacer que espabile, estoy convencido de ello, porque si es por mi… Que no he tenido ningún cuidado… —y sonreí esperanzado de la posibilidad de poder salvar a algún pequeño osito.
Escuchar a Masami llamarme Aki-chan y honey hacía que sintiera que no todo estaba perdido del todo—. No fallamos, salvaremos a todos los que podamos —sentencié mientras giraba sobre mis talones, y con un gesto con la mano y dándole la espalda a mi compañera, echaba de nuevo a correr, con la vista puesta en los cazadores que por momentos se acercaban a nuestra posición intentando rodearnos.
Masami tomó camino en dirección contraria impulsándose con sus alas y con la tipeja al hombro, y mientras, los cazadores de Kiloc volvieron a aparecer delante de mis narices. Venían gritando, envalentonados por una falsa creencia de poder acorralar a su presa, pero esta vez, sin tener que proteger a los oseznos ni preocuparme por un enemigo uno vs uno, yo era el rey del tablero… Y ellos simplemente eran peones que su rey había sacrificado para alargar el jaque.
—La selva se va a alimentar hasta vuestro último suspiro —sentencié, y desaparecí con un estallido que rompía la barrera del sonido, y en menos de un segundo, y rebotando a zancadas sobre las cabezas de todos ellos, regresé al campamento.
Y con nuevos saltos y patadas, derribe a los caazadores, que cayeron al barro antes de poder apuntarme con sus armas. Y con una serie de golpes decisivos con mis manos en las nucas y costillas de los que intentaban levantarse, los dejé inconscientes y retorciéndose de dolor en el suelo—. Camino despejado, Masami… Voy a por los ositos… —susurré, y me volví a lanzar entre las ramas, saltando entre ellas y balanceándome entre las lianas, exprimiendo mi cuerpo al máximo para regresar al campamento lo más rápido posible.
Una vez allí, el calor era abrasador y las llamas devoraban rápidamente la madera de las jaulas y las tiendas y el sonido del fuego anulaba cualquier otro ruido, pero mis oídos, afinados por el combate, pudieron diferenciar unos quejidos agudo y de sufrimiento, y allí, caminando entre escombros y llamas y tosiendo por el humo, pude diferenciar los cuerpos de los ositos que Kiloc había intentado matar a medias con su mala puntería.
Pude diferenciar la cabeza de mamá osa, separada de su cuerpo, pero ahora mismo no había tiempo para más rabia, así que me acerque de una de las tiendas principales que se estaba derrumbando, y encontré la fuente de los chillidos: eran los cachorros de oso. Estaban acorralados contra una reja de hierro ardiendo, asustados por las llamas y llorando por los disparos, con heridas superficiales por los tiros desviados del asqueroso líder de los traficantes.
—Tranquilos, puedo cargaros a todos, os dejo que me arañéis si me dejáis que os saque de aquí —y cargando como pude a los ositos, tuve que alejarme nuevamente lo más rápido que mis piernas me permitían, las llamas ya me comían las botas y el calor me secaba la garganta y me dificultaba respirar, pero debía salir de allí y llevarme los osos al barco. Quizá también Sigrid sabía de veterinaria… Y sino, por lo menos que no se los comieran las llamas.
Embadurne los cuerpos de los animales con más barro para cortar las posibles llamas y envolví a los cachorros con las telas que todavía no se habían llegado a quemar, protegiéndolos del humo y las chispas, y los cargué en mi brazos como si fueran los tesoros más valiosos del mundo.
Segundos después, la estructura de la tienda se derrumbó a mis espaldas justo cuando daba un salto hacia adelante, saliendo del campamento en llamas y adentrándome en la selva, no sin antes pasar por las ramas en las que se encontraban los den den para que tampoco se perdieran en las llamas.
La escena era horrible, el olor a pelo chamuscado y sangre seguía allí, pero el latido acelerado de los pequeños corazones de los animales contra mi pecho me confirmó que podía sacarlos de allí con vida. Y entonces corrí, corrí de nuevo hacia la costa, dejando atrás el fuego y a los cazadores, listo para reunirme con mi tripulación.
Le pasé el cuerpo inerte y destrozado de la cazadora, con cuidado de no perjudicar más las heridas que se había llevado al arrastrarla selva a través—. De acuerdo, llévala con Sigrid —y le pasé el cuerpo—. Asegúrate de que no se muera, necesitamos información… Sigrid será capaz de hacer que espabile, estoy convencido de ello, porque si es por mi… Que no he tenido ningún cuidado… —y sonreí esperanzado de la posibilidad de poder salvar a algún pequeño osito.
Escuchar a Masami llamarme Aki-chan y honey hacía que sintiera que no todo estaba perdido del todo—. No fallamos, salvaremos a todos los que podamos —sentencié mientras giraba sobre mis talones, y con un gesto con la mano y dándole la espalda a mi compañera, echaba de nuevo a correr, con la vista puesta en los cazadores que por momentos se acercaban a nuestra posición intentando rodearnos.
Masami tomó camino en dirección contraria impulsándose con sus alas y con la tipeja al hombro, y mientras, los cazadores de Kiloc volvieron a aparecer delante de mis narices. Venían gritando, envalentonados por una falsa creencia de poder acorralar a su presa, pero esta vez, sin tener que proteger a los oseznos ni preocuparme por un enemigo uno vs uno, yo era el rey del tablero… Y ellos simplemente eran peones que su rey había sacrificado para alargar el jaque.
—La selva se va a alimentar hasta vuestro último suspiro —sentencié, y desaparecí con un estallido que rompía la barrera del sonido, y en menos de un segundo, y rebotando a zancadas sobre las cabezas de todos ellos, regresé al campamento.
Y con nuevos saltos y patadas, derribe a los caazadores, que cayeron al barro antes de poder apuntarme con sus armas. Y con una serie de golpes decisivos con mis manos en las nucas y costillas de los que intentaban levantarse, los dejé inconscientes y retorciéndose de dolor en el suelo—. Camino despejado, Masami… Voy a por los ositos… —susurré, y me volví a lanzar entre las ramas, saltando entre ellas y balanceándome entre las lianas, exprimiendo mi cuerpo al máximo para regresar al campamento lo más rápido posible.
Una vez allí, el calor era abrasador y las llamas devoraban rápidamente la madera de las jaulas y las tiendas y el sonido del fuego anulaba cualquier otro ruido, pero mis oídos, afinados por el combate, pudieron diferenciar unos quejidos agudo y de sufrimiento, y allí, caminando entre escombros y llamas y tosiendo por el humo, pude diferenciar los cuerpos de los ositos que Kiloc había intentado matar a medias con su mala puntería.
Pude diferenciar la cabeza de mamá osa, separada de su cuerpo, pero ahora mismo no había tiempo para más rabia, así que me acerque de una de las tiendas principales que se estaba derrumbando, y encontré la fuente de los chillidos: eran los cachorros de oso. Estaban acorralados contra una reja de hierro ardiendo, asustados por las llamas y llorando por los disparos, con heridas superficiales por los tiros desviados del asqueroso líder de los traficantes.
—Tranquilos, puedo cargaros a todos, os dejo que me arañéis si me dejáis que os saque de aquí —y cargando como pude a los ositos, tuve que alejarme nuevamente lo más rápido que mis piernas me permitían, las llamas ya me comían las botas y el calor me secaba la garganta y me dificultaba respirar, pero debía salir de allí y llevarme los osos al barco. Quizá también Sigrid sabía de veterinaria… Y sino, por lo menos que no se los comieran las llamas.
Embadurne los cuerpos de los animales con más barro para cortar las posibles llamas y envolví a los cachorros con las telas que todavía no se habían llegado a quemar, protegiéndolos del humo y las chispas, y los cargué en mi brazos como si fueran los tesoros más valiosos del mundo.
Segundos después, la estructura de la tienda se derrumbó a mis espaldas justo cuando daba un salto hacia adelante, saliendo del campamento en llamas y adentrándome en la selva, no sin antes pasar por las ramas en las que se encontraban los den den para que tampoco se perdieran en las llamas.
La escena era horrible, el olor a pelo chamuscado y sangre seguía allí, pero el latido acelerado de los pequeños corazones de los animales contra mi pecho me confirmó que podía sacarlos de allí con vida. Y entonces corrí, corrí de nuevo hacia la costa, dejando atrás el fuego y a los cazadores, listo para reunirme con mi tripulación.
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