30-06-2026, 05:39 PM
Terminó de cargar por completo su peso en el contrario, cerrando los ojos cuando su cabeza se acomodó encima de su pecho, dejánddose guiar por el rubio. Podía escuchar los latidos de su corazón, el agradecimiento silencioso, la compañía del hombre lo reconfortaba, su cercanía, su olor. Sus ojos se cerraron en la comodidad de sus brazos, agradecido de haberlo conocido, en absoluto silencio. En su mente, cada vez se iba convenciendo más; tenía que llegar lejos, tenía que seguir escalando, por encima de Raigo, por encima de... cualquiera. Todo lo haría por la persona que tenía entre sus brazos. Lo rodeó, abrazándolo con más fuerza desde la cintura, disfrutando del tacto en su mejilla.
Abrió nuevamente sus ojos y elevó su cabeza una vez la mano se apartó de su mejilla, buscando desde esa posición el rostro del hombre. Su respuesta, pese a sus propias inseguridades atacándolo, y lo transcurrido con Raigo, lo calmó lentamente. Sonrió, ahora sí, elevando ligeramente su cuerpo, colocando ambos brazos a los lados del rostro del rubio, acercando sus labios, hablando cerca de estos, con la mirada fija en los ojos ajenos.
Mejor que cualquier logro, mejor que cualquier pasado que hubiera querido encontrar, o cualquier futuro que hubiera logrado a solas. Ahora tenía a alguien. Le brindó un beso en los labios, suave, corto, pero intenso. Se separó solo cuando vio que el contrario buscaba espacio, mismo que le dejó, sin que tuviera que forcejear demasiado. Fingió, en esta segunda ocasión, algo más de demencia. No sabía qué era, pero algo no encajaba, y no solo era que no le respondiera a lo último que mencionó... Pero ciertamente desde el encuentro con ese condenado su cercanía parecía ser una montaña rusa. No encontraba el mejor momento para hacerle preguntas directas, temiendo que, en caso de haber una discusión y se fuera, volviera a ocurrir algo como la vez que habló de su ex.
Se sentó, viendo cómo se levantaba hacia la cocina. —Deberías sentarte, puedo intentar hacerlo yo. Además, creo que ni terminamos de desayunar del todo. — Pero el hombre se adelantó.
Lo vio alejarse, desnudo. Quizás solo necesitara un poco de espacio... Estar pegado a él todo el tiempo dudaba que fuera del todo buena idea. Descendió la mirada, frotando sus ojos, pensativo. ¿Qué podía hacer? Tenía miedo a preguntar, y ya le había dejado claro que no quería escuchar hablar de Raigo. Él tampoco estaba con esas ganas, ni de discutir algo que posiblemente fuera un sinsentido.
Se puso en pie, sin percatarse de lo que el rubio hacía en la cocina con el cuchillo, y de uno de los muebles, abrió un cajón, de donde retiró un paquete entero de tabaco, en conjunto a su cajetilla de metal, casi vacía, alineando los cigarrillos en orden, con las piernas cruzadas, en una búsqueda de entretener esos pensamientos que lo golpeaban de tantas inseguridades, pero las preguntas volvieron a golpearlo.
Habló para sí mismo, en voz baja, de modo que nadie más que él podía escucharse. Harto y ya habiendo terminado, cerró la cajilla de metal y se acomodó los pantalones, tomando uno de sus yukatas del armario, limpios, que puso sobre su antebrazo, a la vez que la cajita de metal lo acomodaba en su bolsillo con un mechero, caminando entonces hasta la cocina.
Una vez allí, contempló, desde la distancia, el cabello largo del rubio, desde sus espaldas, apoyando su hombro contra el marco de la puerta, en silencio. Quiso ver qué hacía, cómo se movía... Parecía dispuesto a cocinar, pero ahora se preguntó qué tipo de expresión estaría teniendo en su rostro. Cerró los ojos unos segundos antes de separar su hombro. Sus pasos, sigilosos como el experto que era en la infiltración, ahora procuró que hicieran algo de ruido, no exagerado, sino lo suficiente para que se percatara de su presencia y no tomarlo desprevenido. Por último, acomodó el yukata sobre los hombros del rubio.
Su voz sonó suave, agradable, mientras conversaba con él, incluso divertido, fingiendo que todo iba bien. Quizás así podría ayudarlo a relajarse... Aunque solo fuera un poco.
Abrió nuevamente sus ojos y elevó su cabeza una vez la mano se apartó de su mejilla, buscando desde esa posición el rostro del hombre. Su respuesta, pese a sus propias inseguridades atacándolo, y lo transcurrido con Raigo, lo calmó lentamente. Sonrió, ahora sí, elevando ligeramente su cuerpo, colocando ambos brazos a los lados del rostro del rubio, acercando sus labios, hablando cerca de estos, con la mirada fija en los ojos ajenos.

—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida... Te lo garantizo.
Mejor que cualquier logro, mejor que cualquier pasado que hubiera querido encontrar, o cualquier futuro que hubiera logrado a solas. Ahora tenía a alguien. Le brindó un beso en los labios, suave, corto, pero intenso. Se separó solo cuando vio que el contrario buscaba espacio, mismo que le dejó, sin que tuviera que forcejear demasiado. Fingió, en esta segunda ocasión, algo más de demencia. No sabía qué era, pero algo no encajaba, y no solo era que no le respondiera a lo último que mencionó... Pero ciertamente desde el encuentro con ese condenado su cercanía parecía ser una montaña rusa. No encontraba el mejor momento para hacerle preguntas directas, temiendo que, en caso de haber una discusión y se fuera, volviera a ocurrir algo como la vez que habló de su ex.
Se sentó, viendo cómo se levantaba hacia la cocina. —Deberías sentarte, puedo intentar hacerlo yo. Además, creo que ni terminamos de desayunar del todo. — Pero el hombre se adelantó.
Sin duda había algo...
Lo vio alejarse, desnudo. Quizás solo necesitara un poco de espacio... Estar pegado a él todo el tiempo dudaba que fuera del todo buena idea. Descendió la mirada, frotando sus ojos, pensativo. ¿Qué podía hacer? Tenía miedo a preguntar, y ya le había dejado claro que no quería escuchar hablar de Raigo. Él tampoco estaba con esas ganas, ni de discutir algo que posiblemente fuera un sinsentido.
Se puso en pie, sin percatarse de lo que el rubio hacía en la cocina con el cuchillo, y de uno de los muebles, abrió un cajón, de donde retiró un paquete entero de tabaco, en conjunto a su cajetilla de metal, casi vacía, alineando los cigarrillos en orden, con las piernas cruzadas, en una búsqueda de entretener esos pensamientos que lo golpeaban de tantas inseguridades, pero las preguntas volvieron a golpearlo.

—¿Por qué no me hablas de lo que te preocupa...?
Habló para sí mismo, en voz baja, de modo que nadie más que él podía escucharse. Harto y ya habiendo terminado, cerró la cajilla de metal y se acomodó los pantalones, tomando uno de sus yukatas del armario, limpios, que puso sobre su antebrazo, a la vez que la cajita de metal lo acomodaba en su bolsillo con un mechero, caminando entonces hasta la cocina.
Una vez allí, contempló, desde la distancia, el cabello largo del rubio, desde sus espaldas, apoyando su hombro contra el marco de la puerta, en silencio. Quiso ver qué hacía, cómo se movía... Parecía dispuesto a cocinar, pero ahora se preguntó qué tipo de expresión estaría teniendo en su rostro. Cerró los ojos unos segundos antes de separar su hombro. Sus pasos, sigilosos como el experto que era en la infiltración, ahora procuró que hicieran algo de ruido, no exagerado, sino lo suficiente para que se percatara de su presencia y no tomarlo desprevenido. Por último, acomodó el yukata sobre los hombros del rubio.

—Si no te abrigas, podrías enfermar. Me encanta verte así, pero si estás cocinando no quiero... bueno, “interrumpirte”.
Su voz sonó suave, agradable, mientras conversaba con él, incluso divertido, fingiendo que todo iba bien. Quizás así podría ayudarlo a relajarse... Aunque solo fuera un poco.
![[Imagen: bTjgVIr.png]](https://i.imgur.com/bTjgVIr.png)
