[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano
#2
Calma. En lo alto del castillo de popa del Royal Quiver, Stroud Nanashi permanecía detrás del timón, recto, empapado e impasible, su mano derecha asiéndose con firmeza a uno de los rayos del mismo. Iba ataviado con sus mejores galas, completamente de uniforme, de punta en blanco. Su mano izquierda sujetaba su pipa, Saltfin, mientras el comandante exhalaba humo pausadamente a través de su nariz. Las volutas de este no se deshacían instantáneamente en la brisa, como ocurría en los días de más viento, sino que se iban acumulando frente a su rostro y se iban deshaciendo, como hilos deshilachados, a medida que las atravesaban las abundantes gotas de lluvia que se precipitaban sobre los allí presentes. Los ojos grises del Marine observaban, en completo silencio y casi sin parpadear, absortos, las nubes aún más grises que se arremolinaban en la cima de los mismos cielos. La continua cortina de agua los empapaba a todos segundo a segundo, minuto a minuto, pegando sus mechones de pelo rubio a su frente y doblando el cuello de su camisa, que colapsaba hacia abajo, incapaz de mantenerse firme por el peso del agua.




A su izquierda reposaba un pequeño barril, que empleaba como mesita auxiliar, y sobre el cual reposaban las cartas náuticas que había empleado para triangular aquel lugar y, más importante, el último periódico, en el que Zarutsuki informaba del evento que los había atraído hasta allí. Las letras, sin embargo, apenas eran ya legibles, con la mayor parte de la tinta deshaciéndose sobre el papel barato y empapado. El agua cubría también las velas de la destartalada goleta, debidamente plegadas y recogidas desde hacía un buen rato, que ya no podía ocultar su antigüedad pese a sus más recientes manos de pintura y sus constantes cuidados, pero que, sin embargo, allí estaba. El Royal Quiver crujía bajo sus botas enceradas con la queja y los chirridos constantes a los que lo tenía acostumbrado, en el que cada tablón, cabo, mástil y clavo del barco parecía protestar ante la espera, sacudidos por el oleaje que golpeaba el casco, mientras el agua bajo la quilla se hinchaba y hundía en cadencia irregular.

Pasara lo que pasara, Stroud no se inmutaba ni se movía, pegado como con pegamento al timón, salvo para llevar su pipa hacia sus labios de cuando en cuando. Su respiración era inaudible, y su pecho apenas se levantaba cuando respiraba, en un estado de sosiego aparente casi completo. Sus ojos, sin embargo, estaban clavados en los regios cumulonimbos que descargaban el diluvio contra él y su División, como si no estuviera dispuesto a que se moviesen un centímetro sin su aprobación, como un cazador que observaba a su presa, por absurdo que resultase. El comandante esperaba con paciencia, como si estuviese a la espera de que hiciesen algo, de que echasen a correr en cualquier momento. Cualquiera que lo hubiese visto hubiera pensado que estaba vigilando a alguna clase de animal, listo para lanzarse hacia él.

Stroud aspiró con calma. Tampoco parecía prestar ni la más mínima atención ya a lo barcos que, progresivamente pero casi todos a la vez, se habían ido acumulando en torno a aquel punto en particular, en el que todos parecían coincidir que aparecería lo que habían esperado, la gran oportunidad. El extremo de la pipa ardió con un brillo breve, casi imposible bajo la intensa lluvia, como una minúscula luciérnaga roja iluminándose progresivamente, hasta que Stroud exhaló, y el humo se mezcló con el húmedo aire que lo rodeaba a medida que el brillo se apagaba de nuevo. Y, entonces, notó algo. La madera del timón vibró sutilmente; instantes después, un extraño sonido comenzó a bajar desde los mismos cielos, desde, aparentemente, aquellas nubes que contemplaba. Era alguna clase de melodía, o eso hubiera pensado el comandante si no hubiera dado por hecho que, simplemente, debía de estar perdiendo la cabeza. Aquello fue, sin embargo, como el pistoletazo de salida que lo sacó abruptamente de su ensimismamiento, y los ojos del joven volvieron a descender hasta la propia cubierta de su barco, observando el timón, y luego a sus hombres. Las mismas aguas habían empezado a curvarse en torno a la goleta, y el barco comenzó a crujir con pesadez.

"¡Asegurad cabos!," exclamó con su voz pétrea y monótona, intentando hacerse oír, pero acompañando sus palabras de su propia gestualidad, señalando con la mano con la que sujetaba su pipa, empleando la caña de Saltfin como un índice para apuntar, mientras la pequeña orca de madera continuaba humeando bajo la lluvia, dejando una pequeña estela gris tras de sí. El agua bajo el barco había comenzado a borbotear, como si hubiese comenzado a hervir de improviso. Sabía que era la señal. Tenía que serlo. Y, si no lo era, se irían al abismo. "¡Desplegad velas!," continuó, haciendo un ademán hacia Kibai y sabiendo que el leopardo entendería perfectamente, a estas alturas, lo que tocaba. Pese al abrumador y ensordecedor retumbar de aquella bizarra melodía celestial, que parecía opacar todo lo demás, no había urgencia, miedo o sombra de inquietud en la voz de Stroud. "Y no miréis abajo," concluyó, colocándose la pipa entre los dientes y pasando a sujetar el timón con fuerza con ambas manos, a medida que el barco empezaba a desplazarse. Algunas poleas golpearon contra el mástil, y Stroud notó cómo algunos barriles rodaban bajo sus pies, en la bodega. El viento, hasta entonces disperso, pareció comenzar a arreciar, aunque tal vez fuese simplemente por la abrumadora sensación de movimiento. Las velas, blancas y empapadas, se inflaron, chorreando agua sobre la cubierta y portando el orgulloso emblema de la División 60.

Stroud permaneció inmóvil, clavado al timón como si su vida dependiese de ello —y, en efecto, algo de razón tenía al pensarlo—, mientras el mar rugía frente al navío. Acompañada por un monstruoso bramido, como si el océano mismo hubiese explotado, una colosal columna de agua se levantó con indescriptible violencia de entre las olas, ascendiendo hasta las mismas nubes. Desde la quilla hasta el palo mayor, todo el barco pareció estremecerse. Stroud apretó los dientes sobre la madera de la pipa, mientras una gota resbalaba desde su flequillo hasta la punta de su nariz, sosteniéndose allí por algunos instantes, mientras contemplaba la Knock Up Stream.

El timón se sacudió con furia entre sus manos, mientras el barco parecía precipitarse hacia aquel titánico muro de agua y todo cuanto había a su alrededor era engullido por el ascenso, en un remolino de lluvia, espuma y viento. La mente del Marine estaba en blanco. Fuera lo que fuera lo que les esperase, ya no había marcha atrás posible. La popa comenzó a inclinarse, y después la popa, y después el costado, a medida que, a trancas y a barrancas, el Royal Quiver comenzaba su ascenso por aquella corriente como si de una continuación del mar se tratase, entrando en una posición vertical. Un barril salió despedido hacia babor, golpeó una de las barandas, rebotó y desapareció por encima de la borda, desvaneciéndose tras la pared de espuma. El timón giró con brusquedad homicida, incrustando astillas sobre los dedos del comandante, como si intentara romperle la muñeca o lanzarlo contra la baranda del castillo. Stroud apretó la mano derecha, clavando sus talones en la madera empapada, y dejó que la fuerza de la corriente lo atravesase, sin moverse del sitio, como si intentase domar un gran monstruo marino. Aspiró una última vez de su pipa, y la brasa ardió como un punto rojo, minúsculo y terco, resistiendo en medio del diluvio vertical, antes de que el humo que exhaló fuese arrancado de sus labios y se estirase en una línea pálida que se perdió hacia la popa inmediatamente.

"¡Aguantad!," exclamó inaudiblemente el comandante —y resultó difícil saber si lo decía por los demás o por sí mismo—, sus ojos grises fijos sobre la proa del barco pese al torrente de agua que los azotaba por todas partes, mientras el barco continuaba acelerando en aquella verticalidad absurda y parecía encaminarse hacia los cielos. La Knock Up Stream empujó el Royal Quiver con furia crecientemente compacta y dirigida, mientras el agua cesaba de golpear el casco y pasaba a sostenerlo y la espuma se colaba entre los tablones y los imbornales, entre los crujidos de la goleta. Cada reparación mal disimulada, cada tablón sustituido y cada cicatriz sobre el casco parecían lamentarse al mismo tiempo. El cielo se oscurecía frente a ellos, a medida que se aproximaban a aquel mar de nubes negras, casi en total penumbra. El uniforme de Stroud se pegaba a su cuerpo, y su cabello rubio se aplastaba contra su frente, mientras el agua lo empapaba y lo hacía chorrear hacia la popa, pero el Marine permanecía, a duras penas, firme tras el timón. Sin embargo, nada de ello resultaba ya casi audible, a medida que aquella melodía que provenía de las alturas lo superaba todo. Stroud estuvo seguro entonces: había perdido la cabeza.

Calma.



Off


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