02-07-2026, 02:26 PM
Cuando sentí que me agarraba el pectoral con esa confianza, mi cerebro se reinició por completo, miré su mano ahí pegada amasando como si fuera lo más normal del mundo. ¿Era acaso yo la vaca a la que ordeñar? O eso o amasando pan, una de dos. Era lo que venía buscando la chica, ¿no? Pan y leche. Tras eso la miré de vuelta, esperando ver aunque sea una pizca de vergüenza… Pero nada, cero, y entonces solté una carcajada que se pudo escuchar a lo largo de toda la calle, echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos con lágrimas.
—¡Oye, quieta, qué haces! —dije bajando la mirada hacia Kagura mientras me quitaba las lágrimas de los ojos y le sonreía. Sin duda aquello me había hecho cosquitllas—. ”Señor tetón…” ¡Madre mía, eres una sinvergüenza! Y encima me vienes con el cuento de qué tienes miedo… Claro, ella, súper asustada, ¡pero bien que aprovechas para meter mano! ¡El que tiene que tener miedo aquí soy yo, tchakikikikiyah! —me volví a reír a carcajada limpia, si es que el que había sido asaltado en plena vía pública había sido yo, ¿cómo que tenía miedo?
Coloqué mi mano sobre la suya para lentamente apartarla de mi pecho mientras seguía intentando que se me fuera aquella risa nerviosa y la guié para que se agarrada de mi brazo y sintiera el enorme bíceps que me marcaba—. Si quieres sujetarte de algo, mejor de aquí, fíjate —le dije mientras hacía fuerza y lo apretaba para hincharlo.
—Te acompaño a tu casa, no puedo dejar que vayas por ahí agarrándole del pechito a la gente, debo proteger a este pueblo de tus instintos salvajes —afirme cerrando los ojos con una sonrisa mientras hacía un gesto de “sí” con la cabeza, moviéndola hacia arriba y hacia abajo, al tiempo que levantaba mi otro brazo con el dedo índice estirado hacia arriba, con un gesto de anotación aportando un facto. Y tras eso marque un paso lento para que no se tropezara con el abrigo si echamos a andar. El frío se pegaba pero con el cuerpo al descubierto, el toqueteo y las risas tenía el calor subido hasta las cejas, con las orejas y los mofletes rojos y casi volviendo a empezar a sudar de nuevo.
—Por cierto, eso de escoltarte hasta la puerta de tu casa… ¿Cómo es que no te obligan a dormir en el cuartel? Bueno, en cualquier caso, soy un caballero de cabellera dorada, y es mi deber, aunque… Vamos a olvidar la estupidez esa de la leche, ¿vale? A ver, entiéndeme, me dio un lapsus… Quiero decir, estás ahí prácticamente desnuda en mitad de la calle, bueno, mi cerebro dejó de funcionar… Hagámos un trato, yo te acompaño pero a cambio olvidamos esto, ¿vale? —quise explicarle de manera nerviosa, intentando que esta vez las palabras no me jugaran una mala pasada.
En ese momento y tras terminar de hablar, la miré de reojo, con una sonrisa medio de lado y negando con la cabeza, de nuevo con nervio, mientras empezábamos a caminar por la calle vacía e iluminada por las luz de las farolas. Y un pensamiento se me cruzó veloz como un rayo—. ”¿Me va a llamar a partir de ahora señor tetón? ¿Y mi nombre?” —miré de nuevo al cielo estrellado, por lo menos una cosa tenía clara, y es que la noche iba a ser de todo menos aburrida.
Y más aún teniendo en cuenta que a mitad de camino tenía pensado convencerla de tomar el desvió en dirección a las granjas para, realmente, ordeñar vacas.
—¡Oye, quieta, qué haces! —dije bajando la mirada hacia Kagura mientras me quitaba las lágrimas de los ojos y le sonreía. Sin duda aquello me había hecho cosquitllas—. ”Señor tetón…” ¡Madre mía, eres una sinvergüenza! Y encima me vienes con el cuento de qué tienes miedo… Claro, ella, súper asustada, ¡pero bien que aprovechas para meter mano! ¡El que tiene que tener miedo aquí soy yo, tchakikikikiyah! —me volví a reír a carcajada limpia, si es que el que había sido asaltado en plena vía pública había sido yo, ¿cómo que tenía miedo?
Coloqué mi mano sobre la suya para lentamente apartarla de mi pecho mientras seguía intentando que se me fuera aquella risa nerviosa y la guié para que se agarrada de mi brazo y sintiera el enorme bíceps que me marcaba—. Si quieres sujetarte de algo, mejor de aquí, fíjate —le dije mientras hacía fuerza y lo apretaba para hincharlo.
—Te acompaño a tu casa, no puedo dejar que vayas por ahí agarrándole del pechito a la gente, debo proteger a este pueblo de tus instintos salvajes —afirme cerrando los ojos con una sonrisa mientras hacía un gesto de “sí” con la cabeza, moviéndola hacia arriba y hacia abajo, al tiempo que levantaba mi otro brazo con el dedo índice estirado hacia arriba, con un gesto de anotación aportando un facto. Y tras eso marque un paso lento para que no se tropezara con el abrigo si echamos a andar. El frío se pegaba pero con el cuerpo al descubierto, el toqueteo y las risas tenía el calor subido hasta las cejas, con las orejas y los mofletes rojos y casi volviendo a empezar a sudar de nuevo.
—Por cierto, eso de escoltarte hasta la puerta de tu casa… ¿Cómo es que no te obligan a dormir en el cuartel? Bueno, en cualquier caso, soy un caballero de cabellera dorada, y es mi deber, aunque… Vamos a olvidar la estupidez esa de la leche, ¿vale? A ver, entiéndeme, me dio un lapsus… Quiero decir, estás ahí prácticamente desnuda en mitad de la calle, bueno, mi cerebro dejó de funcionar… Hagámos un trato, yo te acompaño pero a cambio olvidamos esto, ¿vale? —quise explicarle de manera nerviosa, intentando que esta vez las palabras no me jugaran una mala pasada.
En ese momento y tras terminar de hablar, la miré de reojo, con una sonrisa medio de lado y negando con la cabeza, de nuevo con nervio, mientras empezábamos a caminar por la calle vacía e iluminada por las luz de las farolas. Y un pensamiento se me cruzó veloz como un rayo—. ”¿Me va a llamar a partir de ahora señor tetón? ¿Y mi nombre?” —miré de nuevo al cielo estrellado, por lo menos una cosa tenía clara, y es que la noche iba a ser de todo menos aburrida.
Y más aún teniendo en cuenta que a mitad de camino tenía pensado convencerla de tomar el desvió en dirección a las granjas para, realmente, ordeñar vacas.
Off

